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NO TAN HEROICO

NO TAN HEROICO

Por Alejandro Duchini.

El sábado pasado murió Héctor Ricardo García, creador de Crónica y, según varios, héroe del periodismo argentino. Así lo destacaron en diversos medios de comunicación. Con algunas apreciaciones certeras y otras exageradas, ex empleados suyos y colegas siguieron la misma línea. Recordaron que alguna vez García les prestó plata, que les dio un consejo o un trabajo y que era un gran laburante. Todo eso es tan cierto como que García fue un genio del periodismo. Tremendo genio. Pero.

También es verdad que a mediados de los 90, mientras manejaba su Mercedes Benz lujoso que estacionaba en el primer piso del enorme edificio en Puerto Madero, donde estaba la redacción del diario, empezaba a pagar los salarios en cuotas, no hacía los aportes de jubilación y obra social y aún viajaba en avión personal. Se fijaba si la foto de tapa de Susana Giménez de Crónica o de la revista Flash estaban buenas. Un profesional de la hostia, como dicen. Mientras él estaba en esos detalles, los empleados del diario andábamos en asambleas y sin plata para llegar a fin de mes. Sobre todo aquellos que tenían a Crónica como único ingreso salarial. A veces juntábamos para que un compañero pueda viajar en colectivo o tren de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Otras, le dábamos para el morfi. Después vinieron meses de despidos, más incumplimientos, juicios y matones en la puerta de Garay y Azopardo: “Vos no entrás”, “vos sí…”.

Aquellos tiempos de Crónica fueron duros pero solidarios. Se afianzaron amistades y nos dimos cuenta de quiénes eran los alcahuetes de turno. Algunos de ellos, me cuentan, siguen en el mismo diario, ahora en manos del Grupo Olmos.

La muerte enaltece. Y es una posibilidad de revisar la historia. García fue un gran periodista. También tuvo gestos altruistas. De eso no hay duda. Tampoco hay duda del daño que hizo.

LOS HIJOS DE FANGIO

LOS HIJOS DE FANGIO

El gran ídolo del deporte argentino, fallecido hace casi 24 años, tuvo tres hijos a los que no reconoció. El periodista Miguel Prenz escribió Algo del antiguo fuego, un libro en el que da cuenta de que nadie es lo que parece. Se le suma el relanzamiento de Deporte, desaparecidos y dictadura, de Gustavo Veiga, donde el quíntuple campeón de la F1 también tiene una perlita.

Por Alejandro Duchini

El gran ídolo del deporte argentino, el quíntuple campeón del mundo de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio, tuvo tres hijos a los que no reconoció: Rubén, Oscar y Juan. Los tres recurrieron al ADN para demostrar su filiación. Tras los fallos judiciales en favor de ellos comenzaron los litigios legales con los herederos del piloto cuya muerte, ocurrida el 17 de julio de 1995, a sus 84 años, fue lamentada con tres días de duelo nacional. Su restos fueron velados en el Automóvil Club Argentino, previo paso por la Casa Rosada. Fangio es todavía impoluto. Un hombre correcto que se hizo de abajo, en Balcarce, provincia de Buenos Aires. Resultó el mejor embajador argentino ante el mundo. La suya sería una vida Disney. Pero.

Fangio no sólo tuvo hijos a los que no quiso reconocer. También apoyó a la dictadura militar argentina en los 70. “Fangio se prestó a acompañar a Jorge Rafael Videla a Venezuela para ‘propagandizar las buenas acciones del gobierno’. Pocos días después del viaje, Azucena (Villaflor, fundador de Madres de Plaza de Mayo en 1977) era arrojada, por los hombres del dictador, a las aguas que, pensaban, eran las del olvido”. Quien nos recuerda la referencia a los Vuelos de la muerte sobre el Río de la Plata es el periodista Pablo Llonto. Una nota suya titulada Fangio y la Mercedes Benz puede leerse en el relanzado Deporte, desaparecidos y dictadura (ediciones Al Arco), de Gustavo Veiga. El libro será presentado este jueves a las 18 en el tradicional Café Tortoni, en avenida de Mayo 825. Veiga es uno de los periodistas que abrió el camino para conocer y comprender cuál fue el vínculo entre el deporte y los militares asesinos.

En esas páginas hay más sobre Fangio. Llonto escribe que en aquellos años, cuando el piloto era presidente de la filial argentina Mercedes Benz, secuestraron a 17 obreros que se independizaron del sindicato SMATA. Sólo dos de ellos regresaron. El resto desapareció. La periodista e historiadora alemana Gabriela Weber lo investigó para su documental Milagros no hay – Los desaparecidos de Mercedes Benz. Altos mandos de la empresa fueron denunciados por estos hechos. Eduardo Fachal, abogado y ex delegado en la firma alemana, le dijo sobre Fangio al sitio La retaguardia: “Cuando nosotros le fuimos a pedir una entrevista para que intercediera por nuestros compañeros desaparecidos, no nos atendió; sin embargo viajó en el avión que Videla fletó para contrarrestar lo que la dictadura llamada ‘campaña antiargentina’”. “Evidentemente ha sido uno de los corredores más grandes que hasta ahora ha dado el automovilismo, pero como persona, y por lo poco que me tocó tratar, puedo decir otro montón de cosas de él en cuanto a que se preocupó por los que eran los gerentes y los que eran los altos funcionarios de la empresa, y nunca se preocupó por los trabajadores, entonces en ese sentido por mucho ídolo que haya sido en este país… La verdad habrá sido un buen corredor pero como persona dejaba bastante que desear”, agregó.

YO SOY TU PADRE

Algo del antiguo fuego – Una historia de los hijos de Fangio (Tusquets), de Miguel Prenz, vuelve terrenal al héroe. Lo desnuda de los adjetivos comunes con que se suele engrandecerlo. Sin bronce, Fangio es demasiado humano. En apenas 150 páginas, Prenz nos entrega una investigación enorme. Acompaña y entrevista a sus hijos no reconocidos, que se reparten entre Balcarce, Mar del Plata y Lobos. Convive con Rubén, Oscar y Juan. Habla con sus familiares y cruza de vereda para escuchar a los primeros herederos oficiales. Aquellos que niegan una herencia superior a los 50 millones de dólares. Regalías, campos, otras propiedades. Nafta Fangio XXI. Ropa masculina. Relojes Tag Heuer. El Museo de Balcarce. La Fundación. Todo en auditoría.

En apenas una página, el autor refiere a la Mercedes Benz. “Fangio era el máximo directivo de Mercedes en el momento de las desapariciones, desde el jefe de personal hasta el vigilante de la puerta le obedecían, y sin embargo murió en democracia sin ser investigado”.

Los tres nuevos herederos son adultos mayores. El ADN entre ellos arrojó 97.4 por ciento de compatibilidad. Asombra, cuenta Prenz, sus parecidos físicos con el quíntuple campeón. Nacieron de relaciones no formales u ocultas. Uno de ellos, Oscar, sabía del vínculo filial. Pero las diferencias con el padre se volvieron abismales. Apenas consiguió que le sumara el apellido al documento. Una solución transitoria con final abrupto. “Le pedí de vuelta a mi viejo de solucionar de verdad el problema, porque lo de sumarme su apellido había sido un parche. Quedamos en que si un día me casaba y tenía hijos, él me iba a reconocer legalmente así sólo me quedaba mi apellido verdadero, Fangio. Con Norma nos casamos en 1967, tuvimos tres hijas y mi viejo nunca cumplió con lo que me había prometido. Él y su abogado decían que no se podía solucionar lo del apellido. Así que tuve que inscribir a mis tres hijas como Espinosa Fangio”, le dice Oscar a Prenz. Y después: “Él, en lo deportivo, fue excepcional, el mejor. Pero tuvo fallas conmigo, con Rubén, con Juan. Mi viejo no se hizo cargo de nada con nosotros”.

Otro de los hijos, Juan, cuenta que su madre, Susana Rodríguez, tenía 15 años cuando tuvo “una relación corta” con el piloto, entonces de 33. A la vez, Rubén le dice a Prenz que los sobrinos de Fangio pusieron palos en la rueda. En un escrito para evitar el reconocimiento filial a partir de los ADN se lee que “nuestro tío se caracterizó por su honorabilidad, bondad y trayectoria” y que “no deja de sorprendernos que se manifieste que nuestro tío tuvo una relación adúltera con una mujer casada (…). Conocida es su generosidad, antes de morir donó al municipio de Balcarce todos los premios, medallas, trofeos, condecoraciones, que recibió durante su carrera para que fueran exhibidos en el Museo Fangio…” Y: “Nuestro tío gastó en vida todo el dinero que poseía en tratamientos médicos para la enfermedad renal que lo llevó hasta su muerte. ¡Qué más hubiese querido Juan Manuel Fangio que tener un hijo y sobre todo un varón que lo acompañara en sus carreras y fuese su discípulo!”.

Los tres Fangio coinciden en la falta de rencores. Cada cual a su modo logra separar al ídolo popular del humano. Rubén, al que Prenz vuelve a visitar en una mesa familiar, dice a modo de ejemplo: “Cada cual tiene sus grandezas y sus miserias. Aunque es demasiado fuerte decir miserias. Digamos flaquezas. Cada cual tiene sus grandezas y sus flaquezas”.

LOS GUSTOS FUTBOLEROS DE SERRAT Y SABINA

LOS GUSTOS FUTBOLEROS DE SERRAT Y SABINA

Por Alejandro Duchini.

“Y cuando gana el Barsa cree que hay Dios y es azulgrana”, le dedicó Joaquín Sabina a su amigo Joan Manuel Serrat en su canción Mi primo el Nano, del disco Yo, mi, me contigo. El fútbol es una constante para el madrileño y el catalán, que volverán a nuestro país el 2, 3, 7 y 8 de noviembre, cuando en el polémico BA Arena presenten su No hay dos sin tres, espectáculo que continúa al ya clásico Dos pájaros de un tiro, iniciado en 2007. Sabina es del Atlético de Madrid y Serrat del Barcelona. Y hay un triángulo entre ellos y es argentino: Roberto Fontanarrosa, amigo de ambos e hincha de Rosario Central, fue quien diseñó en 2007 el pájaro bicéfalo que representa a los dos pájaros. El Negro moriría sin saber que su dibujo se convertiría en un emblema del disco y hasta imagen de remeras.

El ídolo máximo de Serrat es Ladislao Kubala, símbolo del Barcelona. En 1999, para el centenario del club, interpretó ante 100 mil espectadores el Himno del Barsa. “Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón”, entonó en Temps era temps (Había una vez). Y jugó con Kubala un amistoso de veteranos. El Nano además admira a Maradona, Ronaldinho, Riquelme, Cruyff y Messi. Para Román en 2002 pidió más minutos de juego en el Barcelona dirigido por el holandés Louis Van Gaal. “Riquelme tiene ganas de hacer cosas. Sólo hace falta que le den minutos de juego”, dijo. Y también: “Van Gaal es un buen técnico… para el Ajax”.

Serrat también pidió por Messi, cuando hace dos años se demoraba la renovación de su contrato y peligraba su continuidad en el Barcelona. En una carta publicada en el diario español El País opinaba que “nunca se me ocurriría discutirle el salario al jugador que mejor se lo gana y se lo hace ganar al equipo” y que “cuando dicen que hay futbolistas que devengan barbaridades, estoy de acuerdo en que es así, pero no puedo evitar pensar en lo que se llevan los directores generales de sociedades bancarias y que, al contrario de Messi, en lugar de hacernos felices provocan con sus decisiones en la mayor parte de la sociedad disgustos irreparables”. “Será muy difícil que este club disfrute de otro jugador como tú”, le dedicó al jugador; y además: “La gratitud de los aficionados del FC Barcelona a tí, a pesar de lo efímeros que somos, será eterna”.

En 1969 Serrat vio su primer partido en un cancha argentina. Fue un Quilmes 0 – Independiente 2 en el viejo estadio cervecero. De esa vez lo que más recuerda es un hincha que orinaba en la popular como si estuviese en el baño de su casa. Con los años, Serrat elegiría a Boca como su club argentino. De hecho, fue asiduo asistente a La Bombonera. “Llegué acá en el ’69, cuando Boca Juniors tenía un equipo realmente envidiable, que no ha vuelto a repetir desde entonces. Era aquel que alineaba con Sánchez; Suñé, Marzolini, Rogel y el Negro Meléndez; en el mediocampo estaban Medina y Madurga; tenía a Ponce y Peña como wines, estaba Rojitas también”, le dijo en 1998 a la revista El Gráfico.

La letra de Dieguitos y Mafaldas es uno de los guiños futboleros de Joaquín Sabina. “Aquel año Boca salió campeón / en la Bombonera”. Lo escribió para recordar el título del equipo de Bianchi y en concordancia con su entonces novia argentina. También menciona a Martín Palermo. Al igual que su colega catalán, Sabina es de Boca en Argentina. Más fútbol: “Hoy dice el periódico / que ha muerto una mujer que conocí­ / Que ha perdido en su campo el Atleti / y que ha amanecido nevando en Parí­s” arranca Eclipse de mar. De su padre heredó el gusto por el Atlético. En 2003, para el centenario, compuso el himno junto con el ex arquero y músico Germán Burgos.

“Es el mejor. Nadie escribe canciones como él. Hablamos seguido por teléfono y hasta nos veíamos. Una vez, en un recital, me regaló su gorro y después me lo puse para salir a la cancha”, lo refirió Riquelme. Caballero, Sabina devolvió gentilezas y compuso en su honor un soneto por el penal errado en las semifinales de la Liga de Campeones de 2006, contra el Arsenal inglés, cuando jugaba para el Villarreal.

En 1999 Sabina fue una de las estrellas de La Biblia y el calefón, conducido por Jorge Guinzburg. La referencia es al programa en el que además estuvieron Diego Maradona, Charly García y Graciela Alfano. Maradona y Sabina también se cruzaron en La noche del Diez. Y en otra ocasión Diego fue invitado a subir a un escenario de Sabina a cantar Y nos dieron las diez. Sobre Lionel Messi comentó: “No es un futbolista, es Leonardo Da Vinci”. Pero pocas veces se mostró tan contento como cuando se enteró de la detención de Joseph Blatter, el ex mandamás de la FIFA: “Son una banda de gángsters”, disparó.

SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

SPINETTA: RIVER, LOS AUTOS Y LA MÚSICA

Por Alejandro Duchini

“Yo soy fanático de Chacarita Juniors. Justo habíamos ascendido a la A. Llevaba mi camiseta de Chaca y la ponía desplegada en el sillón. La vio y expresó lo mismo que Fontanarrosa en su libro No te vayas campeón. Los dos coinciden en que la camiseta de Chaca es la más linda del mundo. Le contesté: ‘el rojo del socialismo, el blanco de las purezas de sus leyes y el negro de lo fúnebre’. Él flasheó. Y me dijo: ‘Soy de River, tengo mi corazón en Platense, ya que mi papi era hincha de ese equipo; pero me encanta Chaca porque son anarquistas’”. La anécdota la cuenta Juan Carlos Giacobino, iluminador y manager de Luis Alberto Spinetta. La escena descripta la protagonizaron ambos en un hotel de Córdoba. Giacobino la cuenta para el libro Spinetta – un vuelo al infinito, de Eliana Pirillo y Jorge Battilana, periodista de Mar del Plata y amigo del Flaco.

Spinetta, de quien este 8 de febrero se cumplen cinco años de su muerte, era futbolero. Respetaba a los hinchas de Boca, de quienes destacaba el aliento hacia sus jugadores. En 2008, a treinta años de que Argentina ganara el Mundial, cantó en el Monumental, tras un partido en el que participaron integrantes de aquel plantel dirigido por Menotti. Se trataba de La otra final, el postergado desagravio a las víctimas del terrorismo de Estado durante la disputa del torneo. A mediados de los 80 hizo una canción sobre la violencia en el fútbol: La bengala perdida. Hizo también un tema mítico como El anillo del capitán Beto, del que popularmente se cree que está dedicado a Norberto Alonso; él mismo lo desmintió. Fue amigo de tenistas, como Guillermo Vilas y Tito Vázquez, ex capitán del equipo argentino de la Copa Davis y padrino de su hijo Dante. También le apasionaban los autos, correr en karting y se divertía jugando al ping pong. “Durante su infancia los autos y las carreras de Juan Manuel Fangio fueron otras de sus pasiones que perduraron con el tiempo”, escriben Pirillo y Battilana, quienes agregan: “Ese pibe, además, contaba con otra pasión: el fútbol, especialmente el de su club favorito, River Plate”. El mismo Battilana recuerda que una vez lo encontró en una esquina de Buenos Aires escuchando un Unión-River: “Cómodamente recostado sobre la vereda con una pequeña radio a su lado transmitiendo el partido. Ni entonces, ni más tarde, lo cotidiano se alejaría de su vivir”.

Con su mirada marplatense, Battilana lo refiere además como integrante del equipo de Almendra en un partido de fútbol contra músicos de esa ciudad costera; luego lo recordará como espectador en el Mundialista de Mar del Plata de un Argentinos-River en el que hubo roces entre Diego Maradona (ya vendido a Boca) y Reynaldo Merlo. También viendo por televisión la semifinal en dobles de la Davis de 1981, con la pareja Vilas-Clerc. Un amigo suyo y luthier, Cristian Iannamico, lo describe como fierrero: “Le gustaban mucho los autos, los motores, el diseño, la tecnología y todo eso”. Y habla particularmente de una vez que salieron a dar vueltas a bordo de una coupé Mitsubishi Eclipse roja “escuchando Voodo Lounge de los Stones con un equipo Infinity de puta madre”.

“Hoy Spinetta cumpliría 67 años. Todo River te va a recordar por siempre, Flaco”, se leyó en las cuentas oficiales de Twitter y Facebook millonarias el 23 de enero pasado.  Al texto lo acompaña una foto de los 80 en la que el Flaco luce, en un recital, una camiseta del Millonario. En su honor, esa es la fecha en que se conmemora el Día Nacional del Músico.

En 1989, en una entrevista con El Gráfico, dijo sobre sí mismo: “No me considero el prototipo del hincha de River. Es demasiado cómodo. Si gana, está bien. En cambio si pierde todo es una porquería asquerosa. Me van a matar, pero me parece mejor hinchada la de Boca. Pierdan o ganen, los monitos están siempre ahí gritando por el equipo”.

Su primera guitarra y River tuvieron relación e incidencia en su niñez. A sus 12 o 13 años, unos vecinos de su familia, los hermanos Pilar y José “Machín” Gomezza, le prestaron una criolla de 1923. Con ella “Luis escribió la mayoría de sus primeras canciones, incluso varias que luego grabaría con Almendra”. La anécdota la cuenta el periodista y escritor Eduardo Berti, autor, junto con el Flaco, del ya mítico Spinetta – crónica e iluminaciones. Y agrega, en boca del músico: “El viejo Machín fue muy importante en la historia del club River Plate. Fue socio fundador y también masajista de equipos gloriosos como La Máquina. Él me llevó muchas veces a la cancha, a ver partidos o a estar en la concentración con los jugadores”.

En este mismo libro Spinetta detalla cómo llegó a grabar en los Estados Unidos, en 1979, por intermedio de Guillermo Vilas: “Only love can sustain se llama el disco (…) cuyo resultado no lo satisface. ‘Yo hubiera pretendido algo menos ampuloso y espectacular, y más Spinetta’, dice sobre el aspecto musical; sin embargo, el título del álbum (Sólo el amor puede sostener) es más Spinetta que ninguno, y en esa frase se resume uno de los ejes principales de su obra”. En ese disco colaboró Torrie Zito, quien también había trabajado con Tony Bennett; y con John Lennon, en Imagine. Hubo además otros músicos reconocidos. Todos contactados gracias a Vilas, admirador de Spinetta. “Vilas y Spinetta llegaron a ser amigos. Fueron reporteados a dúo en el primer número de la revista Expreso Imaginario, luego el tenista escribió una carta en esa misma publicación donde decía que ‘un músico como Spinetta es un lujo para la Argentina’, y más adelante, ya con la Banda, Spinetta musicalizó un poema de Vilas titulado Tu destino es el de morir de amor, algo atípico para alguien que siempre escribió sus propias letras y partió de la música para luego adosarle los versos”, se lee en el mismo trabajo de Berti. “La concreción del proyecto se demoró casi tres años y ése fue también el lapso que duró la amistad entre Vilas y Luis, que se vio resquebrajada al finalizar esta historia”, agrega. Y después dice Spinetta: “Ese disco fue un poco el final de mi relación con Vilas, porque Guillermo también pretendía que yo musicalizara y cantara sus poesías y en castellano, y ése no era el acuerdo que habíamos establecido. Sólo habíamos hablado de su participación en el material cantado en inglés, debido a sus conocimientos del idioma y de poesía inglesa. Pero a mí no me gustaban los poemas que él aspiraba a que yo musicalizara”.

Hay un mito alrededor de su canción El anillo del capitán Beto. Se dice que está dedicada a Norberto Alonso. Sobre todo porque en su letra habla de “un banderín de River Plate” y de un “Beto”. Spinetta lo desmintió. En el libro Martropía – conversaciones con Spinetta, habla largo sobre el tema con el autor, el periodista Juan Carlos Diez. Entre otras cosas le dice sobre el supuesto Beto: “No lo llegué a conocer aunque intuía que tenía que existir un tipo así”. También ficcionaliza: “Dejó de ser colectivero una noche en que la cana quiso usar su colectivo para llevar pibes detenidos, a la salida de un concierto del Flaco Spinetta. El motor se paró porque, en Beto, hombre y máquina se conjugaban. Bajó y le dijo a los canas: ‘No me arranca más’. (…) Se dio cuenta de que estaba todo podrido y como argentino no lo quería permitir”. Y luego: “Escuchaba a Gardel, era hincha de River y le gustaban las plantas. Religioso el hombre, con su estampita de San Cayetano en el colectivo”.

Uno de sus temas más lindos, al menos para mí, es La bengala perdida, de su disco Tester de violencia, de 1988. El título de este trabajo está inspirado en dos libros de Foucault: Historia de la sexualidad y Vigilar y castigar. “Estaba en el Festival de La Falda en un clima de mucha violencia. La gente estaba separada del escenario por una reja, nunca vi una cosa igual. Eran leones y romanos. En medio de esto Fito Páez salió a tocar y yo le dije: ‘Loco, vos sos un tester de violencia´, y él me contestó: ‘Sí, todos lo somos’. Yo ya estaba escribiendo con esa terminología lo que después serían El cuerpo como lacrimal y El torrente de espera. Los dos textos que son el eje de donde nace Tester de violencia”, le cuenta a Diez. Y La bengala perdida está dedicado a las barras bravas del fútbol a partir de la muerte de Roberto Basile (25 años), un hincha de Racing que, en la cancha de Boca, el 3 de agosto de 1983, recibió desde la tribuna local una bengala marina que le impactó y lo dejó sin vida en el acto. Aquella fue la cuarta bengala de la noche. El partido se jugó igual. Los responsables recibieron penas benévolas y no tardaron en recuperar la libertad. En ese tema Spinetta canta cosas como “adentro queda un cuerpo / la bengala perdida se le posó / allí donde se dice gol”, “de las tribunas se puede regresar / tan sólo hace falta ser de masa gris” y “por un color, sólo por un color / no somos tan malos / todo va a estallar”.

Spinetta marcó mi vida. En mi adolescencia, cuando escuché por primera vez Ludmila, me dije que si tenía una hija le pondría ese nombre: hace 16 años que cumplí la promesa. Después de mi separación, una tarde en la que hice dormir a Santiago, que entonces tenía nueve meses, le canté Plegaria para un niño dormido. Y Malena, que tiene 3 años, desde los 2 canta Muchacha y Alma de diamante. No exagero; tengo videos. Anoche, justamente, me pidió, para irse a dormir, que le cante Muchacha en la oscuridad de la habitación. La empezamos juntos y la terminé solo porque la venció el sueño.

El fondo de pantalla de mi computadora tiene una imagen de Spinetta. En el 92, en un Musimundo de Florida, compré Peluson of Milk porque en el sobre interno del cassette leí la letra de Cielo de ti y quedé maravillado: sólo Spinetta puede dedicar algo tan lindo a una hija. Cada una de sus canciones dejó algún sello en mí. Siempre en la pared, Bajan, la versión hermosa del tango Grisell junto a Fito Páez, Durazno sangrando, Yo quiero ver un tren, Camafeo. Siempre vuelvo a Spinetta.

El Flaco supo, también a través del deporte, pintar a nuestra sociedad y a cada hombre, a cada mujer, como sólo los grandes artistas pueden hacerlo. Sus canciones, sus letras, son la mejor prueba.

 

CALAMARO 2018

CALAMARO 2018

Por Alejandro Duchini

El fin del año es un momento en el que Andrés Calamaro suele aparecer con alguna buena nueva. En 2016, por ejemplo, reunió a algunos de Los abuelos de la nada. Sobre el escenario del Personal Fest, Gustavo Bazterrica, Cachorro López y Daniel Melingo cantaron No te enamores nunca de aquel marinero bengalí y Costumbres argentinas. La cuota emocional no sólo estuvo en la nostalgia de ver después de treinta años a cuatro músicos ya grandes recordando en vivo a una de las mejores bandas de los ochenta. Además, se recordó a Miguel Abuelo, el gestor de aquella banda que dejó temas para la historia: como los mencionados y el Himno de mi corazón, Mil horas y Lunes por la madrugada. Ese mismo año salió su Volumen 11. Y como parece ya una costumbre, en cada disco hay un temazo escondido. No es el de difusión, que funciona como puerta de entrada, sino alguna canción de perfil bajo pero de calidad alta. En Volumen 11 ese tema es Rock y juventud. Ahora, en 2018, apareció con otro disco: Cargar la suerte. El escondido que la rompe es, en este caso, Diego Armando Canciones.

2018 es el año en el que aparecieron dos libros que lo reseñan. Uno es dedicado de lleno a él: Días distintos, de Walter Lezcano y editado por Gourmet musical, que desde 2005 publica libros sobre temas musicales muy variados pero muy bien tratados. El otro es 1988 – El fin de la ilusión, de Martín Zariello; se refiere a ese cierre de década tan particular, cuando la efusividad por la democracia empezaba a decaer y, a la vez, se terminaba aquella revolución de rock nacional en la que habían aparecido masivamente, entre otros, Fito Páez, GIT, Los abuelos, Zas, Virus, Soda Stereo, Sumo y Spinetta y Charly como solistas, entre otros ejemplos.

Días distintos es, en rigor de verdad, Días distintos – La fabulosa trilogía de fin de Andrés Calamaro. Lezcano hizo un ensayo de artesano. Citó archivos y opiniones y armó dos entrevistas largas (y de varios encuentros) con Marcelo Cuino Scornik y Gringui Herrera, ambos compañeros de ruta de siempre de Andrés Calamaro. Aparecen además las opiniones de Mariano Del Mazo, Jorge Larrosa y el Indio Solari.

Lezcano cuenta la vida de Calamaro sin pretender una biografía y a la vez resume cómo lo marcaron sus canciones; sobre todo en aquel período del Que se vayan todos mientras asomaba el quíntuple El Salmón, que ni el escritor ni muchos otros podían darse el lujo de comprar por la situación económica.

La trilogía de Lezcano hace hincapié en Alta suciedad (1997), Honestidad brutal (1999) y El salmón (2000). A partir de esos discos cuenta la carrera de Calamaro, los años oscuros y de pocos seguidores tras su influyente paso por Los abuelos de nada, su ida a España y su regreso con Los Rodríguez hasta el quiebre en la masividad que significó Alta suciedad. Para entender a dónde apunta Lezcano, va esta cita: “En los ochenta, mientras crecían y lograban trascendencia de crítica y público Los Redonditos de Ricota, Virus, Fito Páez, Soda Stereo, Los violadores, Los Abuelos de la nada, entre otros, Andrés Calamaro seguía esperando su momento de gloria. ¿Cuánta paciencia alberga el corazón de un verdadero rockero? Aparentemente mucha”.

En Días distintos Lezcano nos introduce en aquel mundo de drogas y música de Calamaro. Pero lo hace sin escándalos. Pretende más pintar al Calamaro de entonces que juzgar. Por eso el libro está buenísimo: porque desarrolla más un momento que una vida. No tiene más pretensiones que ésas.

Ahora vamos a 1988- El fin de la ilusión, del mencionado Zariello. No es un libro sobre Calamaro sino de una época en la que Calamaro tenía influencia y perfil bajo, tal vez sin quererlo. Pero lo que cuenta Zariello de Calamaro es muy interesante. Incluso, hasta puede servir de complemento para lo que describe Lezcano en Días distintos.

Son aquellos fines de los 80 los tiempos de las muertes cercanas de Luca Prodan, Miguel Abuelo y Federico Moura. Zariello hace justicia en el capítulo dedicado a Calamaro a Por mirarte (un discazo de 1988 que no tuvo la difusión que por calidad merecía), a su rol como productor de nuevas bandas (Don cornelio y la zona es una de ellas) y al siguiente Nadie sale vivo de aquí.

Zariello cuenta que Nadie sale vivo de aquí -finalmente editado en octubre de 1989- iba a llamarse ¿Hemos batido al enemigo?. Y también es justiciero de ese trabajo al describirlo así: “Nadie sale vivo de aquí es un disco inolvidable que a pesar de resumir un clima de fiesta, marcado por el contexto social y la muerte de Miguel Abuelo, no apela a esa mueca llorona tan reconocible que el ‘rock nacional’, por ósmosis, heredó del tango”. Y agrega que el disco es “el testimonio urgente de una generación que estaba abandonando la juventud”. Enseguida, y en silencio, Calamaro se fue a España para volver cada tanto con Los Rodríguez.

Para resumir esto, quiero contarles que este año leí, después de una década de tenerlo guardado en mi biblioteca, Bang-Bang, de Brian Aldiss, cuyo título original es Brothers of the head. Este libro corto es el que inspiró una de las para mí mejores canciones de Calamaro: Dos Romeos, de su disco Nadie sale vivo de aquí. Tal como contaba sobre Rock y juventud o Diego Armando canciones, Dos Romeos es su típico temazo que, como escribía al principio, no se difunde pero que justifica al disco. Si alguno quiere leer Bang-Bang (que lo recomiendo) no tiene más que pedírmelo y se lo envío en formato digital.

Feliz año nuevo, amigos. Reciban al 2019 escuchando buenas canciones. Rock y juventud, Diego Armando Canciones, Dos Romeos o la que sea. Y leyendo.

NO DEJEN DE LEER A ISABEL HERNÁNDEZ

NO DEJEN DE LEER A ISABEL HERNÁNDEZ

Por Alejandro Duchini

Uno de los mejores libros que leí en 2018 es El esplendor de la derrota, de Isabel Hernández. “Pensaba que los fracasos de un pueblo permanecen encapsulados en su presente y, recorriendo el país mapuche en un jeep de doble tracción, creí respirar el aire de sus viejas derrotas”, escribe al comienzo de esa novela que viaja a una historia de guerra, amor y locura para volver a la actualidad con una mirada sosegada por la distancia del tiempo. Sosiego que bien sabe transmitir la autora.

Hernández nos lleva y nos trae sutilmente. Así que vamos a mediados de 1800. Matilde Callejas Aliaga pertenece a la clase alta y poderosa de Buenos Aires. Sus padres se codean con gente influyente. Entre ellos, el autonombrado rey francés de la patagonia, Orélie Antoine de Tounens. Personaje histórico e inspirador a la vez. Matilde, que podría ser su hija, se enamora y huye con él. Es la rebelde de la familia. Su hermano, Javier, lucha contra los mapuches. Y ella se enrola para combatir con su ahora amado. “Empezaba a entender que elegir era todo un desafío”, le hace decir Hernández a la protagonista, quien se encontrará a sí misma al mirarse al espejo: “Pensé que vivir así, sin que brillaran afeites y en libertad, era justamente lo que desde hacía tiempo estaba buscando”. 

Hernández arma aquel rompecabezas a través de la mirada actual de su alter ego, Mariana Echeverri, abogada de legislación territorial que, en algún punto, se asemeja a Matilde. “Me habían enseñado que los acontecimientos decisivos de la vida de una mujer de mi clase maduran con el tiempo. Me lo habían enseñado en castellano, en griego y en latín, y sin embargo, el Rey francés me amarró vertiginosamente a su destino”, piensa desde la voz de Matilde. Y recuerda Mariana el consejo de otro personaje: “El único, el verdadero acto de violencia, sin ningún sentido para nadie, es concentrarse solamente en el hoy, en el aquí y el ahora, con la ilusión de estar entendiendo lo esencial de la vida. Deja que las cosas viejas y las cosas nuevas penetren en tu vida”.

El esplendor de la derrota cuenta a la vez el derrape de una relación sentimental. Antoine de Tounens, personaje sobre el que la historia en general nunca dejó de hurgar (pueden acercarse apenas con La película del rey, 1986, de Carlos Sorín), amaga ser tan protagonista como Matilde y Mariana. Su locura, que lo llevó a intentar la conquista del sur de Chile y Argentina, convencido de su condición de Rey Francés de La Patagonia y La Araucanía avalado por mapuches locales, es la misma que lo sentenció. Lo que se describe es su decadencia. Se produce un nuevo quiebre en la novela: Matilde observa el estado de un Tounens que también cae físicamente. Luego se encuentra en los brazos de un originario, Rayken. La pasión asoma como señal de cambio. La descripción del primer encuentro sexual entre Rayken y Matilde es genial. Va un ejemplo: “Se acercó y me tocó la cara, los senos, la entrepierna, como descubriendo el don de una extraña dulzura. Mi piel comenzó a reconocer la aspereza de las manos acostumbradas a las riendas y los cuchillos, un temblor de tierra lo agitaba como vértigo y mi cuerpo empezó a entregarse con devoción, sin ataduras”. Las escenas de sexo no son fáciles de describir en la literatura. Suelen estar al borde del ridículo. Pero en este caso Hernández lo hace espectacularmente. Me quedo con algo más: “Junto a Rayken conocí deleites ignorados: la pasión muda, sin palabras, la razón de ser del instinto puro”.

La vida de Tounens es increíble. Su Nueva Francia, como quería llamar al territorio monárquico que quiso fundar entre los ríos chileno Biobío y argentino Negro, el océano Pacífico , el Atlántico y el estrecho de Magallanes, no prosperó. El gobierno francés lo consideró loco y el chileno lo mandó a la cárcel primero y a un manicomio después. Murió el 17 de septiembre de 1878 en París. Nunca dejó de pensar en cómo levantar su propio reino ​del sur.

También Juan Forn se refiere a Tounens, aunque apuntando a Carlos Sorín y La película del rey. Lo hace en su crónica Los grandes relatos y las pequeñas historias, que pueden leer en su libro La tierra elegida. “Todo gran relato refiere, en el fondo, una quimera, una utopía, una épica”, escribe Forn.

No somos de ningún lugar, parece decir Hernández a través de sus personajes que buscan la libertad en caminos por descubrir: la llanura es, a la vez, sinónimo de la soledad. ¿Qué tendrán en común la libertad y la soledad?

“Escribo porque no puedo vivir sin hacerlo. Es mi forma de respirar con cierta tranquilidad”, me dice desde Chile, donde vive, Isabel Hernández, quien se define como “rosarina de pura cepa” e hincha de Rosario Central: “Nací a orillas del Paraná”, me aclaró durante este año en el que mantuvimos una asidua conversación. Gran parte de nuestras charlas giraron en torno de El Esplendor de la derrota.

Me debo para este año la lectura de El tiempo que nos pertenece, que me comentan varios lectores a los que respeto que se trata de una novela tan buena como El esplendor de la derrota. Va como resumen el trailer de El tiempo… Y también la que acaba de publicar y presentar en Chile: El extraño encanto de las impostoras. Son apenas algunos de sus libros publicados. Quienes quieran saber más, pueden ingresar a http://isabelhernandezescritora.blogspot.com/

Yo, de momento, cierro con otra frase suya que marqué durante la lectura de El esplendor de la derrota. “La vida real siempre es un caos, en todos los lugares y en todas las épocas, fluye sin pausa mezclando historias y actores, pero la ficción es diferente. Al escribir yo trataba de poner orden en esa maraña de desatinos. No pretendía recrear la vida de nadie, intentaba ordenar la mía a través de la organización de un relato acotado en un tiempo y en un espacio. Estaba creando apariencias, estaba rectificando errores propios a través de las revelaciones de otras vidas”.