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EL PEPE DEL SUR

EL PEPE DEL SUR

Si José Sand jugase en Boca o River hubiese sido la noticia destacada de los últimos días. Los dos goles que hizo para que Lanús le gane al San Pablo 3 a 2 en la ida por la Sudamericana y el del inicio del torneo argentino en la caída ante Boca (1-2) muestran lo demoledor que es en el área. Casi convierte en la revancha de la Sudamericana, en Brasil, donde pese a la derrota por 4 a 3 su equipo clasificó de manera heroica. En ese equipo que alegra a los hinchas, Sand es fundamental. Tiene la virtud que no le debe faltar a los goleadores de raza: estar parados en el lugar correcto y en el momento correcto. A los 4o años, el correntino ratifica su vigencia.

Nacido en Bella Vista, Corrientes, el 17 de julio de 1980, es de los más veteranos del fútbol argentino. Debutó en Primera jugando para Colón de Santa Fe en 1999, por lo que pertenece a una generación de jugadores argentinos marcada por los Riquelme y antecesora de los Messi. Tiene un físico privilegiado y su condición de ídolo de Lanús lo coloca como titular indiscutido. Con 40 años, 3 meses y 14 días, el gol (con la mano) que le hizo a Boca lo convirtió en el más veterano del fútbol argentino en marcar en un torneo local. Detrás quedó Ángel Labruna, quien tenía esa marca desde un partido de 1958 en el que le anotó a Rosario Central con 40 años, un mes y 14 días. 

Sand tuvo tres etapas en Lanús. La primera empezó en 2007, tras su paso por River y Colón. Fue goleador del Apertura que ganó el equipo dirigido por Ramón Cabrero. Quince goles suyos ayudaron a que Lanús fuese campeón de Primera División por primera vez. Además, la participación en la Copa Libertadores. Sand siguió haciendo goles y dos años después se fue a jugar a Emiratos Árabes, España y México. No le fue bien en Racing, a donde llegó en 2012 como el jugador mejor pago del plantel. De entrada se puso al hincha en el bolsillo con dos goles a Independiente pero su estrella se apagó. Le siguieron Tigre, Boca Unidos y Aldosivi. Alguna vez dijo que en esos años se consideraba un jugador retirado.

Su segunda etapa granate se inició en 2015. Hizo goles y hasta fue parte del inolvidable Lanús campeón que le ganó la final del 2016 a San Lorenzo. Ese mismo año Lanús ganó la Copa Bicentenario ante Racing y al siguiente la Supercopa Argentina frente a River. 

La tercera, tras pasar por el Deportivo Cali, comenzó en 2018 y tiene fecha de vencimiento. En 205 partidos con Lanús hizo 130 goles y es el máximo goleador del club. Una marca impresionante si además se tiene en cuenta que anotó 272 goles en toda su carrera.

En julio firmó contrato por un año más. Su condición de ídolo no lo aleja de las diferencias con los dirigentes. Hubo choques y el último fue por la duración del nuevo acuerdo. La dirigencia encabezada por el presidente Nicolás Russo quería acordar por seis meses y el jugador por un año. Ganó, pero avisó que en 2021 se retira. Lo cansa, dice, tener que sentarse a negociar su futuro cada seis meses.

En Lanús logró lo mejor de su carrera. Sand tiene ese destino raro que se les cruza a determinados jugadores que no pueden afianzarse en los poderosos. Su prometedor pasado goleador en las inferiores de River no lo pudo ratificar cuando llegó a la Primera ni tampoco en Racing. Como contrapartida, se metió en el corazón del hincha de Lanús. Allí parece haber encontrado su lugar en el mundo.

Hoy no sorprende que Lanús avance en la Sudamericana. Es uno de los equipos que mejor juega en el campeonato argentino. Como institución consiguió un sólido sentido de pertenencia barrial, donde Independiente y Racing -los grandes del sur bonaerense- tenían incidencia y el Granate era el segundo equipo, el del barrio. Ahora los pibes eligen “ser de Lanús” y compran camisetas con el nombre de Sand. 

Desde 1992, cuando Lanús regresó a Primera tras vivir un largo período de pesares, inició un gran trabajo en divisiones inferiores. No invirtió fortunas en jugadores estrellas sino en formar a los propios. Leandro Gioda, Agustín Pelletieri, Rodrigo Archubi, Cristian Fabbiani, Diego Valeri, Lautaro Acosta, Eduardo Salvio y Pedro de la Vega, entre otros. Lo mismo pasó con los entrenadores. Ramón Cabrero y Luis Zubeldía son el ejemplo. 

Tras su gran noche en Brasil, Lanús deberá viajar a Córdoba este lunes para enfrentar a Talleres por la segunda fecha del torneo. La derrota del debut ante Boca lo obliga a ganar para no perder terreno en el Grupo 4, que completa Newell’s. Tiene con qué. Y tiene a Sand.

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

A 25 años del atentado, no hubo desde el ámbito deportivo sólidos reclamos de justicia. Al menos hay hechos y voces que nos dejan un legado.

Por Alejandro Duchini.

En 1994 hubo tres equipos que quedaron en la historia: el River campeón con Passarella y Gallego; el Independiente de Brindisi que se quedó con el otro torneo del año y el Vélez de Bianchi que conquistó la Libertadores y, después, la Intercontinental ante el Milan. Ese mismo año, la Selección quedó afuera del Mundial. “Me cortaron las piernas”, dijo Maradona tras el doping positivo en Estados Unidos. En los partidos de fútbol de primera división se inauguraba el uso de mangas inflables para la salida de los equipos. Era la forma de evitar los piedrazos de algunos hinchas hacia los jugadores. Se afianzaba la televisión por sistema codificado. En febrero San Lorenzo volvía a tener estadio: en su primer partido le ganó 1 a 0 a Belgrano de Córdoba en el Bajo Flores. Eran los años de Hernán Crespo como goleador, la aparición de Ariel Ortega, Sebastián Rambert y Gustavo López.

En medio de aquello sucedió uno de los hechos más trágicos de la historia argentina. El 18 de julio se produjo el atentado a la AMIA, en el barrio de Once. 86 muertos (entre ellos el autor del hecho) y 300 heridos. Desde el deporte no hubo hasta hoy grandes reclamos. Hagan la prueba. Busquen en los archivos de los diarios: casi no hay noticias desde ese ámbito. Quizás el detalle sería que los dirigentes de nuestro país no suelen permitir reclamos. Sucedió con los docentes. Más acá en el tiempo, con la desaparición de Santiago Maldonado. Ni hablar de los pedidos de justicia de los familiares de víctimas de la violencia en las canchas.

Entre los sobrevivientes hay un deportista. Alejandro Mirochnik era triatleta. Trabajaba en la sección de prensa de la AMIA. Al momento de la explosión iba en el ascensor del edificio de Pasteur 633 hacia el quinto piso. El ascensor cayó y quedó entre los escombros durante nueve horas. Lo rescató un perro. Una de sus piernas quedó destrozada. “En ese atentado murió el triatleta campeón argentino. Pero nació otro luchador, un guerrero, que no será campeón argentino pero será un guerrero de superación. Ese guerrero ya corrió 13 ironman”, se define a sí mismo en una entrevista a Misiones On Line Tv.

Después del atentado tuvo un hijo, empezó a estudiar psicología social, se recuperó físicamente y abrió una escuela de guardavidas en La Matanza. Quiere irse a vivir a Córdoba. Y no olvida: “Aquel no fue un ataque a la comunidad judía sino a la sociedad argentina en general”, dice. “Fijate que muy pocos hablan de judíos”.

Al cumplirse diez años, los periodistas argentinos que cubrían los entrenamientos del seleccionado dirigido por Marcelo Bielsa en la Copa América, en la localidad peruana de Chiclayo, hicieron un minuto de silencio. Se les sumaron los jugadores. Me lo recuerda una de las mejores personas que conocí, un colega que prefiere el anonimato y que esa mañana fue uno de los impulsores de la idea en Perú. 

El periodista deportivo Ezequiel Scher habla con orgullo de su abuela paterna, Tamara, sobreviviente del ataque. En 2014 le hizo una entrevista para hablar del tema. Escribió luego que “A Tamara siempre hay un momento en que le cuesta: solloza, respira y necesita un vaso de agua. No es la primera vez que le pasa y no va a ser la última. El mismo relato se lo contó a dos presidentes argentinos, a jueces de todo el mundo, a Baltasar Garzón, a sobrevivientes de atentados en todos los continentes, a conductoras de televisión prime-time, a miles de periodistas, a embajadores, a cuánto estudiante se le acercó y al verdulero de su barrio. Pero, cuando habla de lo que vio en el momento en que bajó el turbio humo que desprendió la bomba que atacó la AMIA en 1994, la voz se le quiebra y, por unos segundos, no puede hablar”. Tamara trabajaba en la AMIA como secretaria de la presidencia. Cuando estaba por tomarse un café todo voló por los aires.

Entre otras cosas le dice a Scher:

“Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones”.

“(…) son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h”.

“Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba ‘es una bomba, es una bomba’. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. ‘Dónde está este’ y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor”.

“Tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre”.

“No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente”.

“La vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir”.

“Se puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles”.

Ahora, a 25 años del atentado, Ezequiel Scher comenta que “el periodismo deportivo le falta el respeto al atentado cada vez que define a una noticia como ‘bomba’. Al menos en mi experiencia personal, sé que la palabra bomba a mi abuela le sigue haciendo mucho daño emocional. Creo que Tamara nunca salió de ahí adentro, pero es muy inteligente como para haber creado otros mundos donde vivir. Pero sigue ahí. Se dice ‘tengo una noticia bomba’ cuando se piensa en cuánto va a repercutir. Y su significado es parecido al real porque una bomba es un elemento que se acciona y el después puede durar 100 años. Creo que banalizar el dolor de otros es faltar el respeto. No creo que haya intención, creo que no hay conciencia. Las palabras duelen, alteran. Y educan. Mi abuela habla de ‘la bomba’. Y sé que cierra los ojos cuando dice la palabra, así esté tratando de explicármelo cuando yo tenía 10 años”.

La entrevista a su abuela mientras cubría el Mundial de Brasil, una fecha particular para Scher: “Cuando la hicimos había muerto mi amigo el Topo López. Yo cené con él y lo acompañé al taxi donde murió (en un hecho policial). Y me caminaba la cabeza qué podría haber hecho yo para cambiarlo. No me lo explicaba. No me lo explico. Y en parte tuvimos esa charla que se volvió entrevista porque yo necesitaba explicarme unas cuantas cosas sobre la muerte repentina”.

“Tamara para mí es como la cancha de Racing. Es como un lugar donde estás y te sentís seguro de vos mismo porque hay algo de amor que parece incondicional. No sé por qué me dejaría de querer mi abuela. Tamara tuvo dos cáncer y sobrevivió a un atentado y a la vez es mi abuela y a la vez es infinitamente inteligente. Va más rápido que todos los demás. Y sabe decir las cosas”, agrega.

A veinticinco años del atentado a la AMIA, las palabras de Tamara siguen vigentes. Y posiblemente hasta con más fuerza.

NO TAN HEROICO

NO TAN HEROICO

Por Alejandro Duchini.

El sábado pasado murió Héctor Ricardo García, creador de Crónica y, según varios, héroe del periodismo argentino. Así lo destacaron en diversos medios de comunicación. Con algunas apreciaciones certeras y otras exageradas, ex empleados suyos y colegas siguieron la misma línea. Recordaron que alguna vez García les prestó plata, que les dio un consejo o un trabajo y que era un gran laburante. Todo eso es tan cierto como que García fue un genio del periodismo. Tremendo genio. Pero.

También es verdad que a mediados de los 90, mientras manejaba su Mercedes Benz lujoso que estacionaba en el primer piso del enorme edificio en Puerto Madero, donde estaba la redacción del diario, empezaba a pagar los salarios en cuotas, no hacía los aportes de jubilación y obra social y aún viajaba en avión personal. Se fijaba si la foto de tapa de Susana Giménez de Crónica o de la revista Flash estaban buenas. Un profesional de la hostia, como dicen. Mientras él estaba en esos detalles, los empleados del diario andábamos en asambleas y sin plata para llegar a fin de mes. Sobre todo aquellos que tenían a Crónica como único ingreso salarial. A veces juntábamos para que un compañero pueda viajar en colectivo o tren de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Otras, le dábamos para el morfi. Después vinieron meses de despidos, más incumplimientos, juicios y matones en la puerta de Garay y Azopardo: “Vos no entrás”, “vos sí…”.

Aquellos tiempos de Crónica fueron duros pero solidarios. Se afianzaron amistades y nos dimos cuenta de quiénes eran los alcahuetes de turno. Algunos de ellos, me cuentan, siguen en el mismo diario, ahora en manos del Grupo Olmos.

La muerte enaltece. Y es una posibilidad de revisar la historia. García fue un gran periodista. También tuvo gestos altruistas. De eso no hay duda. Tampoco hay duda del daño que hizo.

LOS HIJOS DE FANGIO

LOS HIJOS DE FANGIO

El gran ídolo del deporte argentino, fallecido hace casi 24 años, tuvo tres hijos a los que no reconoció. El periodista Miguel Prenz escribió Algo del antiguo fuego, un libro en el que da cuenta de que nadie es lo que parece. Se le suma el relanzamiento de Deporte, desaparecidos y dictadura, de Gustavo Veiga, donde el quíntuple campeón de la F1 también tiene una perlita.

Por Alejandro Duchini

El gran ídolo del deporte argentino, el quíntuple campeón del mundo de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio, tuvo tres hijos a los que no reconoció: Rubén, Oscar y Juan. Los tres recurrieron al ADN para demostrar su filiación. Tras los fallos judiciales en favor de ellos comenzaron los litigios legales con los herederos del piloto cuya muerte, ocurrida el 17 de julio de 1995, a sus 84 años, fue lamentada con tres días de duelo nacional. Su restos fueron velados en el Automóvil Club Argentino, previo paso por la Casa Rosada. Fangio es todavía impoluto. Un hombre correcto que se hizo de abajo, en Balcarce, provincia de Buenos Aires. Resultó el mejor embajador argentino ante el mundo. La suya sería una vida Disney. Pero.

Fangio no sólo tuvo hijos a los que no quiso reconocer. También apoyó a la dictadura militar argentina en los 70. “Fangio se prestó a acompañar a Jorge Rafael Videla a Venezuela para ‘propagandizar las buenas acciones del gobierno’. Pocos días después del viaje, Azucena (Villaflor, fundador de Madres de Plaza de Mayo en 1977) era arrojada, por los hombres del dictador, a las aguas que, pensaban, eran las del olvido”. Quien nos recuerda la referencia a los Vuelos de la muerte sobre el Río de la Plata es el periodista Pablo Llonto. Una nota suya titulada Fangio y la Mercedes Benz puede leerse en el relanzado Deporte, desaparecidos y dictadura (ediciones Al Arco), de Gustavo Veiga. El libro será presentado este jueves a las 18 en el tradicional Café Tortoni, en avenida de Mayo 825. Veiga es uno de los periodistas que abrió el camino para conocer y comprender cuál fue el vínculo entre el deporte y los militares asesinos.

En esas páginas hay más sobre Fangio. Llonto escribe que en aquellos años, cuando el piloto era presidente de la filial argentina Mercedes Benz, secuestraron a 17 obreros que se independizaron del sindicato SMATA. Sólo dos de ellos regresaron. El resto desapareció. La periodista e historiadora alemana Gabriela Weber lo investigó para su documental Milagros no hay – Los desaparecidos de Mercedes Benz. Altos mandos de la empresa fueron denunciados por estos hechos. Eduardo Fachal, abogado y ex delegado en la firma alemana, le dijo sobre Fangio al sitio La retaguardia: “Cuando nosotros le fuimos a pedir una entrevista para que intercediera por nuestros compañeros desaparecidos, no nos atendió; sin embargo viajó en el avión que Videla fletó para contrarrestar lo que la dictadura llamada ‘campaña antiargentina’”. “Evidentemente ha sido uno de los corredores más grandes que hasta ahora ha dado el automovilismo, pero como persona, y por lo poco que me tocó tratar, puedo decir otro montón de cosas de él en cuanto a que se preocupó por los que eran los gerentes y los que eran los altos funcionarios de la empresa, y nunca se preocupó por los trabajadores, entonces en ese sentido por mucho ídolo que haya sido en este país… La verdad habrá sido un buen corredor pero como persona dejaba bastante que desear”, agregó.

YO SOY TU PADRE

Algo del antiguo fuego – Una historia de los hijos de Fangio (Tusquets), de Miguel Prenz, vuelve terrenal al héroe. Lo desnuda de los adjetivos comunes con que se suele engrandecerlo. Sin bronce, Fangio es demasiado humano. En apenas 150 páginas, Prenz nos entrega una investigación enorme. Acompaña y entrevista a sus hijos no reconocidos, que se reparten entre Balcarce, Mar del Plata y Lobos. Convive con Rubén, Oscar y Juan. Habla con sus familiares y cruza de vereda para escuchar a los primeros herederos oficiales. Aquellos que niegan una herencia superior a los 50 millones de dólares. Regalías, campos, otras propiedades. Nafta Fangio XXI. Ropa masculina. Relojes Tag Heuer. El Museo de Balcarce. La Fundación. Todo en auditoría.

En apenas una página, el autor refiere a la Mercedes Benz. “Fangio era el máximo directivo de Mercedes en el momento de las desapariciones, desde el jefe de personal hasta el vigilante de la puerta le obedecían, y sin embargo murió en democracia sin ser investigado”.

Los tres nuevos herederos son adultos mayores. El ADN entre ellos arrojó 97.4 por ciento de compatibilidad. Asombra, cuenta Prenz, sus parecidos físicos con el quíntuple campeón. Nacieron de relaciones no formales u ocultas. Uno de ellos, Oscar, sabía del vínculo filial. Pero las diferencias con el padre se volvieron abismales. Apenas consiguió que le sumara el apellido al documento. Una solución transitoria con final abrupto. “Le pedí de vuelta a mi viejo de solucionar de verdad el problema, porque lo de sumarme su apellido había sido un parche. Quedamos en que si un día me casaba y tenía hijos, él me iba a reconocer legalmente así sólo me quedaba mi apellido verdadero, Fangio. Con Norma nos casamos en 1967, tuvimos tres hijas y mi viejo nunca cumplió con lo que me había prometido. Él y su abogado decían que no se podía solucionar lo del apellido. Así que tuve que inscribir a mis tres hijas como Espinosa Fangio”, le dice Oscar a Prenz. Y después: “Él, en lo deportivo, fue excepcional, el mejor. Pero tuvo fallas conmigo, con Rubén, con Juan. Mi viejo no se hizo cargo de nada con nosotros”.

Otro de los hijos, Juan, cuenta que su madre, Susana Rodríguez, tenía 15 años cuando tuvo “una relación corta” con el piloto, entonces de 33. A la vez, Rubén le dice a Prenz que los sobrinos de Fangio pusieron palos en la rueda. En un escrito para evitar el reconocimiento filial a partir de los ADN se lee que “nuestro tío se caracterizó por su honorabilidad, bondad y trayectoria” y que “no deja de sorprendernos que se manifieste que nuestro tío tuvo una relación adúltera con una mujer casada (…). Conocida es su generosidad, antes de morir donó al municipio de Balcarce todos los premios, medallas, trofeos, condecoraciones, que recibió durante su carrera para que fueran exhibidos en el Museo Fangio…” Y: “Nuestro tío gastó en vida todo el dinero que poseía en tratamientos médicos para la enfermedad renal que lo llevó hasta su muerte. ¡Qué más hubiese querido Juan Manuel Fangio que tener un hijo y sobre todo un varón que lo acompañara en sus carreras y fuese su discípulo!”.

Los tres Fangio coinciden en la falta de rencores. Cada cual a su modo logra separar al ídolo popular del humano. Rubén, al que Prenz vuelve a visitar en una mesa familiar, dice a modo de ejemplo: “Cada cual tiene sus grandezas y sus miserias. Aunque es demasiado fuerte decir miserias. Digamos flaquezas. Cada cual tiene sus grandezas y sus flaquezas”.

MIS HÉROES DE NAVIDAD

MIS HÉROES DE NAVIDAD

Estamos en los últimos días de 1983. Independiente tiene a Ricardo Bochini, Enzo Trossero, Claudio Marangoni y Ricardo Giusti. Juega fenómeno y será el campeón del Metropolitano de ese año. Para colmo, en ese mismo torneo Racing se va a la B. “Cosa maravillosa, cosa de no creer, el Rojo campeón del Metro y Racing se va a la B”, se burlan los hinchas desde la repleta Doble Visera. Pero hay otro colmo: Racing había descendido una fecha antes, perdiendo con Racing de Córdoba, y su partido siguiente es fatalmente con Independiente, que le gana 2 a 0 y da la vuelta olímpica mientras los otros padecen lo peor que se pueda padecer en el fútbol. Deberán esperar casi 30 años para tomarse revancha en la cargada. De esa tarde no me olvido la cancha colmada por hinchas rojos y unos pocos de Racing a los que admiraba porque hacían el aguante ahí, donde tenían casi todo para perder. La única que les quedaba era que aquel equipo arruinado hasta en lo económico diese el batacazo, gane y el campeón fuese San Lorenzo o Ferro, los otros que estaban en la pelea.

Tengo 12 o 13 años. Recuerdo el estado de alegría que había estallado socialmente: Raúl Alfonsín acababa de ganar las elecciones que ponían fin a la dictadura asesina. El 10 de diciembre había asumido. En las radios sonaban bandas de rock increíbles. Serú Girán acababa de despedirse y se escuchaba su disco en vivo ; aparecían Virus, Los abuelos de la nada, GIT, Soda Stéreo, Miguel Mateos – Zas; Charly García y el Flaco Spinetta la rompían como solistas, Juan Carlos Baglietto era un rockero más y asomaba Fito Páez. También estaba Alejandro Lerner. Mis juguetes preferidos eran los muñecos Top Toys de Star Wars y mi nuevo personaje televisivo era He-Man, estrenado en el renovado y democrático Canal 9. Y el 22 de diciembre los hinchas de Independiente celebrábamos, por fin, un campeonato después de quedarnos con las ganas en los dos anteriores, que se llevó el Estudiantes de La Plata armado por Carlos Bilardo. Uno por un gol y otro por un punto.

Así que en aquel primer diciembre democrático de mi vida podíamos respirar tranquilos después de sufrir el acoso del San Lorenzo recién ascendido, que jugaba bárbaro, llenaba las canchas y quedó con 47 puntos, a sólo uno de nosotros.

¡Éramos campeones! Dos días después se celebraba la Navidad. En la mesa con mi papá no hablábamos de otra cosa que del 2 a 0 a Racing con goles de Giusti y Trossero que habíamos visto en la cancha. En esos tiempos teníamos abono a platea y no nos perdíamos ni un partido. Nos acompañaba Antonio, mi padrino, a quien siempre consideré mi segundo padre. El año siguiente nos esperaban noches de Copa Libertadores, que la ganaríamos, y para fines del 84, la Intercontinental ante el Liverpool inglés. ¡Cómo no iban a ser mis héroes aquellos 11 tipos liderados por Bochini que, además, nos vengaban de los ingleses después de la Guerra de Malvinas!

Amaba a Bochini. A Trossero, el Gran Capitán del Rojo. También a Pastoriza, el técnico que había vuelto para reemplazar a Nito Veiga, un fenómeno que al frente del equipo logró dos subcampeonatos y se tuvo que ir, dejando el equipo armado. Y Burruchaga, un pibe humilde, salido de inferiores, que jugaba en cualquier puesto y la rompía. Y Hugo Villaverde, que paraba a los rivales y no hablaba con la prensa. Asomaba Percudani, que un año después le haría el gol de la victoria al Liverpool, en Japón, y se llevaría una llave gigante y simbólica para quedarse con un coche que se repartiría con el plantel.

Así que a horas de aquella Navidad mi viejo salió a comprar El Gráfico en cuya tapa estaban Trossero y Giusti. Unos días después compraría también El Gráfico Especial Independiente Campeón. Conservo los dos ejemplares.

A la salida de la cancha, después del 2 a 0 a Racing, mi papá manejaba el Torino por Avellaneda cuando se quedó. Atrás venía un micro lleno de hinchas que se bajaron a empujarnos. La buena onda se notaba hasta en esos detalles. El coche arrancó y fuimos a buscar a mi mamá y a mi hermana para volver a casa. En el camino a Liniers, por Rivadavia, yo iba feliz en el asiento trasero con una bandera de Independiente que me había hecho mi mamá porque comprar la tela y hacerla era más barato que comprar una en la cancha. “Además, esta tela es mejor” se justificaban mis viejos para no pagar la otra, que a mí me gustaba porque tenía el escudo original. La de mi vieja, en cambio, era roja con el C.A.I. en tela blanca. Muy artesanal para lo que yo quería. Cuando llegamos a la altura de Rivadavia y la avenida La Plata el tránsito estaba parado. Era de noche y yo llevaba la bandera colgada sobre la ventanilla trasera, del lado izquierdo. Cuando nos dimos cuenta de que la demora se debía a que los hinchas de San Lorenzo habían cortado el tránsito para celebrar el subcampeonato ya era tarde. Vieron mi bandera y se vinieron lento hacia nosotros. Pocas veces tuve tanto miedo como esa vez en la que aquellos tipos se acercaban. No sé qué les pasó por la cabeza a mis padres ni a mi hermana. No lo sé como tampoco puedo saber qué me pasó a mí. Quedé como abstraído, en trance. Como un budista urgente. Hasta que escuché que alguien decía “dejálos que hay pibes”. Y con un flaco de mi edad que llevaba una camiseta de San Lorenzo nos miramos fijo. Él, desafiante, como esperando el menor gesto en mi rostro pálido para atacarme y quitarme la bandera. Yo lo miraba sin saber que me iba a acordar de él para siempre. Que durante noches y días su cara me amenazaría desde el fondo de mis miedos.

Un rato después yo ensayaría una respuesta valiente desde que sabía que aquello había pasado y habíamos vuelto a mi casa, en Liniers, vivos y sanos para celebrar la Navidad unos días después. En esa respuesta le decía, con mi mejor cara de Rambo y mientras flameaba mi bandera en la feliz noche porteña: “Sí, sí, señores, yo soy del Rojo, porque este año, de Avellaneda, de Avellaneda, salió el nuevo campeón”.

STAR WARS: LA FILOSOFÍA

STAR WARS: LA FILOSOFÍA

Por Alejandro Duchini.

“Está claro que una gran parte de la población mundial tiene, a estas alturas, a Star Wars metida bajo la piel. Frases como ‘yo soy tu padre’, ‘esto no me gusta nada’ y ‘hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes’ se han convertido en clichés culturales. Han penetrado en los círculos académicos y existen cientos de artículos y libros eruditos que examinan el significado profundo de la obra fantástica de George Lucas”, se lee en las primeras páginas de Star Wars y la filosofía (Roca Editorial). Se trata de una recopilación de ensayos escritos por filósofos y seleccionados por William Irwin, Jason Eberl y Kevin Decker.

Personajes emblemáticos como Darth Vader, Han Solo, Luke Skywalker, Ben Kenobi, Yoda, C-3PO y R2-D2 se mezclan con Platón, Sócrates, Nietzche y Sartre, entre otros. Pensadores de primer nivel analizan esta historia a través de valores universales.

El bien, el mal, la sabiduría, la paternidad, la clonación, la lealtad, la amistad, la democracia, la traición, los miedos, el sentido del cuerpo y el valor que se le da a la mujer en nuestra sociedad. Todo se mezcla para darle una vuelta de tuerca al fenómeno cultural que significa La guerra de las galaxias desde hace cuatro décadas, cuando se estrenó. Lo interesante es que no hay que ser un especialista en filosofía para entender estos textos. Alcanza con tener ganas de pensar acerca de por qué nos apasiona este mundo de naves espaciales, héroes y antihéroes. Esto se logra porque los autores, lejos de sacralizar, tienen claro lo que genera la saga y hasta se reconocen como fans. Si Star Wars es una invitación a soñar despiertos y atentos ante la pantalla. El libro nos invita a pensar a partir de este ícono cultural.

La relación entre padres e hijos es una de las temáticas analizadas. El malo más malo de la historia del cine -Darth Vader- y el hijo rebelde y bueno -Luke- son un emblema de la trama.

“En última instancia, Star Wars nos muestra hasta qué punto puede estar envenenada una relación familiar y de qué manera esta se puede redimir o salvar en parte si se revelan las verdades sobre esas relaciones (verdades sobre la paternidad, los errores del pasado y demás) y si se realizan algunos sacrificios heroicos y difíciles”, analizan Charles Taliaferro y Annicka Beck.

Filosofía jedi
Terrance MacMullan escribe sobre la sabiduría, la paz y el poder. Sostiene que hay un ideal de sabiduría que “se apoya en la virtud de la humildad” y que “si el Jedi y Platón afirman que la paz es el más alto propósito de la vida, Nietzche y el Sith replican que esa paz que buscan sólo es natural en la tumba, y que la vida no busca la paz, sino el poder”. Y también que “Yoda sería el filósofo favorito de Platón en todo el universo de Star Wars”.

“A través de sus personajes y de los desafíos éticos a los que estos se enfrentan, la serie de Star Wars ofrece su aportación a varios temas que han sido objeto de una antigua y seria discusión filosófica. Una sola escena de la serie sirve para mostrar un controvertido y popular punto de vista sobre las personas. La escena en cuestión se desarrolla en El retorno del jedi, cuando Jabba el Hutt tiene a la princesa cautiva en su corte de Tatooine. (…) Veremos que la escena de la cautividad de Leia refleja el desprecio de nuestra sociedad moderna por la gordura y la preocupación que tenemos por el control de nuestros cuerpos, en especial, por el de la mujer”, escribe Jennifer McMahon en un texto titulado Cuerpos dóciles y fuerza viscosa: miedo a la carne en El retorno del jedi. Refiere al desprecio por los cuerpos alejados del ideal social y a la importancia que se le da a la imagen física. “En contraste con Jabba, Leia es exquisitamente ágil. Si la piel de este aparece manchada y gelatinosa, la de ella es tersa, y sus músculos están bien dibujados y son firmes. Leia es delgada y tiene buen tono muscular; no muestra ni rastro de celulitis ni un pliegue de más en la piel. Mientras que Jabba es la personificación de la gordura, Leia es la ejemplificación del ideal contemporáneo de cuerpo delgado. Ella es la bella; él es la bestia”, opina.

Otro filósofo, Don Adams, refiere a la similitud entre la historia de Anakin Skywalker -el gran protagonista desde La amenaza fantasma hasta El regreso del Jedi- con la de Aquiles, “el héroe más importante de la Ilíada”. Daniel Malloy invita al pensamiento al referirse a la lealtad. “Nuestras lealtades definen quiénes somos y nos otorgan un lugar en el mundo”, dice; sin embargo, reconoce que “los filósofos ni siquiera se pueden poner de acuerdo en definir qué es la lealtad”. Otro colega suyo, Charles Camosy, se pregunta si “¿es inmoral que la alianza de los rebeldes destruyera la emblemática Estrella de la muerte?”. Camosy tiene en cuenta que con su destrucción se termina, al mismo tiempo, con cientos de vidas de obreros que trabajan en su construcción: “La cultura de Star Wars nos condiciona para que nos posicionemos a favor de los rebeldes”, se reconoce.

Uno de los mejores capítulos es, aunque parezca raro, el que refiere a la influencia de las figuras de acción (sobre todo muñequitos, pero también naves) que se lanzaron al mercado tras el estreno de La guerra de las galaxias. “Jugar con figuras de acción nos hace pensar en qué pensaría otra persona”, analliza Dennis Knepp. Y a mí, como fana de Star Wars, me lleva de viaje a mi infancia, cuando con miniaturas de Han Solo, Darth Vader y Luke también jugaba a pensar qué pensarían ellos en situaciones inventadas por mí”.

Identificación
Leídas las casi 400 páginas que componen este trabajo quedarán sensaciones y hasta cuestiones para seguir analizando. Pero la pregunta acerca de por qué tantos encontramos en esta saga un sentido que va más allá de la pantalla tiene su respuesta en el mismo prólogo: “Star Wars perdura porque nos reconocemos en sus múltiples facetas”, sintetizan los compiladores. Suena tan simple. Pero para llegar a esa conclusión, bien vale disfrutar la lectura de Star Wars y la filosofía.