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EL PEPE DEL SUR

EL PEPE DEL SUR

Si José Sand jugase en Boca o River hubiese sido la noticia destacada de los últimos días. Los dos goles que hizo para que Lanús le gane al San Pablo 3 a 2 en la ida por la Sudamericana y el del inicio del torneo argentino en la caída ante Boca (1-2) muestran lo demoledor que es en el área. Casi convierte en la revancha de la Sudamericana, en Brasil, donde pese a la derrota por 4 a 3 su equipo clasificó de manera heroica. En ese equipo que alegra a los hinchas, Sand es fundamental. Tiene la virtud que no le debe faltar a los goleadores de raza: estar parados en el lugar correcto y en el momento correcto. A los 4o años, el correntino ratifica su vigencia.

Nacido en Bella Vista, Corrientes, el 17 de julio de 1980, es de los más veteranos del fútbol argentino. Debutó en Primera jugando para Colón de Santa Fe en 1999, por lo que pertenece a una generación de jugadores argentinos marcada por los Riquelme y antecesora de los Messi. Tiene un físico privilegiado y su condición de ídolo de Lanús lo coloca como titular indiscutido. Con 40 años, 3 meses y 14 días, el gol (con la mano) que le hizo a Boca lo convirtió en el más veterano del fútbol argentino en marcar en un torneo local. Detrás quedó Ángel Labruna, quien tenía esa marca desde un partido de 1958 en el que le anotó a Rosario Central con 40 años, un mes y 14 días. 

Sand tuvo tres etapas en Lanús. La primera empezó en 2007, tras su paso por River y Colón. Fue goleador del Apertura que ganó el equipo dirigido por Ramón Cabrero. Quince goles suyos ayudaron a que Lanús fuese campeón de Primera División por primera vez. Además, la participación en la Copa Libertadores. Sand siguió haciendo goles y dos años después se fue a jugar a Emiratos Árabes, España y México. No le fue bien en Racing, a donde llegó en 2012 como el jugador mejor pago del plantel. De entrada se puso al hincha en el bolsillo con dos goles a Independiente pero su estrella se apagó. Le siguieron Tigre, Boca Unidos y Aldosivi. Alguna vez dijo que en esos años se consideraba un jugador retirado.

Su segunda etapa granate se inició en 2015. Hizo goles y hasta fue parte del inolvidable Lanús campeón que le ganó la final del 2016 a San Lorenzo. Ese mismo año Lanús ganó la Copa Bicentenario ante Racing y al siguiente la Supercopa Argentina frente a River. 

La tercera, tras pasar por el Deportivo Cali, comenzó en 2018 y tiene fecha de vencimiento. En 205 partidos con Lanús hizo 130 goles y es el máximo goleador del club. Una marca impresionante si además se tiene en cuenta que anotó 272 goles en toda su carrera.

En julio firmó contrato por un año más. Su condición de ídolo no lo aleja de las diferencias con los dirigentes. Hubo choques y el último fue por la duración del nuevo acuerdo. La dirigencia encabezada por el presidente Nicolás Russo quería acordar por seis meses y el jugador por un año. Ganó, pero avisó que en 2021 se retira. Lo cansa, dice, tener que sentarse a negociar su futuro cada seis meses.

En Lanús logró lo mejor de su carrera. Sand tiene ese destino raro que se les cruza a determinados jugadores que no pueden afianzarse en los poderosos. Su prometedor pasado goleador en las inferiores de River no lo pudo ratificar cuando llegó a la Primera ni tampoco en Racing. Como contrapartida, se metió en el corazón del hincha de Lanús. Allí parece haber encontrado su lugar en el mundo.

Hoy no sorprende que Lanús avance en la Sudamericana. Es uno de los equipos que mejor juega en el campeonato argentino. Como institución consiguió un sólido sentido de pertenencia barrial, donde Independiente y Racing -los grandes del sur bonaerense- tenían incidencia y el Granate era el segundo equipo, el del barrio. Ahora los pibes eligen “ser de Lanús” y compran camisetas con el nombre de Sand. 

Desde 1992, cuando Lanús regresó a Primera tras vivir un largo período de pesares, inició un gran trabajo en divisiones inferiores. No invirtió fortunas en jugadores estrellas sino en formar a los propios. Leandro Gioda, Agustín Pelletieri, Rodrigo Archubi, Cristian Fabbiani, Diego Valeri, Lautaro Acosta, Eduardo Salvio y Pedro de la Vega, entre otros. Lo mismo pasó con los entrenadores. Ramón Cabrero y Luis Zubeldía son el ejemplo. 

Tras su gran noche en Brasil, Lanús deberá viajar a Córdoba este lunes para enfrentar a Talleres por la segunda fecha del torneo. La derrota del debut ante Boca lo obliga a ganar para no perder terreno en el Grupo 4, que completa Newell’s. Tiene con qué. Y tiene a Sand.

UNA FORMA DE HACER JUSTICIA CON JUAN GÁLVEZ

UNA FORMA DE HACER JUSTICIA CON JUAN GÁLVEZ

Por Alejandro Duchini. Ricardo Gálvez es tan fanático de su padre que lo llama, simplemente, Juan. A sus 62 años se dio el gusto de escribir y publicar la biografía de Juan Gálvez, el piloto más ganador en la historia del TC. “Ahora estoy tranquilo porque Juan tiene su propio libro”, dice respecto de “Juan Gálvez – El campeón eterno” (Galerna). En más de 500 páginas recorre la historia de aquel hombre que competía en tiempos en que las rutas eran caminos peligrosos. El asfalto se transformaba a poco de la largada en tierra o barro. Los pilotos y sus copilotos debían reparar ellos mismos sus autos en medio de la carrera. Los accidentes fatales eran habituales. De hecho, el 3 de marzo de 2018 Juan murió tras ser despedido de su auto en una competencia en Olavarría. De eso, y de cuestiones del destino que se descubren cuando los hechos están consumados, hablará su hijo en esta nota. Pero además recordará la competencia entre Juan y su hermano, Oscar. Ambos fueron un símbolo de la categoría que dominaron durante quince años. “Los demás pilotos competían para ganarles a los Gálvez, que del 47 al 61 perdieron un solo campeonato, el del 59. Ganaron 100 carreras. Algo que no sucedió y que no volverá a suceder con dos hermanos que se llevaban todo. Cuando dejaron de estar los Gálvez, el automovilismo de Argentina se tuvo que rehacer”, aclara Ricardo, quien intentó ser corredor de autos y hoy se dedica a reparar y fabricar embarcaciones navales deportivas en la zona de San Fernando.

Sin embargo, la relación entre los hermanos fue tensa. “Nunca le encontraron la vuelta. El contrincante para Juan era Oscar y para Oscar, Juan. No podían tener una relación normal de hermanos. ¿Cómo lo solucionaron? No lo solucionaron. Lo que hicieron fue tener una buena relación, pero sin continuidad. No había forma de algo mejor, no se podía”, cuenta.

Juan armó la historia de su padre con recuerdos personales, de familiares y de amigos. Pero también leyó recortes periodísticos que le permitieron detallar las 145 carreras oficiales, de las cuales ganó 56. Fue 9 veces campeón de Turismo Carretera. Oscar, fallecido el 16 de diciembre del 89, obtuvo cinco títulos de la categoría. Hoy, el autódromo de la Ciudad de Buenos Aires, inaugurado por el gobierno de Juan Domingo Perón en 1952, se llama “Oscar y Juan Gálvez”.

Juan Gálvez incursionó en otros terrenos que le habilitaron la popularidad. Apareció en películas como “Bólidos de acero” y “Pie de plomo”. Y también en la política. Compitió por el interior juntando firmas en favor de la reelección de Perón. Pero después de la Revolución Libertadora “tuvo una interdicción de sus bienes, que lo obligó a demostrar que hasta el último centavo del que disponía lo había ganado corriendo. Aún su auto particular fue secuestrado y su casa, allanada”. También le inmovilizaron las cuentas bancarias. “Extremadamente prolijo y ordenado, demostró que hasta el último centavo provenía de orígenes lícitos y fue finalmente sobreseído de las acusaciones”.

Pero lo más sorprende, dice Ricardo Gálvez, fue una suma de hechos que vistos a la distancia hacen pensar en si no estaría escrito el destino de su padre. Se refiere a horas previas al accidente fatal. “Recuerdo ese fin de semana. Papá iba a llevar a mi hermano Juan a la carrera de Olavarría pero no lo llevó porque estaba dormido. Mi hermano lloró cuando se despertó. Nos fuimos a pasar el fin de semana a casa de mis primas. Recuerdo lo que sucedió cuando mi mamá se enteró, cómo nos comunicó los detalles. Yo estaba por cumplir 8 años. No volvimos más a mi casa de la calle Avellaneda, en Flores. Nos mudamos, la vendimos y no volvimos. Pero Juan algo intuyó para no querer llevar a mi hermano a esa carrera”.

En ese mismo sentido hubo otro hecho llamativo. Tiene que ver con una medalla que su madre, María Elina Olaechea, le regaló cuando era joven. Estaba fechada en el 2 de marzo de 1916. Juan Gálvez murió un 3 de marzo, aunque del 63. “Pensé que esa medalla que no se sacaba nunca no había vuelto de Olavarría. Pero hace poco mi madre me dijo que la tenía. Me la mostró y me impresionó que la fecha grabada por mi abuela es 2/3/16. Fue la única vez que Juan se la sacó y no la usó. Se la olvidó en casa”.

Y hay otros dos hechos no menores. Uno tiene que ver con la devolución, décadas después del accidente, de uno de los zapatos que usaba Gálvez cuando ocurrió el accidente; el otro lo protagoniza la mujer que lo socorrió al momento de su muerte.

“Un vecino de Olavarría, José Freiberger, me contactó para entregarme el zapato de mi papá. Estaba cerca de donde se produjo el accidente. Cuando se acercó encontró un zapato y se lo quedó. Así que lo guardó como un trofeo. Un día me llamó y me dijo que me daba el zapato, que quería que lo tuviese yo. Así que fuimos con mi hijo mayor. Fue un fin de semana como muchos de los especiales que viví en relación a mi padre. Este hombre estaba muy emocionado. Es el zapato de Juan porque tiene la dirección del negocio de Flores donde los compraba. Impresiona vivir algo así. Aquel fin de semana ese hombre me dijo ‘Ricardo, ahora me puedo morir tranquilo, porque este era un tema pendiente para mí: siempre dudé si estuve bien o mal en traerme el zapato’. Así, cerró la historia”. 

También aparece Marta Morales, la hija de un puestero ubicado a metros de la pista. Tenía 15 años cuando sucedió el accidente fatal. Fue la primera en llegar. Se contactó con Ricardo para contarle detalles de aquellos minutos. “Me contó todo. Vino con la idea de cerrar un círculo. Papá falleció en los brazos de esa mujer. Compartir una mañana con ella fue impresionante”.

Y hay otra historia por demás triste: tres meses después del accidente la madre de Juan Gálvez falleció a causa de una depresión originada por la muerte de su hijo. “Era muy pegada a mi papá”, dice Ricardo. 

“En líneas generales no me enseñó el libro quién era mi padre sino la gente, que me decía que no podía ser que no existiera nada sobre él. Lo que me permitió indagar su historia fue cerrar un capítulo”, finaliza Ricardo Gálvez.

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

Por Alejandro Duchini. Apenas el fútbol y muy pocos otros deportes contaban, a fines del siglo XIX, con calzado deportivo propio. Las botas de fútbol que se fabricaron en Inglaterra hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial eran de cuero rígido y pesado. Cada una pesaba medio kilo. Eran incómodas y de caña alta para proteger los tobillos. Estaban reforzadas con acero en la punta. Pesadisimas, si llovía era insoportable moverse con ellas. Después les agregaron tapones de metal. Recién a comienzos del siglo XX, cuando el fútbol ya era más popular, irrumpieron nuevas marcas, más competencias y mejores modelos. La anécdota la cuenta detalladamente el periodista e investigador en marcas deportivas Eugenio Palópoli en su libro “Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas” (editorial Blatt & Ríos). Un libro que sirve para conocer cómo se crearon Adidas y Nike, cómo hizo Puma para salir de la bancarrota y colocarse en la actualidad en la tercera marca deportiva mayormente elegida y de qué manera otras empresas cuidan con recelo (y buenos modelos) su lugar en el mercado mundial.

Pero no es sólo eso. Palópoli detalla qué hubo detrás de éstas marcas: el odio entre los hermanos alemanes Adolf y Rudolf Dassler los llevó a crear Adidas y Puma. Nike era apenas una distribuidora de un calzado japonés antes de convertirse en la multinacional que conocemos: sus directivos tomaban cada decisión en medio de fiestas con borracheras que asemejaban más la adolescencia que la adultez. A Le Coq Sportif la crearon para engañar a familiares. La FIFA fue fundamental para el crecimiento de Adidas y los deportistas de la NBA con mayor proyección fueron la gran y millonaria apuesta de Nike para ganarse el máximo lugar en el mercado.

-Empecé con un blog que se llama arteysport.com hace como diez años, como hobbie. Junté información sobre cosas que me llamaban la atención desde chico y cuando me quise dar cuenta tenía un montón de historias.

Así cuenta Palópoli el surgimiento de lo que sería el libro de 400 páginas que se lee como una novela.

-¿Qué te llevó a investigar y escribir sobre las marcas deportivas?

-Me gustaba el fútbol. Me llamaban la atención la indumentaria, los jugadores. Encontré información e historias sueltas que publicaba sin mayor repercusión. Hasta que descubrí que se publicaban libros en otros países sobre estos temas. Me di cuenta de que tenía cada vez más información que no había en castellano. Cuando junté todo el material empecé a escribir el libro.

-¿Cuál fue la historia, detrás de las marcas deportivas, que más te llamó la atención?

-La de los hermanos Dassler. Había alrededor de ellos información desconocida. Empezaron juntos, se pelearon, crearon Adidas y Puma. Se la pasaron compitiendo. Creo que es una historia muy interesante que sintetiza todo.

-Alrededor de cada marca deportiva hay una historia. ¿Sentís que tenés una potencial novela, además de un libro de información?

-La de los hermanos Dassler sistematiza las leyendas urbanas sobre las dos marcas. En ese caso puntual, quise saber qué de todo lo que se decía y dice de ellos era cierto y qué es fantasía. Su historia es apasionante porque además había un contexto histórico. Esa historia se hizo luego más conocida. Incluso hay una serie en Alemania sobre la familia. Y creo que otra en Estados Unidos. En ese punto coincido en tu pregunta.

-¿En dónde encontraste un punto máximo de asombro?

-En la historia de los fundadores de Nike. Me sorprendió que su origen haya sido muy humilde. Hoy Oregón es una zona más en boga, más a la altura de las ciudades avanzadas. Pero en esos 60 o 70 era un lugar curioso, sin relevancia económica ni cultural. La empresa empieza como importadora y después como marca propia. Y Phil Knight lideró a un grupo de personas muy particular. Casi todos de la Universidad de Oregón. Hoy Nike es muy poderosa, pero debieron atravesar mucho para ser lo que son. Era una empresa que siempre estuvo al borde del precipicio. Recién en los 80 se transforma, cotiza en bolsa. Surgió como un proyecto de loquitos universitarios, excéntricos, que tienen sus crisis, sus problemas. Pero una vez que se instala, Nike no suelta más el número uno.

-Otro caso llamativo.

-Que hoy se llama cultura corporativa, donde hay excentricidades, gente muy rústica, si se quiere. En su mayoría abogados y contadores, pero de lugares marginales, como Portland, en Oregón. Un costado tal vez salvaje, con gente dispuesta a sacrificar todo por su sueño. Alguno hasta murió de un ataque al corazón de cómo vivía. Se laburaban todo. Eran como una especie de cruzados, una especie de secta. Todo por alcanzar a Adidas.

-Y lo que era una marca deportiva se transformó en símbolo cultural.

-Más hacia la actualidad puede ser que ese espíritu de Nike sea como una fuerza contracultural, de rebeldía. Eso viene del fondo de esa historia. Nike propone contratos muy caros a deportistas, algo que no se hacía. Casi que pone la marca al servicio del deportista. Un caso es el de Michael Jordan. Eran contratos polémicos. Pero a la larga fueron un salvavidas.

-¿Qué fue más importante en el crecimiento de la industria del deporte? ¿Las marcas o la actividad en sí?

-Es difícil determinar eso. Hay como una interacción. Hoy se vuelve a discutir el rol de la marca. El caso de Colin Kaepernick es un ejemplo. Nike lo tomó como emblema. Son combos sociales y culturales que hay en Estados Unidos. El empoderamiento femenino es un ejemplo: en los 90 Nike tuvo que pensar en productos para mujeres. Esto que hay ahora demuestra que siempre se produce un ida y vuelta. Creo que las empresas tuvieron más peso para imponer sus necesidades en el mercado. También lo hizo Adidas. Cuando Dassler se relaciona con la FIFA, Adidas demuestra que tiene influencia en el mundo del deporte y, sobre todo, en el del fútbol. Las marcas parecían tener mayor peso para imponerse. Hoy me da la impresión de que con la pérdida de influencia por parte de los grandes medios y la aparición de las redes sociales debieron aprender a dialogar con la sociedad y manejarse de otra manera: no imponer tanto sino responder a las necesidades de la gente.

-¿Innovar constantemente?

-Hoy la innovación de las marcas no tiene sólo auge en lo deportivo, sino más en la moda. Casi que se volvieron productos de diseño. Incuso trabajan con diseñadores de moda importantes. Se hace más énfasis en el mercado informal que en el deportivo.

-Esto me recuerda a la transformación de Puma.

-Claro. A mediados de los 90 Puma estaba muerta. Su situación financiera era malísima. Los bancos que se quedaron con la marca no sabía qué hacer. Y empieza a repuntar a mediados de los 90. Sin figuras deportivas pero con un espíritu cultural algo indie. Puma fue para ese lado. Aunque tarde, salió a buscar equipos de fútbol porque se dio cuenta de que descuidó ese costado. Empezó con el Arsenal inglés y recuperó protagonismo. Las marcas tienen sus altibajos, sus crisis internas.

-Otro caso emblemático es el de Asics.

-Es una marca japonesa con una cultura muy distinta. Es una marca que nunca tuvo ambición de ser la número uno, como quisieron Adidas o Nike. Asics más bien tuvo un estilo más enfocado en lo técnico. Incluso hoy, siendo sociedad anónima, se enfoca en productos que suelen apreciar los especialistas. Tiene, por ejemplo, una muy buena reputación en running. Progresó con menos altibajos, pero se limita en cuanto a que a veces le cuesta entrar en nuevos mercados. No pudo entrar en el fútbol, por ejemplo, pero sí en el rugby, donde auspicia a equipos importantes. Pero parecen iniciativas más aisladas que persistentes.

-¿El mercado argentino de qué lado está?

-Al menos en Argentina siempre me dio la impresión de que Adidas tenía una imagen muy buena. Sobre todo porque llegó al país pronto: la trajo Gatic en 1971 o 1972. O sea, hace mucho. Y Gatic fue la que revolucionó al mercado argentino de los deportes: Adidas estuvo en casi todas las disciplinas. Y prácticamente en todas las disciplinas olímpicas. Para mi generación Adidas era un producto de calidad superior. Tal vez lo mismo ocurrió con Le Coq, que en su momento trajo Gatic y que se relaciona con buenos recuerdos por la Selección del 86, que fue campeona mundial con Maradona. Después Nike genera una buena imagen a nivel social: la del renegado. Cada marca con su estilo atrae por igual. Se puede preferir a una u otra de acuerdo a las necesidades personales.

-También hay lados oscuros, como los vínculos de Adidas con la FIFA o el Comité Olímpico Internacional.

-Son cuestiones que van más con los negocios modernos. Esas historias ocultas no trascienden tanto. Pero existen.

-¿Cuál es tu marca deportiva preferida?

-No tengo una preferida. Uso de todo. Pero cuando se trata de usar algo busco lo mejor. Salgo a correr y juego al fútbol una vez por semana. En calzado, debido a la sensibilidad del pie, busco lo que me hace sentir cómodo. Hoy elijo New Balance. En cuanto al fútbol me gustan las camisetas más allá de las marcas: tengo una colección de ellas.

-¿Qué vuelve interesante este tipo de historias?

-En primer lugar, que sean historias de gente común, de familias con proyectos, conflictos, quilombos. Y que dejaron un legado. Además, son al mismo tiempo la historia del deporte: los Juegos Olímpicos del 36, el deporte moderno, con sus grandísimos eventos. Es al mismo tiempo la historia de productos que usamos todo el tiempo para practicar deportes o para vestirnos informalmente. Es la historia de las cosas que usamos y de las que no solemos tener bien en claro de dónde salen.

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

Por Alejandro Duchini. La final de nuestras vidas, de Andrés Burgo, es un libro escrito en caliente: semanas antes de la definición de la Copa Libertadores 2018 entre River y Boca, la editorial Planeta le propuso a dos periodistas-escritores contar el antes, el durante y el después de la final. Juan José Becerra por el lado de Boca, Andrés Burgo por el de River. Sólo después de la revancha se sabría cuál afrontaría los casi 200 mil caracteres de texto en tiempo urgente. Ganó River, le tocó escribir a Burgo.

“El que ganaba escribía el libro”, me dice Burgo a escasas horas de que La final de nuestras vidas esté disponible en papel y electrónico. El superclásico copero mantuvo en vilo al país por distintos motivos. Una lluvia postergó la primera final, en La Bombonera, por 24 horas (2 a 2 el resultado). Para la revancha, el ataque nunca aclarado al micro con los jugadores de Boca, a pocas cuadras del Monumental, llevó a la suspensión para el día siguiente, cuando se volvió a postergar ya con el público en la cancha. Días después se resolvió que el escenario sería el Santiago Bernabéu. Los presidentes de Boca, Daniel Angelici, y de River, Rodolfo D’Onofrio, se terminaron peleando. El presidente de la Nación, Mauricio Macri, intervino al afirmar que ambos encuentros se jugarían con hinchas visitantes para mostrar al mundo de lo que somos capaces los argentinos. “Vamos a hacer que esta final tenga todos los condimentos que tuvieron otras finales en otro momento de la Argentina”, anunció. Y agregó: “Esta oportunidad histórica la tenemos que inmortalizar con un espectáculo completo y completo es que haya hinchada visitante”.

Nada de eso fue posible. La final de nuestras vidas (o la de los hinchas de River y Boca) la disfrutaron en la cancha los españoles y la miramos por televisión los argentinos. Salvo, claro, aquellos que viajaron a Madrid. Entre ellos, Burgo. 

“Al principio dudé porque había que entregar el libro diez días después de la final. Me preguntaba qué podía contar. Era difícil. Pero después me dije que sí, que era la gran final de mi vida. Y eso que en un momento decía lo mismo que la mayoría: que no había que sumarse al circo de llevarla a otro país. Pero el miércoles previo al partido en el Bernabéu entendí que quería estar, que tal vez nunca iba a vivir algo así. El jueves decidí viajar a España, llegué el domingo a las 7 de la mañana a Barcelona, de ahí me fui a Madrid y llegué como a las 13.30. Conseguí una entrada y fui como hincha, no como periodista. En todo caso fui como posible autor de un libro, si ganaba River”, cuenta Burgo.

También define que “es una crónica visceral de 40 días que fueron un delirio. De hecho, en un capítulo cuento desde las intervenciones de Macri a las de la comunidad judía para que no se juegue. También apelo a la primera persona. Porque soy hincha y ser hincha de un equipo de fútbol es un poco reconocer los miedos: estábamos todos aterrados. Para los de River, perder ese partido era un jaque mate. Si nos daban la vuelta olímpica en nuestra cancha… de ésa no volvíamos. River no volvía de eso”.

En La final de nuestras vidas, Burgo cuenta además la historia de las primeras rivalidades entre los hinchas, cuando convivían en el barrio de La Boca. Hurga en recortes de archivo y llega a los últimos tiempos, cuando sucedió aquello del gas pimienta “que marcó un quiebre en la relación entre River y Boca y que recrudeció mucho con los quilombos de Avenida del Libertador y Quinteros”, opina. Pero sobre todo, el libro es una crónica de cuarenta días que mantuvieron en vilo no sólo al ambiente futbolero sino al país en general: “En un momento era tal el caos que creo que la Argentina entera cabía en el partido”, sonríe.

Si se le pregunta acerca de si recomienda la lectura a los de Boca responde: “Por decoro no se la recomendaría. Les va a doler. La herida está abierta. Porque en ningún momento traté de ser binario”. Y refiere a su libro anterior, Ser de River, en el que cuenta su dolor al acompañar al equipo de sus amores por su periplo en el descenso. “Entonces lo leyeron hinchas de otros clubes: daba igual que seas o no de River. Pero en este caso, no lo sé. Ser de River era un abrazo en medio del dolor. Este es una cerveza de verano. De momento, un hincha de Huracán me dijo que La final de nuestras vidas le gustó. Pero la verdad es que no sé si es sólo para los de River”.

Para Burgo, el hincha de River aún “está en el cielo” porque la Libertadores ante Boca “es más de lo imaginado. Así como nos cargan por el descenso, ganarle la Copa al clásico rival es la estratósfera de la felicidad. Sabíamos que River era nuestra felicidad diaria, pero no sabíamos que nos podía hacer tan felices. No sabía que el fútbol te podía hacer tan feliz”.

Su amor riverplatense le impidió a Burgo disfrutar de los últimos minutos de la final. Recuerda: “Al momento del tercer gol quedé medio en blanco. Por eso el libro empieza recordando los minutos que pasan entre el gol de Juan Fernando Quintero y el de Pity Martínez. En un momento dejé de ver el partido. Cuando terminó le pregunté a un amigo un par de cosas porque estaba perdido. Por ejemplo, la del palo no la ví. Me la contó un flaco. Yo me agachaba para no ver. En ese tiro en el palo tuvimos la suerte del campeón”.

El nervio acumulado lo llevó a la confirmación íntima de que, además de tener que volver a Buenos Aires a escribir con las urgencias del periodismo, ya tenía el título: “Cuando terminó el partido pensé que tenía que ser ése: La final de nuestras vidas. Porque sí, fue la final de mi vida”.

¿Cómo queda ahora la cosa con las cargadas de la B por parte de los hinchas de Boca?, le pregunta este diario a Burgo. Y contesta: “¿La cargada por la B? Esto es un retruco. Ellos dirán una; nosotros, otra. Ahora lo que queda es la eterna discusión de qué es peor. Evidentemente acá hay para responder: el partido que tenía que ganar, te lo gané”.

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

Por Alejandro Duchini.- El 5 de julio de 2009 se cumplieron diez años de un partido histórico: en la última fecha del Clausura 2009, el Huracán de Ángel Cappa visitaba al Vélez de Ricardo Gareca. Con un empate, era campeón. Pero los de Liniers, y más allá de las polémicas -que las hubo-, hicieron valer su poderío y regularidad, ganaron y se quedaron con el título. Los periodistas Pedro Fermanelli y Marcelo Benini recuerdan aquella tarde en La final bastarda, un libro que publicaron de manera autónoma y en el que cuentan con detalles lo que envolvió a esos 90 minutos. Como el hecho de que el árbitro Gabriel Brazenas no volvió a dirigir. Casi una década después lo encontraron. Hubo diálogo y también una invitación a pelear. “Ya saben dónde encontrarme”, les desafió el ex juez que convalidó el gol de Maxi Moralez a los 39 minutos del segundo tiempo. Un segundo antes, el ex Huracán Joaquín Larrivey había chocado con el arquero Gastón Monzón, quien se quedó protestando la jugada, y Moralez aprovechó para convertir. Así, Vélez sumó así 40 puntos contra los 38 de Huracán y de Lanús.

El mismo Monzón, que cayó en el ostracismo, habló con Fermanelli y Benini. Al arquero aún le dura el encono por ese partido que se jugó en un Amalfitani repleto. La mayoría de los espectadores asistieron con barbijos debido a la amenaza de una epidemia de gripe. Incluso, unos cuantos espectáculos públicos habían sido suspendidos. Con historias jugosas, los autores invitan a una lectura placentera y abundante en datos: entrevistaron en los últimos tres años a los protagonistas y personajes secundarios y en algunos casos influyentes (más de 120 notas), buscaron archivos y analizaron situaciones. La final bastarda fue gestionada por ellos mismos y para adquirirlo se puede contactar a los autores a través del mail lafinalbastarda@gmail.com. Una manera concreta de apoyar al buen periodismo independiente.

Fermanelli niega ante Libros y Pelotas que el libro sea una reivindicación del juego de aquel Huracán de Cappa: “En todo caso lo reivindica el hecho de que dos personas nos hayamos puesto a investigar los detalles de aquella historia, porque convengamos que Huracán no es una fuente habitual de libros periodísticos, sobre todo si hablamos de libros no partidarios. Dicho esto, es bueno aclarar que no es una oda al Huracán de Cappa. Damos una mirada de cómo se generó aquel fenómeno, cuál fue su recorrido y cómo terminó, pero no a modo de homenaje. Las idealizaciones suelen atrofiar los sentidos. Para mi gusto, mucho más valiosos que los adjetivos rimbombantes son las descripciones, las escenas, los datos narrados y la reproducción de diálogos reales. Además, por suerte existe YouTube, que preserva cierta memoria audiovisual de aquella campaña y permite a cualquiera, desde una pantalla, disfrutar de lo que hacía aquel equipo en la cancha. ¡Y eso es más divertido que leer sobre la triangulación de Bolatti, Defederico y Pastore!”. Y agrega Benini: “Claramente no es un libro reivindicatorio de Cappa, a tal punto que su figura apenas atraviesa el relato. Lógicamente recordamos el armado y la campaña de aquel equipo, porque sería forzado omitir su significado para el fútbol argentino, pero nuestro objetivo fue otro. Simplemente buscamos responder qué ocurrió el 5 de julio de 2009 y terminamos conociendo la lógica perversa de un sistema que no tenía como eje la justicia deportiva”.

De las charlas con entrevistados, Benini recuerda un momento álgido: “Durante algunos meses mantuve contacto con Brazenas, pero después de un entredicho me invitó a pelear. No volví a hablar con él. Es una persona áspera, impresión ratificada por la mayoría de los entrevistados”. Y continúa Fermanelli: “El denominador común en las entrevistas que hicimos con Brazenas por separado fue cierta arrogancia, sobre todo cuando habla de que los periodistas somos todos vagos y sólo googleamos. A ver: no es que nosotros vayamos a hacer una defensa corporativa del gremio, pero en definitiva la expresión, que no tengo dudas fue una provocación pensada con anterioridad y ejecutada en esos dos momentos, causa el mismo efecto que si yo le dijera ‘ustedes los árbitros son todos delincuentes’. Y lo que demostramos es que se puede hacer periodismo sin necesidad de googlear”.

“Lo que todo el mundo quiere saber es si en aquel Vélez-Huracán el árbitro estaba puesto, como se dice en la jerga futbolera. Yo creo que el libro va mucho más allá. Si el libro fuera solamente eso, lo podríamos resumir en un tuit: ‘tal persona recibió de parte de tal otra un dinero para que ocurriera tal cosa’. Y nos sobrarían caracteres. Esto no es una noticia, sino un libro donde hay una historia grande, coral, con sus respectivas texturas y matices. Creo que ninguno de esos dos equipos se merecía una final así, porque, con su estilo, los dos jugaban muy bien”, resume Fermanelli, quien agrega: “Quedó opacada la definición porque dos miembros de la terna arbitral desnaturalizaron el partido”. “Creo que es un título viciado, por el desarrollo irregular que tuvo la final. Brazenas no debió dirigir esa final. Estaba impedido por no rendir la prueba física y porque técnicamente era un árbitro deficiente, que había sido parado más de diez veces en una carrera de apenas siete años. En ese contexto, lo que ocurrió terminó siendo previsible”, completa Benini.

“Me costó volver a ver el partido y tuve que hacerlo casi diez años después, cuando escribimos este libro. Ahora que creo entender lo ocurrido, pude cerrar esa herida”, dice Benini desde su afecto por el Globo. Fermanelli, en cambio, aconseja: “Está bueno hacer el ejercicio de mirar ese partido de diferentes formas. Por ejemplo, sin volumen, para no contaminarse con la opinión de un tercero; con el audio de la transmisión oficial, con los comentarios de radios… Es increíble la cantidad de información nueva que surge cuando se hace ese ejercicio con semejante nivel de obsesión”.

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

A 25 años del atentado, no hubo desde el ámbito deportivo sólidos reclamos de justicia. Al menos hay hechos y voces que nos dejan un legado.

Por Alejandro Duchini.

En 1994 hubo tres equipos que quedaron en la historia: el River campeón con Passarella y Gallego; el Independiente de Brindisi que se quedó con el otro torneo del año y el Vélez de Bianchi que conquistó la Libertadores y, después, la Intercontinental ante el Milan. Ese mismo año, la Selección quedó afuera del Mundial. “Me cortaron las piernas”, dijo Maradona tras el doping positivo en Estados Unidos. En los partidos de fútbol de primera división se inauguraba el uso de mangas inflables para la salida de los equipos. Era la forma de evitar los piedrazos de algunos hinchas hacia los jugadores. Se afianzaba la televisión por sistema codificado. En febrero San Lorenzo volvía a tener estadio: en su primer partido le ganó 1 a 0 a Belgrano de Córdoba en el Bajo Flores. Eran los años de Hernán Crespo como goleador, la aparición de Ariel Ortega, Sebastián Rambert y Gustavo López.

En medio de aquello sucedió uno de los hechos más trágicos de la historia argentina. El 18 de julio se produjo el atentado a la AMIA, en el barrio de Once. 86 muertos (entre ellos el autor del hecho) y 300 heridos. Desde el deporte no hubo hasta hoy grandes reclamos. Hagan la prueba. Busquen en los archivos de los diarios: casi no hay noticias desde ese ámbito. Quizás el detalle sería que los dirigentes de nuestro país no suelen permitir reclamos. Sucedió con los docentes. Más acá en el tiempo, con la desaparición de Santiago Maldonado. Ni hablar de los pedidos de justicia de los familiares de víctimas de la violencia en las canchas.

Entre los sobrevivientes hay un deportista. Alejandro Mirochnik era triatleta. Trabajaba en la sección de prensa de la AMIA. Al momento de la explosión iba en el ascensor del edificio de Pasteur 633 hacia el quinto piso. El ascensor cayó y quedó entre los escombros durante nueve horas. Lo rescató un perro. Una de sus piernas quedó destrozada. “En ese atentado murió el triatleta campeón argentino. Pero nació otro luchador, un guerrero, que no será campeón argentino pero será un guerrero de superación. Ese guerrero ya corrió 13 ironman”, se define a sí mismo en una entrevista a Misiones On Line Tv.

Después del atentado tuvo un hijo, empezó a estudiar psicología social, se recuperó físicamente y abrió una escuela de guardavidas en La Matanza. Quiere irse a vivir a Córdoba. Y no olvida: “Aquel no fue un ataque a la comunidad judía sino a la sociedad argentina en general”, dice. “Fijate que muy pocos hablan de judíos”.

Al cumplirse diez años, los periodistas argentinos que cubrían los entrenamientos del seleccionado dirigido por Marcelo Bielsa en la Copa América, en la localidad peruana de Chiclayo, hicieron un minuto de silencio. Se les sumaron los jugadores. Me lo recuerda una de las mejores personas que conocí, un colega que prefiere el anonimato y que esa mañana fue uno de los impulsores de la idea en Perú. 

El periodista deportivo Ezequiel Scher habla con orgullo de su abuela paterna, Tamara, sobreviviente del ataque. En 2014 le hizo una entrevista para hablar del tema. Escribió luego que “A Tamara siempre hay un momento en que le cuesta: solloza, respira y necesita un vaso de agua. No es la primera vez que le pasa y no va a ser la última. El mismo relato se lo contó a dos presidentes argentinos, a jueces de todo el mundo, a Baltasar Garzón, a sobrevivientes de atentados en todos los continentes, a conductoras de televisión prime-time, a miles de periodistas, a embajadores, a cuánto estudiante se le acercó y al verdulero de su barrio. Pero, cuando habla de lo que vio en el momento en que bajó el turbio humo que desprendió la bomba que atacó la AMIA en 1994, la voz se le quiebra y, por unos segundos, no puede hablar”. Tamara trabajaba en la AMIA como secretaria de la presidencia. Cuando estaba por tomarse un café todo voló por los aires.

Entre otras cosas le dice a Scher:

“Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones”.

“(…) son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h”.

“Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba ‘es una bomba, es una bomba’. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. ‘Dónde está este’ y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor”.

“Tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre”.

“No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente”.

“La vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir”.

“Se puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles”.

Ahora, a 25 años del atentado, Ezequiel Scher comenta que “el periodismo deportivo le falta el respeto al atentado cada vez que define a una noticia como ‘bomba’. Al menos en mi experiencia personal, sé que la palabra bomba a mi abuela le sigue haciendo mucho daño emocional. Creo que Tamara nunca salió de ahí adentro, pero es muy inteligente como para haber creado otros mundos donde vivir. Pero sigue ahí. Se dice ‘tengo una noticia bomba’ cuando se piensa en cuánto va a repercutir. Y su significado es parecido al real porque una bomba es un elemento que se acciona y el después puede durar 100 años. Creo que banalizar el dolor de otros es faltar el respeto. No creo que haya intención, creo que no hay conciencia. Las palabras duelen, alteran. Y educan. Mi abuela habla de ‘la bomba’. Y sé que cierra los ojos cuando dice la palabra, así esté tratando de explicármelo cuando yo tenía 10 años”.

La entrevista a su abuela mientras cubría el Mundial de Brasil, una fecha particular para Scher: “Cuando la hicimos había muerto mi amigo el Topo López. Yo cené con él y lo acompañé al taxi donde murió (en un hecho policial). Y me caminaba la cabeza qué podría haber hecho yo para cambiarlo. No me lo explicaba. No me lo explico. Y en parte tuvimos esa charla que se volvió entrevista porque yo necesitaba explicarme unas cuantas cosas sobre la muerte repentina”.

“Tamara para mí es como la cancha de Racing. Es como un lugar donde estás y te sentís seguro de vos mismo porque hay algo de amor que parece incondicional. No sé por qué me dejaría de querer mi abuela. Tamara tuvo dos cáncer y sobrevivió a un atentado y a la vez es mi abuela y a la vez es infinitamente inteligente. Va más rápido que todos los demás. Y sabe decir las cosas”, agrega.

A veinticinco años del atentado a la AMIA, las palabras de Tamara siguen vigentes. Y posiblemente hasta con más fuerza.