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TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

TATA BROWN, EL HÉROE QUE SE FUE EN SILENCIO

Por Alejandro Duchini.

“Muchacha, ojos de papel, ¿a dónde vas? / quédate hasta el día”. Florencia Brown entonaba la canción del Flaco Spinetta al oído de su padre, internado en una clínica de La Plata. Ella tiene una voz hermosa. Es cantante y profesora de canto. “Sé que me escuchó. Nos conectamos con ésa y con otras muchas canciones”, me dice Florencia la mañana después del primer recital que dio tras la muerte del Tata Brown, emblemático jugador del fútbol argentino. A los 62 años murió el lunes pasado. Tuvo Alzheimer, una enfermedad que desgastó no sólo a él sino a sus íntimos. Con música, Florencia encontró una conexión. Me cuenta también de otras canciones y en especial de un cántico que le hizo al día siguiente de su muerte. Lo tituló Plegaria para papá. “‘Vuela vuela muy alto, papá te amo, papá por eso vuela’. Es como el permiso, la entrega de aceptar que era el momento para él de descansar en paz. Porque estoy segurísima de que es así”. Me lo hace escuchar y es imposible no emocionarse. Se sentó al piano y dejó ante el teclado todo el sentimiento que tenía.

Tal vez el mismo sentimiento heredado de su padre, quien se lastimó el hombro derecho en la final contra Alemania del Mundial de México 86 y, para no dejar la cancha, se hizo un agujero en la camiseta, metió el dedo y jugó como si lo tuviese enyesado. Un rato antes había puesto de cabeza el 1 a 0. Burruchaga haría el gol definitorio pero nadie, ni Maradona, había hecho algo tan heroico como lo del Tata. “Ni loco me sacaban”, diría después el Tata al recordar aquella final que le dio a la Argentina su segundo título del mundo.

José Luis Brown está en el corazón de todo hincha de Estudiantes. Fue uno de los símbolos de aquel equipo dirigido por Bilardo primero y Manera después que salió bicampeón en el 82-83. Siempre ante un Independiente emblemático con Bochini, Marangoni y Trossero. Pero aquel Estudiantes, minimizado por ser de Bilardo, jugaba increíble. Me lo reafirma Osvaldo Príncipi, maestro en el periodismo de boxeo y fanático Pincha. “Dista y es ajeno al Brown de la Selección nacional, que festejamos, pero ese era un producto integral y masivo. El nuestro era el zaguero de Estudiantes. Con Gette, con el Negro Agüero, con Landucci, con quien fuese. Aquel que daba precisamente sentido de huracán al Estudiantes de 57 y 1 de tablones, que nunca será olvidado jamás, porque aquel Estudiantes con Sabella de 10, paradójicamente, trazaría también una línea de tiempo para el Estudiantes campeón de América con Sabella en el banco”.

Horas después de su muerte, el periodista Ezequiel Fernández Moores escribió en su habitual columna de La Nación una nota genial en la que recordaba su relación con el Tata. Eligió para recordarlo una anécdota que compartieron gracias a unas charlas que dieron por Chile. Dice que en Temuco, mientras en la pantalla gigante y ante 200 personas pasaban el video con su gol en la final ante Alemania y la imagen de la lesión, él lo miró: “Me impresionó que tenía los ojos vidriosos. ‘Tata, estás llorando’, le dije. ‘La puta madre, esto siempre me pone así’, me contestó en voz bajita. Me conmovió ver esa cosa de lágrima silenciosa de él por lo bajo. Que se emocionaba así. Realmente me conmovió. Lo quise mucho”.

Otros periodistas tampoco escatiman elogios. Osvaldo Fanjul, de La Plata, lo recuerda con alegría. Se lo cruzó muchas veces. Hasta compartieron un partido de fútbol en el que el Tata era árbitro. “Una vez vino a jugar Maradona y el Tata cobraba todo para él”, se ríe. Luis Genín, de Diario Popular, fue compañero en la Liga de Villa General Belgrano, cercana a Ranchos, donde nació el Tata. Después uno siguió su carrera de jugador en Estudiantes y otro en Gimnasia y Esgrima La Plata. “Pero siempre que nos cruzábamos nos dábamos un abrazo”. Para Genín el fútbol se terminó antes de tiempo y se dedicó al periodismo, profesión que le permitió mantener el contacto con su amigo. La última vez que se vieron, me dice, fue en un recital de pueblo en el que se presentaba Facundo Saravia. “Como eran muy amigos, me pidió que me siente con ellos”.

Su hijo mayor, Juan Ignacio, empezó a despedirlo antes, cuando sabía que el final se avecinaba. El Día del Padre le dedicó una despedida anticipada. “Fue una manera de expresar que yo sentía que hacía un tiempo a esta parte que él que estaba ahí en la clínica y al que íbamos a ver no era papá, porque producto de su enfermedad el deterioro avanzaba cada vez más. Si bien uno lo iba a ver y compartía momentos con él, no había un ida y vuelta, no había el poder compartir algo, una charla, nada”.

“Pero lo disfruté muchísimo. Más que mi papá fue un amigo. El fútbol nos unió muchísimo. Tuve la suerte de compartir vacaciones con él en familia. Tuve la suerte de compartir un Mundial como el de Alemania 2006, que la pasamos muy lindo los dos. Fue algo que disfrutamos muchísimo. Tuve la suerte de tenerlo como técnico y que nos haya ido muy bien. Porque peleamos un campeonato con Almagro que terminó ganando Godoy Cruz, que fue el año que ascendió Godoy Cruz”, dice el ex futbolista y director técnico.

Miguel Ángel, su hermano mellizo y compinche desde siempre, me dice que se llamaban Miguelito y Tatita desde siempre. Tal el cariño que se tenían. Miguel Ángel sufrió en marzo de este año la muerte de un hijo. Ahora que se suma la de su hermano me dice: “La sigo peleando por mis otros hijos y nietos y porque amo la vida”. Y ensaya una sonrisa para sintetizar lo que era el Tata como persona: “Cuando fui el velatorio, a la sede del club, sabía que me iba a encontrar con mucha cantidad de gente, pero me quedé corto. Cuando ví la cantidad de medios de prensa y la gente que estaba en la sede me asombró, para bien, por supuesto. Y las demostraciones de afecto, de cariño, que le dieron todos. Estudiantes de La Plata como institución, los dirigentes, compañeros, ex jugadores, incluso, me enteré después, gente de Gimnasia y Esgrima La Plata, lo cual habla del tipo de persona que fue”.

Su primera esposa, Silvia Curi, madre de Juan Ignacio y de Florencia, también lo recuerda de la mejor manera. “El legado que nos deja es el de una persona humilde, trabajadora y muy muy buena gente, ante todo”. En la misma línea va Viviana Cavaliero, su actual pareja y madre de Diego, de 13 años, el tercer hijo del Tata. “Todo este afecto que le da la gente hoy es lo que su papá era, no futbolísticamente, sino humanamente. Era un gran tipo. Fue un excelente profesional que dejó la vida en cada partido. Se esforzó para llegar a donde llegó y la vida lo premió con ese gol en la final del Mundo y con haber sido campeón con Argentina. Pero él era mucho más campeón como persona que como futbolista”. No lo puede resumir mejor.

UNA FORMA DE HACER JUSTICIA CON JUAN GÁLVEZ

UNA FORMA DE HACER JUSTICIA CON JUAN GÁLVEZ

Por Alejandro Duchini. Ricardo Gálvez es tan fanático de su padre que lo llama, simplemente, Juan. A sus 62 años se dio el gusto de escribir y publicar la biografía de Juan Gálvez, el piloto más ganador en la historia del TC. “Ahora estoy tranquilo porque Juan tiene su propio libro”, dice respecto de “Juan Gálvez – El campeón eterno” (Galerna). En más de 500 páginas recorre la historia de aquel hombre que competía en tiempos en que las rutas eran caminos peligrosos. El asfalto se transformaba a poco de la largada en tierra o barro. Los pilotos y sus copilotos debían reparar ellos mismos sus autos en medio de la carrera. Los accidentes fatales eran habituales. De hecho, el 3 de marzo de 2018 Juan murió tras ser despedido de su auto en una competencia en Olavarría. De eso, y de cuestiones del destino que se descubren cuando los hechos están consumados, hablará su hijo en esta nota. Pero además recordará la competencia entre Juan y su hermano, Oscar. Ambos fueron un símbolo de la categoría que dominaron durante quince años. “Los demás pilotos competían para ganarles a los Gálvez, que del 47 al 61 perdieron un solo campeonato, el del 59. Ganaron 100 carreras. Algo que no sucedió y que no volverá a suceder con dos hermanos que se llevaban todo. Cuando dejaron de estar los Gálvez, el automovilismo de Argentina se tuvo que rehacer”, aclara Ricardo, quien intentó ser corredor de autos y hoy se dedica a reparar y fabricar embarcaciones navales deportivas en la zona de San Fernando.

Sin embargo, la relación entre los hermanos fue tensa. “Nunca le encontraron la vuelta. El contrincante para Juan era Oscar y para Oscar, Juan. No podían tener una relación normal de hermanos. ¿Cómo lo solucionaron? No lo solucionaron. Lo que hicieron fue tener una buena relación, pero sin continuidad. No había forma de algo mejor, no se podía”, cuenta.

Juan armó la historia de su padre con recuerdos personales, de familiares y de amigos. Pero también leyó recortes periodísticos que le permitieron detallar las 145 carreras oficiales, de las cuales ganó 56. Fue 9 veces campeón de Turismo Carretera. Oscar, fallecido el 16 de diciembre del 89, obtuvo cinco títulos de la categoría. Hoy, el autódromo de la Ciudad de Buenos Aires, inaugurado por el gobierno de Juan Domingo Perón en 1952, se llama “Oscar y Juan Gálvez”.

Juan Gálvez incursionó en otros terrenos que le habilitaron la popularidad. Apareció en películas como “Bólidos de acero” y “Pie de plomo”. Y también en la política. Compitió por el interior juntando firmas en favor de la reelección de Perón. Pero después de la Revolución Libertadora “tuvo una interdicción de sus bienes, que lo obligó a demostrar que hasta el último centavo del que disponía lo había ganado corriendo. Aún su auto particular fue secuestrado y su casa, allanada”. También le inmovilizaron las cuentas bancarias. “Extremadamente prolijo y ordenado, demostró que hasta el último centavo provenía de orígenes lícitos y fue finalmente sobreseído de las acusaciones”.

Pero lo más sorprende, dice Ricardo Gálvez, fue una suma de hechos que vistos a la distancia hacen pensar en si no estaría escrito el destino de su padre. Se refiere a horas previas al accidente fatal. “Recuerdo ese fin de semana. Papá iba a llevar a mi hermano Juan a la carrera de Olavarría pero no lo llevó porque estaba dormido. Mi hermano lloró cuando se despertó. Nos fuimos a pasar el fin de semana a casa de mis primas. Recuerdo lo que sucedió cuando mi mamá se enteró, cómo nos comunicó los detalles. Yo estaba por cumplir 8 años. No volvimos más a mi casa de la calle Avellaneda, en Flores. Nos mudamos, la vendimos y no volvimos. Pero Juan algo intuyó para no querer llevar a mi hermano a esa carrera”.

En ese mismo sentido hubo otro hecho llamativo. Tiene que ver con una medalla que su madre, María Elina Olaechea, le regaló cuando era joven. Estaba fechada en el 2 de marzo de 1916. Juan Gálvez murió un 3 de marzo, aunque del 63. “Pensé que esa medalla que no se sacaba nunca no había vuelto de Olavarría. Pero hace poco mi madre me dijo que la tenía. Me la mostró y me impresionó que la fecha grabada por mi abuela es 2/3/16. Fue la única vez que Juan se la sacó y no la usó. Se la olvidó en casa”.

Y hay otros dos hechos no menores. Uno tiene que ver con la devolución, décadas después del accidente, de uno de los zapatos que usaba Gálvez cuando ocurrió el accidente; el otro lo protagoniza la mujer que lo socorrió al momento de su muerte.

“Un vecino de Olavarría, José Freiberger, me contactó para entregarme el zapato de mi papá. Estaba cerca de donde se produjo el accidente. Cuando se acercó encontró un zapato y se lo quedó. Así que lo guardó como un trofeo. Un día me llamó y me dijo que me daba el zapato, que quería que lo tuviese yo. Así que fuimos con mi hijo mayor. Fue un fin de semana como muchos de los especiales que viví en relación a mi padre. Este hombre estaba muy emocionado. Es el zapato de Juan porque tiene la dirección del negocio de Flores donde los compraba. Impresiona vivir algo así. Aquel fin de semana ese hombre me dijo ‘Ricardo, ahora me puedo morir tranquilo, porque este era un tema pendiente para mí: siempre dudé si estuve bien o mal en traerme el zapato’. Así, cerró la historia”. 

También aparece Marta Morales, la hija de un puestero ubicado a metros de la pista. Tenía 15 años cuando sucedió el accidente fatal. Fue la primera en llegar. Se contactó con Ricardo para contarle detalles de aquellos minutos. “Me contó todo. Vino con la idea de cerrar un círculo. Papá falleció en los brazos de esa mujer. Compartir una mañana con ella fue impresionante”.

Y hay otra historia por demás triste: tres meses después del accidente la madre de Juan Gálvez falleció a causa de una depresión originada por la muerte de su hijo. “Era muy pegada a mi papá”, dice Ricardo. 

“En líneas generales no me enseñó el libro quién era mi padre sino la gente, que me decía que no podía ser que no existiera nada sobre él. Lo que me permitió indagar su historia fue cerrar un capítulo”, finaliza Ricardo Gálvez.

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

Por Alejandro Duchini. Apenas el fútbol y muy pocos otros deportes contaban, a fines del siglo XIX, con calzado deportivo propio. Las botas de fútbol que se fabricaron en Inglaterra hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial eran de cuero rígido y pesado. Cada una pesaba medio kilo. Eran incómodas y de caña alta para proteger los tobillos. Estaban reforzadas con acero en la punta. Pesadisimas, si llovía era insoportable moverse con ellas. Después les agregaron tapones de metal. Recién a comienzos del siglo XX, cuando el fútbol ya era más popular, irrumpieron nuevas marcas, más competencias y mejores modelos. La anécdota la cuenta detalladamente el periodista e investigador en marcas deportivas Eugenio Palópoli en su libro “Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas” (editorial Blatt & Ríos). Un libro que sirve para conocer cómo se crearon Adidas y Nike, cómo hizo Puma para salir de la bancarrota y colocarse en la actualidad en la tercera marca deportiva mayormente elegida y de qué manera otras empresas cuidan con recelo (y buenos modelos) su lugar en el mercado mundial.

Pero no es sólo eso. Palópoli detalla qué hubo detrás de éstas marcas: el odio entre los hermanos alemanes Adolf y Rudolf Dassler los llevó a crear Adidas y Puma. Nike era apenas una distribuidora de un calzado japonés antes de convertirse en la multinacional que conocemos: sus directivos tomaban cada decisión en medio de fiestas con borracheras que asemejaban más la adolescencia que la adultez. A Le Coq Sportif la crearon para engañar a familiares. La FIFA fue fundamental para el crecimiento de Adidas y los deportistas de la NBA con mayor proyección fueron la gran y millonaria apuesta de Nike para ganarse el máximo lugar en el mercado.

-Empecé con un blog que se llama arteysport.com hace como diez años, como hobbie. Junté información sobre cosas que me llamaban la atención desde chico y cuando me quise dar cuenta tenía un montón de historias.

Así cuenta Palópoli el surgimiento de lo que sería el libro de 400 páginas que se lee como una novela.

-¿Qué te llevó a investigar y escribir sobre las marcas deportivas?

-Me gustaba el fútbol. Me llamaban la atención la indumentaria, los jugadores. Encontré información e historias sueltas que publicaba sin mayor repercusión. Hasta que descubrí que se publicaban libros en otros países sobre estos temas. Me di cuenta de que tenía cada vez más información que no había en castellano. Cuando junté todo el material empecé a escribir el libro.

-¿Cuál fue la historia, detrás de las marcas deportivas, que más te llamó la atención?

-La de los hermanos Dassler. Había alrededor de ellos información desconocida. Empezaron juntos, se pelearon, crearon Adidas y Puma. Se la pasaron compitiendo. Creo que es una historia muy interesante que sintetiza todo.

-Alrededor de cada marca deportiva hay una historia. ¿Sentís que tenés una potencial novela, además de un libro de información?

-La de los hermanos Dassler sistematiza las leyendas urbanas sobre las dos marcas. En ese caso puntual, quise saber qué de todo lo que se decía y dice de ellos era cierto y qué es fantasía. Su historia es apasionante porque además había un contexto histórico. Esa historia se hizo luego más conocida. Incluso hay una serie en Alemania sobre la familia. Y creo que otra en Estados Unidos. En ese punto coincido en tu pregunta.

-¿En dónde encontraste un punto máximo de asombro?

-En la historia de los fundadores de Nike. Me sorprendió que su origen haya sido muy humilde. Hoy Oregón es una zona más en boga, más a la altura de las ciudades avanzadas. Pero en esos 60 o 70 era un lugar curioso, sin relevancia económica ni cultural. La empresa empieza como importadora y después como marca propia. Y Phil Knight lideró a un grupo de personas muy particular. Casi todos de la Universidad de Oregón. Hoy Nike es muy poderosa, pero debieron atravesar mucho para ser lo que son. Era una empresa que siempre estuvo al borde del precipicio. Recién en los 80 se transforma, cotiza en bolsa. Surgió como un proyecto de loquitos universitarios, excéntricos, que tienen sus crisis, sus problemas. Pero una vez que se instala, Nike no suelta más el número uno.

-Otro caso llamativo.

-Que hoy se llama cultura corporativa, donde hay excentricidades, gente muy rústica, si se quiere. En su mayoría abogados y contadores, pero de lugares marginales, como Portland, en Oregón. Un costado tal vez salvaje, con gente dispuesta a sacrificar todo por su sueño. Alguno hasta murió de un ataque al corazón de cómo vivía. Se laburaban todo. Eran como una especie de cruzados, una especie de secta. Todo por alcanzar a Adidas.

-Y lo que era una marca deportiva se transformó en símbolo cultural.

-Más hacia la actualidad puede ser que ese espíritu de Nike sea como una fuerza contracultural, de rebeldía. Eso viene del fondo de esa historia. Nike propone contratos muy caros a deportistas, algo que no se hacía. Casi que pone la marca al servicio del deportista. Un caso es el de Michael Jordan. Eran contratos polémicos. Pero a la larga fueron un salvavidas.

-¿Qué fue más importante en el crecimiento de la industria del deporte? ¿Las marcas o la actividad en sí?

-Es difícil determinar eso. Hay como una interacción. Hoy se vuelve a discutir el rol de la marca. El caso de Colin Kaepernick es un ejemplo. Nike lo tomó como emblema. Son combos sociales y culturales que hay en Estados Unidos. El empoderamiento femenino es un ejemplo: en los 90 Nike tuvo que pensar en productos para mujeres. Esto que hay ahora demuestra que siempre se produce un ida y vuelta. Creo que las empresas tuvieron más peso para imponer sus necesidades en el mercado. También lo hizo Adidas. Cuando Dassler se relaciona con la FIFA, Adidas demuestra que tiene influencia en el mundo del deporte y, sobre todo, en el del fútbol. Las marcas parecían tener mayor peso para imponerse. Hoy me da la impresión de que con la pérdida de influencia por parte de los grandes medios y la aparición de las redes sociales debieron aprender a dialogar con la sociedad y manejarse de otra manera: no imponer tanto sino responder a las necesidades de la gente.

-¿Innovar constantemente?

-Hoy la innovación de las marcas no tiene sólo auge en lo deportivo, sino más en la moda. Casi que se volvieron productos de diseño. Incuso trabajan con diseñadores de moda importantes. Se hace más énfasis en el mercado informal que en el deportivo.

-Esto me recuerda a la transformación de Puma.

-Claro. A mediados de los 90 Puma estaba muerta. Su situación financiera era malísima. Los bancos que se quedaron con la marca no sabía qué hacer. Y empieza a repuntar a mediados de los 90. Sin figuras deportivas pero con un espíritu cultural algo indie. Puma fue para ese lado. Aunque tarde, salió a buscar equipos de fútbol porque se dio cuenta de que descuidó ese costado. Empezó con el Arsenal inglés y recuperó protagonismo. Las marcas tienen sus altibajos, sus crisis internas.

-Otro caso emblemático es el de Asics.

-Es una marca japonesa con una cultura muy distinta. Es una marca que nunca tuvo ambición de ser la número uno, como quisieron Adidas o Nike. Asics más bien tuvo un estilo más enfocado en lo técnico. Incluso hoy, siendo sociedad anónima, se enfoca en productos que suelen apreciar los especialistas. Tiene, por ejemplo, una muy buena reputación en running. Progresó con menos altibajos, pero se limita en cuanto a que a veces le cuesta entrar en nuevos mercados. No pudo entrar en el fútbol, por ejemplo, pero sí en el rugby, donde auspicia a equipos importantes. Pero parecen iniciativas más aisladas que persistentes.

-¿El mercado argentino de qué lado está?

-Al menos en Argentina siempre me dio la impresión de que Adidas tenía una imagen muy buena. Sobre todo porque llegó al país pronto: la trajo Gatic en 1971 o 1972. O sea, hace mucho. Y Gatic fue la que revolucionó al mercado argentino de los deportes: Adidas estuvo en casi todas las disciplinas. Y prácticamente en todas las disciplinas olímpicas. Para mi generación Adidas era un producto de calidad superior. Tal vez lo mismo ocurrió con Le Coq, que en su momento trajo Gatic y que se relaciona con buenos recuerdos por la Selección del 86, que fue campeona mundial con Maradona. Después Nike genera una buena imagen a nivel social: la del renegado. Cada marca con su estilo atrae por igual. Se puede preferir a una u otra de acuerdo a las necesidades personales.

-También hay lados oscuros, como los vínculos de Adidas con la FIFA o el Comité Olímpico Internacional.

-Son cuestiones que van más con los negocios modernos. Esas historias ocultas no trascienden tanto. Pero existen.

-¿Cuál es tu marca deportiva preferida?

-No tengo una preferida. Uso de todo. Pero cuando se trata de usar algo busco lo mejor. Salgo a correr y juego al fútbol una vez por semana. En calzado, debido a la sensibilidad del pie, busco lo que me hace sentir cómodo. Hoy elijo New Balance. En cuanto al fútbol me gustan las camisetas más allá de las marcas: tengo una colección de ellas.

-¿Qué vuelve interesante este tipo de historias?

-En primer lugar, que sean historias de gente común, de familias con proyectos, conflictos, quilombos. Y que dejaron un legado. Además, son al mismo tiempo la historia del deporte: los Juegos Olímpicos del 36, el deporte moderno, con sus grandísimos eventos. Es al mismo tiempo la historia de productos que usamos todo el tiempo para practicar deportes o para vestirnos informalmente. Es la historia de las cosas que usamos y de las que no solemos tener bien en claro de dónde salen.

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

Por Alejandro Duchini.- El 5 de julio de 2009 se cumplieron diez años de un partido histórico: en la última fecha del Clausura 2009, el Huracán de Ángel Cappa visitaba al Vélez de Ricardo Gareca. Con un empate, era campeón. Pero los de Liniers, y más allá de las polémicas -que las hubo-, hicieron valer su poderío y regularidad, ganaron y se quedaron con el título. Los periodistas Pedro Fermanelli y Marcelo Benini recuerdan aquella tarde en La final bastarda, un libro que publicaron de manera autónoma y en el que cuentan con detalles lo que envolvió a esos 90 minutos. Como el hecho de que el árbitro Gabriel Brazenas no volvió a dirigir. Casi una década después lo encontraron. Hubo diálogo y también una invitación a pelear. “Ya saben dónde encontrarme”, les desafió el ex juez que convalidó el gol de Maxi Moralez a los 39 minutos del segundo tiempo. Un segundo antes, el ex Huracán Joaquín Larrivey había chocado con el arquero Gastón Monzón, quien se quedó protestando la jugada, y Moralez aprovechó para convertir. Así, Vélez sumó así 40 puntos contra los 38 de Huracán y de Lanús.

El mismo Monzón, que cayó en el ostracismo, habló con Fermanelli y Benini. Al arquero aún le dura el encono por ese partido que se jugó en un Amalfitani repleto. La mayoría de los espectadores asistieron con barbijos debido a la amenaza de una epidemia de gripe. Incluso, unos cuantos espectáculos públicos habían sido suspendidos. Con historias jugosas, los autores invitan a una lectura placentera y abundante en datos: entrevistaron en los últimos tres años a los protagonistas y personajes secundarios y en algunos casos influyentes (más de 120 notas), buscaron archivos y analizaron situaciones. La final bastarda fue gestionada por ellos mismos y para adquirirlo se puede contactar a los autores a través del mail lafinalbastarda@gmail.com. Una manera concreta de apoyar al buen periodismo independiente.

Fermanelli niega ante Libros y Pelotas que el libro sea una reivindicación del juego de aquel Huracán de Cappa: “En todo caso lo reivindica el hecho de que dos personas nos hayamos puesto a investigar los detalles de aquella historia, porque convengamos que Huracán no es una fuente habitual de libros periodísticos, sobre todo si hablamos de libros no partidarios. Dicho esto, es bueno aclarar que no es una oda al Huracán de Cappa. Damos una mirada de cómo se generó aquel fenómeno, cuál fue su recorrido y cómo terminó, pero no a modo de homenaje. Las idealizaciones suelen atrofiar los sentidos. Para mi gusto, mucho más valiosos que los adjetivos rimbombantes son las descripciones, las escenas, los datos narrados y la reproducción de diálogos reales. Además, por suerte existe YouTube, que preserva cierta memoria audiovisual de aquella campaña y permite a cualquiera, desde una pantalla, disfrutar de lo que hacía aquel equipo en la cancha. ¡Y eso es más divertido que leer sobre la triangulación de Bolatti, Defederico y Pastore!”. Y agrega Benini: “Claramente no es un libro reivindicatorio de Cappa, a tal punto que su figura apenas atraviesa el relato. Lógicamente recordamos el armado y la campaña de aquel equipo, porque sería forzado omitir su significado para el fútbol argentino, pero nuestro objetivo fue otro. Simplemente buscamos responder qué ocurrió el 5 de julio de 2009 y terminamos conociendo la lógica perversa de un sistema que no tenía como eje la justicia deportiva”.

De las charlas con entrevistados, Benini recuerda un momento álgido: “Durante algunos meses mantuve contacto con Brazenas, pero después de un entredicho me invitó a pelear. No volví a hablar con él. Es una persona áspera, impresión ratificada por la mayoría de los entrevistados”. Y continúa Fermanelli: “El denominador común en las entrevistas que hicimos con Brazenas por separado fue cierta arrogancia, sobre todo cuando habla de que los periodistas somos todos vagos y sólo googleamos. A ver: no es que nosotros vayamos a hacer una defensa corporativa del gremio, pero en definitiva la expresión, que no tengo dudas fue una provocación pensada con anterioridad y ejecutada en esos dos momentos, causa el mismo efecto que si yo le dijera ‘ustedes los árbitros son todos delincuentes’. Y lo que demostramos es que se puede hacer periodismo sin necesidad de googlear”.

“Lo que todo el mundo quiere saber es si en aquel Vélez-Huracán el árbitro estaba puesto, como se dice en la jerga futbolera. Yo creo que el libro va mucho más allá. Si el libro fuera solamente eso, lo podríamos resumir en un tuit: ‘tal persona recibió de parte de tal otra un dinero para que ocurriera tal cosa’. Y nos sobrarían caracteres. Esto no es una noticia, sino un libro donde hay una historia grande, coral, con sus respectivas texturas y matices. Creo que ninguno de esos dos equipos se merecía una final así, porque, con su estilo, los dos jugaban muy bien”, resume Fermanelli, quien agrega: “Quedó opacada la definición porque dos miembros de la terna arbitral desnaturalizaron el partido”. “Creo que es un título viciado, por el desarrollo irregular que tuvo la final. Brazenas no debió dirigir esa final. Estaba impedido por no rendir la prueba física y porque técnicamente era un árbitro deficiente, que había sido parado más de diez veces en una carrera de apenas siete años. En ese contexto, lo que ocurrió terminó siendo previsible”, completa Benini.

“Me costó volver a ver el partido y tuve que hacerlo casi diez años después, cuando escribimos este libro. Ahora que creo entender lo ocurrido, pude cerrar esa herida”, dice Benini desde su afecto por el Globo. Fermanelli, en cambio, aconseja: “Está bueno hacer el ejercicio de mirar ese partido de diferentes formas. Por ejemplo, sin volumen, para no contaminarse con la opinión de un tercero; con el audio de la transmisión oficial, con los comentarios de radios… Es increíble la cantidad de información nueva que surge cuando se hace ese ejercicio con semejante nivel de obsesión”.

OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

OTRO ENCUENTRO ENTRE EL BOXEO Y LA VILLA

El 4 de enero, el día de su cumpleaños, el ex boxeador Jesús Romero, vecino de la Villa 1.11.14 del Bajo Flores, fue entrevistado por pibas y pibes que viven en la parroquia Santa María Madre del Pueblo. La charla -en el marco del Ciclo de Entrevistas de la radio El Encuentro- fue en el Centro de Día “La Otra Base de Encuentro”, donde se trabaja con chicos en situaciones de consumo problemático de diferentes sustancias.

Si quieren escuchar la entrevista completa, pueden hacer click acáQuienes quieran conocer más de Romero, y por ende de qué hablamos cuando hablamos de cosas que pasan en el Bajo Flores, pueden leer la siguiente crónica, publicada en agosto de 2017 en la revista El Gráfico.

UN VERDADERO RING DE LA VIDA

Boxeador destacado entre los 70 y los 80, Jesús Romero siempre vivió en la zona del Bajo Flores, a donde llegó desde Chaco con sólo 9 años. Ahora tiene un gimnasio cuyo propósito es sacar a los chicos de la calle y darles un plato de comida a través del comedor comunitario de su esposa.

“Cuando boxeaba me ofrecieron un departamento en la zona de Cabildo y Juramento, en Belgrano. En Moldes al 2200, para ser un poco más exacto. Dije que no. Mi mundo, mi vida, están acá”, dice Jesús Eugenio Romero, destacado boxeador argentino de los 70 y 80, en la puerta de su gimnasio. Ese mundo y esa vida que refiere son las calles del Bajo Flores. Barrio Rivadavia I. Es la zona de la conocida 1.11.14. Llegó a fines de 1963, a sus 9 años. Sus padres lo habían dejado al cuidado de la abuela paterna, en Chaco. Ya apasionado por el boxeo y con el sueño de conocer el Luna Park y ser boxeador, dejó una carta a su familia en la que avisaba que se marchaba a Buenos Aires. Se subió a un tren, llegó a Retiro y de ahí se tomó un colectivo “hasta el final” del recorrido.

-¿Pero a dónde vas?-, le preguntó el colectivero del 139.

-Hasta dónde me alcance la plata- contestó mientras entregaba un puñado de billetes y a cambio el chofer le cortaba su destino en forma de boleto.

Se bajó en esa zona de Flores que no era lo que es hoy: tal vez la más marginal de la ciudad de Buenos Aires. “Picante”, la define Romero.

En ese Chaco-Buenos Aires apenas había comido un sandwiche de milanesa. “Te imaginás cómo estaba”, le comenta a El Gráfico. Al llegar al barrio, ofreció a un comerciante ayudarlo con el traslado de garrafas. Cuando le quisieron pagar con plata, dijo que no: quería comida: se devoró en minutos unas medialunas acompañadas de un café con leche. Después contó su historia a los policías de la zona y lo dejaron dormir en la comisaría local. “Si querés ser boxeador, te vas todos los días a correr al Parque Chacabuco y te olvidás de la joda. Nada de fumar ni esas cosas”, le advirtieron. Su primer negocio en Buenos Aires estaba hecho. Romero todavía se acuerda de los nombres de algunos de esos policías: Patalano, Beguil, Bravo y Sampedro.

Nunca más se fue del barrio en el que tiene su gimnasio desde 2009. “Jesús Romero – gimnasio – team boxing”. Todos los días da clases de boxeo a chicos que intenta rescatar de las drogas. A veces saca un campeón, como el welter Víctor Hugo Velázquez, en 2014. También a veces salva a un chico de la calle. El Bajo Flores siempre es noticia por hechos policiales. Que el paco, que los tiros, que los narcos bolivianos, que los narcos paraguayos y que los narcos argentinos.

En la mañana del sábado 13 de mayo el Bajo Flores es un mundo en el que se mezcla todo: chicos “colocados” a plena luz del día y a metros de un comedor comunitario en el que algunos jóvenes inventan actividades lúdicas para algunos chiquitos. Pibes que entrenan boxeo a las órdenes de Romero y sus ayudantes y pibes que en la plaza de enfrente patean una pelota. A metros, en la casa de Romero, funciona un comedor comunitario (Santa Rita, se llama) que maneja su esposa, Ana Toloza, que se levanta a las 3 de la mañana para preparar la comida. Son 200 viandas diarias. Pueden ser más. “Sin ella, esto no funcionaría”, elogia Romero. “Nosotros, con salvar a un par de pibes de las drogas, de la calle, estamos hechos. A veces se puede, a veces no. Es una pelea constante. Los veo entrenar y me acuerdo de mí cuando tenía 8 o 9 años”.

DÍGANME RINGO

Esta nota comenzó en el destacamento de Gendarmería en Cobo y Curapaligüe. “Me esperan ahí, justo en la esquina, que los voy a buscar y entramos al barrio”, anuncia Romero un día antes del encuentro. Cuando llega lo acompaña un perro negro y grande que mete miedo pero que resulta más bueno que Lassie. Se llama Ringo. Obvio homenaje a Bonavena, uno de los boxeadores que admira Romero. Cuando con el fotógrafo Emiliano Lasalvia emprendemos el camino hacia el gimnasio, Ringo ya se nos hizo amigo.

Dos cuadras hacia adentro, en una cortada, está el gimnasio de Romero. En Camilo Torres y Tenorio 2081. En la calle, un grupo de jóvenes entrena soga y tira golpes. Adentro, un ring de tamaño reglamentario y unas cuantas máquinas de entrenamiento. Sobre una bici fija, una piba de no más de 20 años pedalea y pedalea con tanta intensidad que pareciera intentar llegar a los Estados Unidos. Si quisiera seguirle el ritmo, no llegaría a Caballito, piensa este cronista. Habrá que ver eso de volver a correr aunque sea dos o tres veces a la semana.

En ocasiones llegó a tener 300 chicos inscriptos. En otras, 200. Y alguna vez, sólo asistieron 5. “Hay pibes que reciben casa y comida. Tengo una habitación chiquita, con cuchetas. Pero el que se queda tienen que entrenar. Entrenar en serio”, avisa.

Algo que llama la atención son los ojos claros de Karina Celeste Gómez. A sus 33 años tiene una belleza que eclipsa y un pasado complicado que supera cada día. “Fui adicta, toqué fondo”, explica. “La noche”, suelta después, como si ese “la noche” alcanzara para entender qué le pasó. Tiene razón: no hace falta aclarar. La pelea por salir es constante.

Karina practica boxeo con Romero desde hace siete años. Tiene dos hijos (Valentina, de 17, y Lorenzo, de 3) y marido, Carlos, que “también está ‘limpio’”. “Me salvó el deporte. Me salvó el boxeo”, cuenta quien además es profesora de danza árabe. Dice que siempre le interesó hacer actividad física. Su caso llegó a la portada de una revista europea como historia de superación. Hoy tiene licencia amateur y participa de exhibiciones. Su anhelo era formar una familia. “Lo conseguí”, dice con una sonrisa enorme. Y luego: “Es muy importante salir del mundo de la noche, de las drogas, sobre todo viviendo acá, en el mismo barrio en el que todo eso pasa por al lado tuyo como si nada”.

“Mirá qué lindo eso”, señalará unas horas después Romero, cuando caminando las calles del barrio volvamos a ver a unos metros a Karina con su pareja y su hijo más pequeño.

EL LUNA, LA MECA DEL BOXEO

Jesús Romero nació el 4 de enero de 1954 en el departamento jujeño de Abra Pampa. Plena puna. 3.500 metros sobre el nivel del mar. Cerca de la frontera con Bolivia. En invierno las temperaturas pueden descender a los 22 grados bajo cero. “La Siberia argentina”, se iba a llamar antes de llamarse Abra Pampa. Vicente, el papá de Romero, era gendarme. Esther, su mamá, ama de una casa en la que había trece hijos, contando a Jesús. Cuando a su padre lo trasladaron a La Quiaca, a Jesús lo llevaron a vivir con la abuela paterna en Villa Ángela, Chaco. A los 8 años empezó a ir al gimnasio El litoral. Las historias de boxeo y boxeadores que escuchaba se le hicieron pasión. Ahí supo que quería ser boxeador. Entonces ocurrió aquello de venir a Buenos Aires. En su bolso, recuerda todavía, había “poca ropa y un par de guantes chiquitos”. “Aún los tengo esos guantes”, comenta.

Ya en el Bajo Flores, los policías lo vincularon con gente del Club Unidos de Pompeya. Arnaldo Romero era su profesor. “Uno de los mejores que tuve”, recuerda. Como también se acuerda del maestro de boxeadores Paco Bermúdez, quien en una visita al Chaco le dio el primer gran consejo de su vida: “El que quiere ser boxeador tiene que ir al Luna Park”. Por eso vino a Buenos Aires.

“Pude conocer el Luna. Y a Tito Lectoure, una persona maravillosa”, define Romero. De aquellos años como boxeador guarda los mejores recuerdos. Desde el 72 empezó a prepararse para el profesionalismo, al que llegó avalado por títulos juveniles. En el 76 empezaron los triunfos importantes. Primero le quitó el título argentino liviano a Oscar Méndez y luego el sudamericano al paraguayo Sebastián Mosquera. El 15 de mayo de ese año debutó oficialmente en el Luna. Fue con un triunfo ante Hugo Amílcar Díaz. Durante su carrera, que terminó con una derrota ante Alberto Cortés el 6 de agosto del 88 en la Federación de Box, enfrentó a varios importantes. Lorenzo García, entre ellos. 63 triunfos (16 por ko), 10 derrotas y 11 empates. También se codeó con grandes entrenadores. “Exigente y de buena madera”, dice sobre Santos Zacarías: “Siempre lo voy a extrañar. Un maestro, un consejero. Enérgico cuando había que ser enérgico”. No escatima elogios hacia Amílcar Brusa: “Entrené con él y con Monzón. Hacíamos exhibiciones”.

Por el boxeo recorrió varios países. Australia, Brasil, Bolivia, Sudáfrica, Uruguay, Francia, Italia: “Conocí el mundo. No me fue mal en lo económico, pero tampoco es que gané como para despilfarrar. Pero lo más importante es que el boxeo también me dio una familia”. “No me quisieron pelear por el título mundial. Dicen que yo era un boxeador difícil”, lamenta.

Y del gimnasio nos lleva a su casa-comedor comunitario.

DONDE LAS CALLES NO TIENEN NOMBRE

Romero da un rodeo y camina hacia su infancia. Le muestra a El Gráfico cada rincón del barrio que marcó su vida. “Acá vivía Ana cuando nos conocimos”, señala la casa que, de dos pisos, se ubica en el número 782 de una calle que, a primera vista, no tiene nombre. Los números no van en pares de una vereda e impares en la de enfrente. Acá todo es correlativo: 782, 783 y 784. Se casaron en el 81.

“Este pibe te puede contar lo que le dio el deporte”, suelta mientras señala a un muchacho que camina hacia nosotros. Se llama Javier Horacio Castro y tiene 41 años. Es docente de una escuela del barrio. Hace siete años tuvo un ACV: hemiplejia, internaciones, recuperación médica y domiciliaria. “No alcanzaba: venían a mi casa una vez por semana y a la hora se iban. Así nunca me iba a recuperar”, explica Javier mientras Romero escucha. Siguieron tres derrames cerebrales -el último en diciembre- a raíz de una esclerosis múltiple. “La pasás mal. El cuerpo la pasa mal”. Padre de cuatro chicos y con una esposa que -se ríe al mencionar- se llama María Eugenia Vidal (pero no gobierna la provincia de Buenos Aires), Romero lo invitó al gimnasio. “Jesús me venía a buscar, me llevaba, me recomendaba ejercicios. Así empecé a salir de mi casa, a relacionarme de nuevo con la gente, porque cuando te pasa algo así todo te da vergüenza. Me sentí muy contenido por el grupo de gente. Así me recuperé”, explica. “Ahora voy al gimnasio todos los días, hago cada vez más ejercicios y cuando estoy bien ayudo a guantear”, se ríe. “No queda otra que tomarse las cosas con humor, hermano”, concluye.

Volvemos con Romero a la casa. Como en todos lados, abunda el fútbol. Nos cruzamos con una adolescente que luce una camiseta de Chicago. A un lado de la casa de Romero hay pintado un enorme escudo de Independiente. Para ratificar sentimientos, del otro lado se repite el escudo del Rojo. Romero es de Racing. La diablura la hicieron sus hijos, que le salieron de la contra.

Ellos y un numeroso grupo de amigos esperan a El Gráfico en la casa. “¿Qué te pareció el barrio?”, pregunta alguien y, sin esperar respuesta, suelta: “Es cierto que este es un lugar conflictivo, pero no tanto como lo pintan. ¿Sabés qué pasa? Hay mucho prejuicio”. Romero interviene: “Nosotros hacemos que el barrio sea un poco menos conflictivo”. La World Boxing Organization (WBO) seleccionó a su gimnasio como una de las 20 instituciones deportivas a nivel mundial por su acción social y comunitaria. En abril, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo reconoció como ciudadano ilustre del Bajo Flores.

DESTINO ESCRITO

Pero de pronto Romero parece quedado en el tiempo. Se detiene y cuenta una anécdota que ya contó en otras entrevistas. Los ojos se le humedecen. Hay algo que le emociona aún más que un pibe que se libera de las drogas o que una chica que sale del infierno y arma su familia o que un maestro que gracias a su gimnasio se recupera de un ACV. Lo que lo emociona más que todo es el recuerdo de su madre, que sale sin que medie pregunta. “Yo tenía 18 años cuando en un partido de fútbol un pibe más grande se me plantó para pelearme. Le pegué una trompada tan fuerte que lo dejé tirado. Después nos hicimos amigos. Recuerdo que lo acompañé al Hospital Piñeyro porque iba a visitar a una tía que tuvo un accidente. Cuando llegamos la mujer me miró de una forma rara y me dijo ‘¡Tito!’. ‘¿Y usted cómo me conoce?’, le pregunté. ‘¡Cómo no te voy a conocer si te parí!’, me dijo. ¡La tía de mi amigo era mi mamá, que no me veía desde hacía diez años!”. Entonces Romero vuelve a meter el dedo en su propio Vietnam y no puede creer que el destino haya sido eso. Que el destino haya sido, al fin de cuentas y sin saberlo hasta entonces, que sus padres vivieran en Ciudad Oculta, otro barrio marginal y cercano al suyo. “Después pude comprarles un terrenito”, cuenta, orgulloso, casi al pasar. Es ahí cuando se saca los anteojos, se seca las lágrimas y dice que a los chicos siempre les pide que valoren a la madre: “Los padres son importantes, pero la madre es la madre. No hay como la madre”. “No tengo dudas de que hay un destino escrito”, sentencia.

A veces volvemos al lugar en el que empezamos.