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BIANCHI TIENE ESTATUA

BIANCHI TIENE ESTATUA

Guillermo Tagliaferri es un gran periodista de Clarín e hincha de Vélez. Es, también, un amigo de la casa. En un café me contó que iban a inaugurar una estatua en homenaje a Bianchi. Ante mi tímido pedido de que escriba algo para Libros y Pelotas me respondió con entusiasmo. Esa respuesta son las líneas que siguen.

Por Guillermo Tagliaferri

Imagen, gentileza Subcomisión del Hincha de Vélez.

El ídolo de carne y hueso observa, emocionando y conmovido, a su réplica de resina plástica de 2,30 metros de altura y más de 100 kilos de peso. Los ojos chicos se le agrandan y sueltan destellos de brillante emoción. En una calurosa tarde-noche en el barrio de Liniers y en el Club Atlético Vélez Sarsfield que lo moldeó humana y futbolísticamente, Carlos Bianchi recibe el gran homenaje del pueblo fortinero. Tener estatua propia, sobre todo en vida, es un mérito reservado para muy pocos. Y Bianchi se lo ganó con creces.

12369495_10208630476664678_562707349_oEl Bianchi de carne y hueso, ataviado en un elegante traje oscuro, recibe uno, diez, cincuenta, cientos de saludos, abrazos y pedidos de fotos y autográfos. El Bianchi de material -recreando una típica postura de aquel goleador que mantiene el récord de 206 festejos en Vélez y que arrasó áreas en Francia- revive aquellas épocas de pantalón corto y camiseta blanca con la V azulada y el número 9 en la espalda, observa impasible tamaña muestra de cariño y afecto. Los emprendedores muchachos de la Subcomisión del Hincha de Vélez germinaron la idea. El aporte económico de muchos hinchas bancó el proyecto. Y así Bianchi, el querídisimo y venerado Virrey de Liniers quedó reproducido por las hábiles manos de la artista plástica Elizabeth Eichhorm.

Emplazada en el hall central de la institución no sería extraño que por las noches, cuando todo es calma, esa estatua de Bianchi entable diálogo con el busto de Don Pepe Amalfitani, ubicado a escasos metros, recordando con una sonrisa aquellos comienzos del pibe que apareció pulverizando una marca histórica de Amadeo Carrizo y dando su primera vuelta olímpica en el 68. O que esa estatua del eterno goleador acaricie las Copas, que lucen orgullosas en una cercana vitrina, la mayoría de las cuales se alzaron durante su abrasador etapa de técnico. Y hasta no sería nada raro que traspase la puerta vidriada para abrazarse con el Monumento de los Campeones situado en la plazoleta de ingreso. El pibe de Villa Real, el goleador empedernido, el técnico ganador es capaz de todo.
River está de vuelta: qué ganas de llorar

River está de vuelta: qué ganas de llorar

Por Javier Álvarez

River volvió a dar la vuelta, levantó la Copa, alcanzó la cima continental. La lluvia le dio un tono de épica a lo que fue la noche de coronación -más que de un torneo- de una manera de pensar el fútbol, de circular la pelota en el verde césped.

Gallardo, el hombre al que pocos tenían en agenda hace un año y pico, hizo que River recuperara la mística de tirar un taco, dar un pase magistral y colar la pelota en el arco contrario con una clase envidiable.

Dicen que dicen que los números muestran más que la más acabada de las descripciones: 68 partidos jugados, 38 victorias, 23 empates y siete derrotas. Dos eliminaciones al archirival de siempre en seis meses.

Una Copa Sudamericana, la Recopa y ahora… y ahora señores la Libertadores que tanto deseábamos y extrañábamos los que algunas vez lloramos por la Banda, de alegría con Labruna, Distéfano, el Beto, Enzo, Crespo, el Burrito, Salas y sí, otra vez, el Muñe.

Y 68.000 gargantas se lo transmitimos al mundo cuando el volcán de Nuñez entró en erupción minutos antes de las 22:00 de aquel ya histórico 5 de agosto de 2015 que confirmó el pasaporte a Japón con chapa de campeón.

El derrotero del Muñe no es perfecto, como no existe nada con esas condiciones en el mundo real, pero es lo mejor que le pasó al hincha en al menos dos décadas. Y sin lugar a dudas es el resultado de un proyecto grande, que emociona más que la Copa.

Duele pero es necesario y reconfortante recordar que River conoció el infierno hace tres años y desde entonces, con cambios en su estructura institucional, no ha parado de reconstruirse, de mirar para adelante, de ir al ataque.

Gallardo hizo que el equipo jugara bien al fútbol, que impusiera la tenencia del balón y se reordenara rápido, sin timidez, tras algún tropezón para buscar la ventaja necesaria y avanzar, para seguir creciendo.

Con respeto por los ídolos, escuchando a los que saben como Francescoli en la dirigencia o Cavenaghi en el campo de juego, River volvió a ser River, ese viejo conocido en los cinco continentes.

Y, quizás lo más difícil, el DT hizo que los hinchas volvieran a creer que el éxito está en manos de una idea o de una estrategia pensada, planificada, trabajada y aplicada con garra y corazón, que en la suerte o la casualidad.

Los cinco sentidos del hincha dan cuenta que aquí hay un proyecto de reconstrucción que tiene al fútbol como estandarte de una institución que es mucho más que una pelota y once jugadores dejando la vida por la gloria.

River jugará en diciembre el Mundial de Clubes y tratará de enfrentarse al majestuoso Barcelona de Messi en una final posible y, lo que es más entusiasta, en un partido ganable.

Y se vienen más torneos, copas y emociones. Esto sí es River. Volvimos. Que ganas de llorar. Volvimos.

Valores invertidos

Valores invertidos

Extrañamente, en el fútbol argentino, los valores se invierten. Quizá como en ningún otro ámbito de nuestra vida cotidiana, en el deporte más popular, lo malo se convierte en bueno, lo repudiable en digno del aplauso y así. Aunque cueste creerlo, el piola, el más vivo, el que la tiene más grande es aquel que se jacta de ello. Y si esto tuviéramos que explicárselo a algún extranjero que esté de paso por nuestros pagos, se nos complicaría el asunto hasta quedar haciendo un triste papel.

“Soy el técnico más grande la historia”, dijo Ramón Díaz el día que lo volvieron a presentar como DT de River, para alegría de un gran número de hinchas millonarios. Y la frase lo pintó de cuerpo entero al pícaro riojano quien, con su hábil manejo frente a los medios, dejó en ridículo a su presentador Daniel Passarella –presidente del club de Núñez y ahora amigo nuevamente por conveniencia del Pelado-. Al dirigente se lo vio, en aquella conferencia de prensa, nervioso, inseguro, inquieto. Es decir, se lo vio a la inversa que a Ramón. Y seguramente se merezca eso y mucho más el Káiser por su patético desempeño al frente del gigante rojo y blanco, pero el contrapunto fue tremendo.

Ocurrió que el entrenador, una vez que el titular del club caído en desgracia increíblemente desapareció de escena, se despachó con un sin fin de frases grandilocuentes, llenas de ego, desprovistas de cualquier tipo de modestias y pudores. “Yo, yo, yo, los hincha ya me conocen, saben como pienso, muchos pibes ya me llamaron, quieren volver a River”, dijo una y otra… Y los hinchas, la mayoría de quienes lo idolatran por sus viejos logros, lo aplaudieron de pie. Ellos lo querían a Ramón y ahora lo tienen a Ramón.

Pero ni ellos ni el resto de los hinchas del fútbol criollo, seguidores de otros colores, se detuvieron a analizar la soberbia de las palabras del técnico como algo negativo sino todo lo contrario. La mayoría río con sus ocurrencias, festejó sus palabras altisonantes y murmuró un “que capo Ramón”. Es cierto, River tiene que creérsela, pero tal vez ese no sea el mejor camino.

Difícil de explicárselo a un extranjero o a cualquier persona ajena al insólito mundo de la pelota.

“Japi hour” de Moyano

“Japi hour” de Moyano

Por Alejandro Perandones

El lado erótico de la manifestación

El miércoles 27 de junio el centro porteño vivió de manera diferente. No es mi objetivo precisar los desvíos de los transportes, los cortes de calles y la actividad trastocada. Tampoco me voy a enredar en la estimación de los asistentes a la movilización convocada por el líder de los muchachos del camión ni, mucho menos, en analizar sus motivaciones –las explícitas y las reales.

Por esta vez, solo se trata de una mirada sobre el efecto del desembarco articulado de legiones de trabajadores y militantes de organizaciones en el erotismo regular de la ciudad capital de los argentinos.

Un mediodía cualquiera, los bares, kioscos, restaurantes o fondas de Buenos Aires (alternativas gastronómicas para todos los poderes adquisitivos) lucen abarrotados. Corredores de seguros, oficinistas, estudiantes, abogados, profesionales de toda laya, chantas y funcionarios, y funcionarios chantas completan las apretadas plazas de los locales. El propósito es simple: saciar el hambre y seguir, cuanto más rápido mejor, a la rutina que espera ahí nomás.

Este miércoles, la secuencia se vio forzada a cambiar. El miedo a algún destrozo y la ausencia de las “fuerzas federales” inclinaron la balanza para que numerosos propietarios decidieran mantener las cortinas bajas.

Los que siempre están aunque no los veamos -como el sol- son los chinos. Los supermercados trancaron sus puertas y tras una ventanita improvisada del tipo farmacia de turno despacharon miles de cervezas. Era común ver un ramillete de muchachos de verde o azul, los colores predominantes de las ropas sindicales, apretujados buscando una bebida. Me encantaría saber cómo estos orientales describen a sus familiares y amigos del otro lado del mundo estos acontecimientos nuestros

Los puestos de choripán fueron las estrellas de la jornada. Contados por decenas, se desplegaron al margen de las calles y avenidas de acceso al escenario (“de espaldas a la Casa de Gobierno”, se publicitaba ¿qué novedad hay en esto?, si siempre es así). El marketing fue el de siempre, el humito perfumado que tuerce las voluntades hasta de los hare krishna.

Pude ver que la carta estaba renovada en varios: al tradicional chimi, mayonesa y kétchup le agregaron cebolla salteada. Nunca vi un mejor ejemplo de compra compulsiva. Las atildadas señoritas de mi trabajo, que normalmente se hacen traer cada mediodía un almuerzo de 400 calorías –postre incluido-, bajaron en alegre manada a clavarse unos “mariposa”.

La escasez de estructura sanitaria se resolvió fácil. Kiosquitos de diarios y flores, ochavas perdidas, locales cerrados y carteleras de obras de construcción fueron consistentemente meados. Al principio, con cierto recato. El avance de las horas traía dos factores que  vencieron la inhibición de sacar el miembro al viento, cada vez había menos lugares desiertos  por la multiplicación de los manifestantes y la cerveza hacía lo suyo achicando los tiempos de búsqueda.

A la hora de los piropos y las propuestas pude recabar, en una estadística módica tras dos cruces de la manifestación completa, que las que lideraron cómodamente el ranking fueron las chicas de jeans.
La temperatura de las propuestas también fue escalando con el paso del tiempo y la inminencia del discurso. En sintonía con “el jefe”, la tropa estaba preocupada por las ganancias. Ganarse alguna mina parecía ser,  alrededor de las 15, un propósito no sé si alcanzable, pero al menos más concreto.  A la hora de la verdad, las cosas que más cuentan son las que están en nuestras manos. Las intrigas del poder nos dejan la justicia y las reivindicaciones mucho más lejos que esos culos tapizados en denim y las remeras ajustadas. Además, puestos a elegir, el premio llega más rápido.

Mujeres de aspecto y producción  profesionales también capitalizaron rebotes y se llevaron silbidos y proposiciones. Podría arriesgar que algunos pequeños grupos de dos o tres de ellas llevaban esa tarde sonrisas -mal contenidas- en sus rostros que difícilmente luzcan otros días. Estimo, además, que varias podrían haber evitado el cruce  a esas horas y que todo el trámite fue una excusa, un recurso para recuperar autoestima y el instinto.

No presencié ninguna agresión verbal aunque fui testigo de mil intentos de acercamiento caliente. Me hace pensar que tiene razón Beto Casella cuando afirma que una mujer logrará parejas más felices  a medida que se vaya internando en el conurbano y se aleje de los hombres del centro.

Tengo documentada esta secuencia: una chica de mi entorno atravesó  Diagonal Sur a la hora de la concentración. Es una linda pendeja. Un muchachito de su edad, con  gorra y campera de la organización la siguió una cuantas cuadras. El relato de la chica asegura que  durante las tres primeras el chico “la venía remando bien”, con invitaciones a charlar un rato, a dejar las asignaciones familiares para otro día y hacer un café por ahí. La indiferencia de la dueña de sus deseos le disparó la imaginación y el costado poético, hasta que la suma de las negativas lo hizo  adelantarse para preguntar incrédulo y  lleno de angustia, “Pero qué pasa ¿no te gusto???”. La chica siguió avanzando indiferente. Él ya moqueaba cuando suplicó, “Dale mamá, dale que ¡te chupo todaaa!!!”. Ella, con el control de  todas las palancas del camión en sus manos, lo esquivó grácil, para alejarse para siempre.

Al llegar a su departamento le contó todo al novio, con mucha precisión en  los detalles de la evolución de la anécdota. A la mañana siguiente, el joven la compartió en la redacción donde trabaja. Tras las mil bromas disparadas, quedaron algunos comentarios  de los más veteranos. “Vas a tener que ir a rezar más seguido al pesebre”, o “Bajá a tomar agua del pozo” es, más o menos, el promedio  de las guarangadas.
Aquel morocho, que volvió  cabizbajo y tristón a la concentración, nunca supo ni sabrá que había ganado un lugar entre las fantasías de la protagonista.

Buenos Aires vivió, por unas horas, una reposición en pequeña escala del carnaval. El calorcito de la jornada, la cerveza, la percusión y los fuegos artificiales brindaron el marco. El espíritu, supongo, debe generarse por el optimismo que despierta un reclamo colectivo. La soledad cae, derrotada, en esas horas donde se ponen en fase los intereses de miles de individuos.

La vida se transforma, las penas se toman un respiro y los sueños de todos parecen quedar más a mano. Se termina la suma cero y campea la sensación de que juntos todo es posible.

Cuando eso pasa, la muerte pira. Sabia, sabe que podrá volver, pero no presenta batalla cuando reconoce la  batalla como segura derrota. Y si la parca se va, y estamos juntos, y hace calor, y nos tomamos unas cervezas, y los tambores, trompetas y trombones nos marcan el paso, no tardan en aflorar las ganas de ligar.

Las calles, normalmente espacios ajenos, anónimos, indiferentes, vuelven a ser la plaza griega. Devienen espacios de encuentro. Los autos, soberbios, dominadores absolutos de cada bocacalle, quedan apichonados ante los transeúntes recién llegados, que marcan el territorio como los lobos, a puro canto y meadas.

Un turista de aspecto nórdico estaba tan sorprendido en Diagonal Norte y Esmeralda que no acertaba entre sacar más y más fotos o mezclarse  en las columnas. Había contratado un tour hacia el invierno de una ciudad austral, previsto unas recorridas de shopping y gastronomía y, con suerte, pasar un rato por alguna tanguería sin onda, armada para currarlo antes de viajar al Perito Moreno. A él, la danza del abrazo lo alcanzó en plena calle, en la cotidianeidad de una metrópoli  que no paraba de estimular al máximo todos los sentidos. Al llegar a su hotel se comunicó con la agencia –Hielo ya tengo mucho en mi país, quiero dos días más aquí, por favor-imploró.

Como fenómeno, un día es poco para medir sus consecuencias a futuro. Pero creo no equivocarme al pensar que si pudiéramos afinar las técnicas estadísticas encontraríamos, en un horizonte ubicado a nueve meses del ahora, un nítido baby boom. Creo que pasaría lo mismo si midiéramos la actividad de las maternidades nueve lunas después de los festejos de San Patricio. Sé que no será de la magnitud del producido luego de la Segunda Guerra, pero tendrá sus efectos también.

En toda charla política cualunque, no falta nunca un opinador que pondere la “cultura cívica del pueblo uruguayo”. Uno de los ejemplos que usan para sostenerlo es la falta, del otro lado del río, de este tipo de manifestaciones. Yo arriesgo que tal vez por eso mismo hace 40 años que son 3 millones, exactos, ni uno más.

Considerando todo, tengo una sugerencia para la dirigencia sindical. Organizar estas marchas en localidades poco habitadas. Los beneficios serán múltiples: la clase media reaccionaria no se pondrá en la vereda de enfrente por las dificultades de tránsito que acarrean, y estarán en fase con la política de estado sarmientina “gobernar es poblar”.

De la mano de los operadores turísticos, podrían articularse con excursiones a puntos de interés histórico y parques nacionales. Si la idea es persistir en la organización donde está la crema y nata de la Reina del Plata, propongo  hacerlas un poco más tarde, luego de las 17 horas y, si es posible, los viernes. Ahí contarán, si duda alguna con millares de oficinistas del montón con pretensión de yuppies, que mutan de pub en busca del mejor happy hour de la zona.

Yo ya sé cuál es.

 

Hasta siempre Juan

Hasta siempre Juan

El temple y las virtudes quedaron dando vueltas y vueltas frente al micrófono. Como perdidos. Como nostálgicos. Sin entender por qué te fuiste, querido Beto.

El sonido se hizo silencio cuando la noticia de tu partida inundó los medios, y el respeto de tus fieles se aferró a la calidez de tu mágica voz.

La sensatez pura, inteligente y optimista que te inundó ya siente una profunda soledad. El silencio se tornó atroz y el eter se confundió en una espesa oscuridad.

Las lágrimas, las lagrimas querido Beto, llevaron a los argentinos a recordarse a sí mismos en los momentos que les regalaste felicidad.

Las gracias y los lamentos no caben en el pecho de tus alumnos de la radio y la TV, del relato, de las canciones de tus bandas -porque fueron tuyas-, de la vida.

Y nada puedo decirte, sentido maestro, más que gracias. Gracias por darme una de las mayores chances de mi vida: compartir la pantalla de la TV Pública con vos.

Gracias por preguntarme como andaba una mañana y quedarte a escuchar mis lamentos de provinciano recién llegado a la Capital sin nada en las manos más que una profunda vocación periodística y ganas de caminar el mundo.

Jamás olvidaré de tus palabras en aquel camarín, Juan Alberto: “Esto recién comienza, chaqueño. Salí a comerte el estudio. Todo depende de vos”.

Ahora estás en el espacio. Ahora compartís con Harrison y Lennon. Ahora y siempre estás entre nosotros para no volver a irte jamás.

Gracias Juan Alberto Badía, ¡simplemente gracias! Hasta siempre.

Javier Alvarez, periodista

Cautivos

Cautivos

Los años y no las escuelas enseñan que las buenas preguntas sólo existen en el periodismo cuando generan un problema en las respuestas. Este teorema de don nadie es acaso una parábola de la situación en la que me encontré al momento de aceptar el ofrecimiento de mi amigo Alejandro Duchini: escribir acerca de por qué me hice periodista.

Si pudiera establecer un orden cronológico haría bien en sospechar que la pasión se gesta en la infancia o no se tendrá jamás (también de excepciones viven las leyes, claro). Pero si existe un denominador común entre los que practicamos este oficio es que, seguro, en alguna carpeta del disco rígido de la niñez vive esa necesidad inocente de incomodar a los padres con dudas impróvidas, la curiosidad por saber qué hay detrás de esa puerta que no debemos (¿todavía?) cruzar o por qué los trenes matan a los autos.

* * *

Un breve relato de Borges titulado El cautivo habla de un niño que desaparece tras el paso de un malón. Reseña que el hecho tuvo lugar “en Junín o en Tapalqué”, no refiere fechas ni datos de los protagonistas tales como edad o procedencia y, finalmente, el autor aclara que se abstiene de inventar lo que desconoce.

No podría decirse que una buena crónica periodística tenga posibilidades de emerger de entre tal maleza. Por supuesto, está bien desconfiar en que todo se trata de una artimaña de Jorge Luis, que amaba jugar a las escondidas.

Informes de otro palo hablan con precisión de un caso singularmente similar, con un niño de 9 años como protagonista e identificado como Luis Laures, hijo de inmigrantes franceses, y arrancado de las manos de sus padres por un malón de indios ranqueles el 5 de junio de 1872, en las proximidades de Lincoln, mi pueblo. Cuentan a su vez la historia del regreso a casa, 11 años después, y que allí se quedaría a vivir para siempre.

En su cuento, Borges repara en un detalle que dice más o menos así: cuando regresa, el cautivo entra a su vieja casa, se dirige derecho a la cocina, hurga en un punto fijo y saca un cuchillito de mango de asta que había escondido allí en su niñez.

Lejos del final feliz, el chico parte hacia la conquista de su desierto. Se devuelve a su lugar.

“Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa”, concluye J.L.B.

Borges quería saber.

* * *

Muchas veces me pregunto si llegué a aquel mismo sitio que soñé y que imaginé cuando estudiaba. El del olor a redacción, el de mística y Rodolfo Walsh. También si las historias son mejores de lo que aparentan o de como se las conoce. En ocasiones corro espantado, enajenado entre malones de ironía, desparpajo y cierto mal gusto; ahogado en los “cinco centímetros de profundidad” cuyo suelo es nuestro hábitat (nadie sabe si más lejos o más cerca de la realidad).

Es que… ¿Qué hay para contar desde aquí, sin rascar las paredes de la vieja casa ni desvestir un prejuicio que se hace carne en el desconocimiento del otro: el malviviente, el funcionario, la estrellita de la pelota y el vendedor ambulante? ¿Qué es el periodismo sino una serie de preguntas incómodas, el coqueteo con los límites, el buscar la historia detrás de la historia para saber un poco más y ofrecerlo sin regalías?

¿Habremos sido la parición de un capricho infantil?

Sucede que, ya entrados en años, debemos lograr un equilibrio entre aquella curiosidad siempre a punto de despertar, la decisión de mostrar mejor mostrada nuestra mercancía en la góndola de la información; y las pautas que, a fin de sobrevivir, siempre habrá que negociar con los ilustres intermediarios.

Ahí mismo es cuando solemos encontrarnos en cautiverio, sin caminos por recorrer ni historias para contar, enredados en una telaraña que un cuchillito de madera no puede ni quiere cortar. Porque en definitiva éste es nuestro lugar. Cautivante como ninguno, eso sí.

Pedro Fermanelli
@pfermanelli