CALAMARO, LA MÚSICA DE MIS AÑOS

Escrita por en Notas

Alejandro Duchini

A veces el periodismo me permite cruzar con personas con las que, de otro modo, jamás me sentaría a conversar o, como me pasó con Andrés Calamaro, a intercambiar mails. Gracias a mi trabajo, una vez pasé una tarde tomando cervezas con Ricardo Darín, en otra ocasión desayuné con Ernesto Sábato en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires, almorcé con Ricardo Bochini -mi héroe de la infancia- y conversé -hasta bien entrada una madrugada rosarina de 1998- con Sandro, quien volvía a los escenarios tras una larga ausencia.

Hubo otros casos, pero los primeros que me salen son éstos. Los recuerdo ahora que la revista Nueva acaba de publicar el reportaje que le hice a Calamaro, uno de mis ídolos musicales, a propósito de su libro de memorias. Es, al fin de cuentas, un gusto personal que se corona con el hecho de que ese reportaje sea la tapa de la edición de este domingo 4 de octubre de 2015.

La nota se hizo hace unos meses pero diversos contratiempos la fueron postergando. Incluso, en algún momento estuvo a punto de naufragar. Una cuestión de divismo, fotos y malos entendidos la puso en peligro. Ya me había resignado a que no se publique cuando me dijeron que eso se había resuelto y que saldría sin problemas. La pueden leer acá.

Calamaro es, como músico y cantante, de los más grandes que tiene el país y de los que más me gustan. Miguel Abuelo, Luis Alberto Spinetta y Charly García, junto a él, integran ese seleccionado de artistas de la música que me acompañaron siempre, que me ayudaron a pensar y sentir y que aún hoy me salvan cuando necesito ponerle alguna melodía a mis malos o buenos días. “Canciones de dolor real, pero canciones, no más”, como canta Andrés.

Las canciones de Calamaro estuvieron en diferentes momentos de mi vida. Desde que dejé la infancia para asomarme a la adolescencia hasta ahora. Apareció en el 82 con Mil Horas. No es su mejor tema, pero dejó huella. Ahí descubrí a Los Abuelos de la Nada. Conocí enseguida otras canciones como Sin Gamulán o Costumbres Argentinas que me encantaban en aquellos años de comienzos del secundario. Lo odié cuando dijo que se iba de Los Abuelos y lo volví a querer cuando en el invierno del 88 se apareció en el programa Feliz Domingo para hacer una gran versión en vivo de Mariposas de Madera: era su homenaje a horas de conocerse que Miguel Abuelo había muerto.

Por esos tiempos editó Por mirarte, que tenía unos temas geniales. El mismo Por mirarte es, tal vez, uno de los mejores de amor del rock nacional. Aquel disco lo terminaba cantando algo hermoso junto a León Giecco: Me olvidé de los demás. Sin saber qué decir y Los dientes apretados eran otras dos canciones hermosas. Un año después viajaba a Bariloche con mis compañeros del colegio. Fue el peor viaje de mi vida. Mi división era horrible, nos odiábamos entre todos y en Buenos Aires quedaba uno de esos amores que, en la adolescencia, parecen irreemplazables y eternos. Cada vez que escucho Ni hablar recuerdo ese invierno y el desfile de canciones agridulces de ese disco. Pasemos a otros tema, Ni hablar, Adiós, amigos, adiós y Señal que te he perdido son algunas. Lo cierra con una de las mejores que hizo en toda su carrera: Dos Romeos.

Después llegaron los 90 y lo fui a ver a varios recitales. Recuerdo uno en Cemento, con Los Rodríguez. Fue impresionante. Tanto por lo que tocó como por lo que me aplastó aquella multitud. De suerte no me quebraron un hueso. Yo era joven e irrompible. Y flaco. Por esos años me lo crucé en la cancha de Independiente, después de que el Rojo ganara un partido de Supercopa. Lo ví en el vestuario y le hice una nota en la que él elogiaba los méritos goleadores de Sebastián Rambert. Fueron los últimos buenos años de Independiente y de Rambert, que empezó a diluirse como una canción de Vilma Palma.

Cuando se publicó Alta suciedad ya era un gran admirador suyo. De ese disco se me había pegado una canción que decía “con el crudo en las bodegas volveré a buscar todo el tiempo vivido que hemos perdido sin protestar…”. Se llama Donde manda marinero y mi viejo la escuchaba en el hospital Durand, donde estaba internado. “Me gusta mucho lo que dice esa canción”, me dijo. Sólo por ese comentario no la voy a olvidar jamás. No lo esperaba porque él era de esos tangueros que creían que los rockeros éramos blanditos y faloperos y que la música se había detenido la noche en que murió Gardel.

Mis 90 los terminé viviendo lejos de Buenos Aires y escuchando Honestidad brutal. En esa época viajaba mucho en ruta y ese disco se hizo compañero. Salto al 2006, cuando editó El palacio de las flores, junto a Litto Nebbia. Allí hay un tema que se llama El tilín del corazón. “Recién acabamos de empezar a correr, no se puede parar”, cantaba. Esa canción la escuchaba mientras me divorciaba y mi ex empezaba a odiarme y a tirarme a la calle libros, cds y ropas. Pude rescatar casi todo y esconderlo de sus garras en el baúl de un auto. Poco después, ya viviendo solo, no dejaba de escuchar La lengua popular. Fue el primer material de Calamaro que compartí con mis hijos Ludmila y Santiago.

On the rock apareció en un momento en el que mi vida hacía un giro tremendo, esperado y necesario. Salvador, sobre todo. Pude empezar de nuevo. Me di cuenta de eso poco después de que la Selección quedara eliminada del Mundial de Sudáfrica y en el momento en que Andrés, sobre el escenario del Luna Park, arrancaba su recital con Los divinos. Llevaba anteojos de sol y vestía de negro, con una guitarra enorme. Imaginé que me miraba. Preferí creer que detrás de esas gafas me aconsejaba con aquello de que “cuando uno se despierta, y ya no es indiferente. Y no existen los destinos, ni siquiera los divinos”. Yo era uno más entre esa multitud de un lunes frío pero opté por sentirme único, el amigo del protagonista de la fiesta. Esa vez fui feliz escuchando y viendo a Calamaro.

Ni imaginaba que a fines de 2013 llegaría a mi casa, la noche de mi cumpleaños, y en la puerta del departamento del piso 12 habría un cartel que decía “cuando no estás, la casa vacía se pregunta cuándo volverás”. Del otro lado me esperaba la autora de ese mensaje, Marian, con el disco Bohemio de regalo y una panza enorme en la que crecía Malena. Por eso Bohemio, además de ser un disco de Calamaro, es también el de Male, que nacería en las primeras horas del 2014.

Meses después Independiente regresaría a Primera, llegaría otro Mundial, el seleccionado volvería a perder una final (con Alemania, como de costumbre) y Male empezaría a caminar y a decir “papá”.

Y, como siempre, Andrés Calamaro le seguiría poniendo música a mi vida.

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