CALAMARO 2018

Escrita por en Libros, Notas

Por Alejandro Duchini

El fin del año es un momento en el que Andrés Calamaro suele aparecer con alguna buena nueva. En 2016, por ejemplo, reunió a algunos de Los abuelos de la nada. Sobre el escenario del Personal Fest, Gustavo Bazterrica, Cachorro López y Daniel Melingo cantaron No te enamores nunca de aquel marinero bengalí y Costumbres argentinas. La cuota emocional no sólo estuvo en la nostalgia de ver después de treinta años a cuatro músicos ya grandes recordando en vivo a una de las mejores bandas de los ochenta. Además, se recordó a Miguel Abuelo, el gestor de aquella banda que dejó temas para la historia: como los mencionados y el Himno de mi corazón, Mil horas y Lunes por la madrugada. Ese mismo año salió su Volumen 11. Y como parece ya una costumbre, en cada disco hay un temazo escondido. No es el de difusión, que funciona como puerta de entrada, sino alguna canción de perfil bajo pero de calidad alta. En Volumen 11 ese tema es Rock y juventud. Ahora, en 2018, apareció con otro disco: Cargar la suerte. El escondido que la rompe es, en este caso, Diego Armando Canciones.

2018 es el año en el que aparecieron dos libros que lo reseñan. Uno es dedicado de lleno a él: Días distintos, de Walter Lezcano y editado por Gourmet musical, que desde 2005 publica libros sobre temas musicales muy variados pero muy bien tratados. El otro es 1988 – El fin de la ilusión, de Martín Zariello; se refiere a ese cierre de década tan particular, cuando la efusividad por la democracia empezaba a decaer y, a la vez, se terminaba aquella revolución de rock nacional en la que habían aparecido masivamente, entre otros, Fito Páez, GIT, Los abuelos, Zas, Virus, Soda Stereo, Sumo y Spinetta y Charly como solistas, entre otros ejemplos.

Días distintos es, en rigor de verdad, Días distintos – La fabulosa trilogía de fin de Andrés Calamaro. Lezcano hizo un ensayo de artesano. Citó archivos y opiniones y armó dos entrevistas largas (y de varios encuentros) con Marcelo Cuino Scornik y Gringui Herrera, ambos compañeros de ruta de siempre de Andrés Calamaro. Aparecen además las opiniones de Mariano Del Mazo, Jorge Larrosa y el Indio Solari.

Lezcano cuenta la vida de Calamaro sin pretender una biografía y a la vez resume cómo lo marcaron sus canciones; sobre todo en aquel período del Que se vayan todos mientras asomaba el quíntuple El Salmón, que ni el escritor ni muchos otros podían darse el lujo de comprar por la situación económica.

La trilogía de Lezcano hace hincapié en Alta suciedad (1997), Honestidad brutal (1999) y El salmón (2000). A partir de esos discos cuenta la carrera de Calamaro, los años oscuros y de pocos seguidores tras su influyente paso por Los abuelos de nada, su ida a España y su regreso con Los Rodríguez hasta el quiebre en la masividad que significó Alta suciedad. Para entender a dónde apunta Lezcano, va esta cita: “En los ochenta, mientras crecían y lograban trascendencia de crítica y público Los Redonditos de Ricota, Virus, Fito Páez, Soda Stereo, Los violadores, Los Abuelos de la nada, entre otros, Andrés Calamaro seguía esperando su momento de gloria. ¿Cuánta paciencia alberga el corazón de un verdadero rockero? Aparentemente mucha”.

En Días distintos Lezcano nos introduce en aquel mundo de drogas y música de Calamaro. Pero lo hace sin escándalos. Pretende más pintar al Calamaro de entonces que juzgar. Por eso el libro está buenísimo: porque desarrolla más un momento que una vida. No tiene más pretensiones que ésas.

Ahora vamos a 1988- El fin de la ilusión, del mencionado Zariello. No es un libro sobre Calamaro sino de una época en la que Calamaro tenía influencia y perfil bajo, tal vez sin quererlo. Pero lo que cuenta Zariello de Calamaro es muy interesante. Incluso, hasta puede servir de complemento para lo que describe Lezcano en Días distintos.

Son aquellos fines de los 80 los tiempos de las muertes cercanas de Luca Prodan, Miguel Abuelo y Federico Moura. Zariello hace justicia en el capítulo dedicado a Calamaro a Por mirarte (un discazo de 1988 que no tuvo la difusión que por calidad merecía), a su rol como productor de nuevas bandas (Don cornelio y la zona es una de ellas) y al siguiente Nadie sale vivo de aquí.

Zariello cuenta que Nadie sale vivo de aquí -finalmente editado en octubre de 1989- iba a llamarse ¿Hemos batido al enemigo?. Y también es justiciero de ese trabajo al describirlo así: “Nadie sale vivo de aquí es un disco inolvidable que a pesar de resumir un clima de fiesta, marcado por el contexto social y la muerte de Miguel Abuelo, no apela a esa mueca llorona tan reconocible que el ‘rock nacional’, por ósmosis, heredó del tango”. Y agrega que el disco es “el testimonio urgente de una generación que estaba abandonando la juventud”. Enseguida, y en silencio, Calamaro se fue a España para volver cada tanto con Los Rodríguez.

Para resumir esto, quiero contarles que este año leí, después de una década de tenerlo guardado en mi biblioteca, Bang-Bang, de Brian Aldiss, cuyo título original es Brothers of the head. Este libro corto es el que inspiró una de las para mí mejores canciones de Calamaro: Dos Romeos, de su disco Nadie sale vivo de aquí. Tal como contaba sobre Rock y juventud o Diego Armando canciones, Dos Romeos es su típico temazo que, como escribía al principio, no se difunde pero que justifica al disco. Si alguno quiere leer Bang-Bang (que lo recomiendo) no tiene más que pedírmelo y se lo envío en formato digital.

Feliz año nuevo, amigos. Reciban al 2019 escuchando buenas canciones. Rock y juventud, Diego Armando Canciones, Dos Romeos o la que sea. Y leyendo.