BATMAN, ROBIN Y FILLOL

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

El pasado ya no irrumpe de repente y a través de los recuerdos. Ahora también lo hace mediante Facebook. Lo peor es que lo hace sin pedir permiso. De puro prepotente. Hace unos días, buscando una foto particular, encontré otra que no sabía que tenía. Es ésta. Alejandro y HéctorEs del fondo de los tiempos. Yo soy el más bajo, el de pelo redondo que, con las media blancas, parece un muñequito de torta. El jardinerito tampoco me favorece. Debo tener cuatro o cinco años y estoy acompañado por Héctor, mi primer amigo. Es quien lleva una remera de Batman y Robin como las que siempre quise pero que jamás me compraron. Será curioso, pero no olvido ese dibujo a pesar de que pasaron décadas y personas y casas y la memoria empieza a nublarse. Élida, mi mamá, solía ponerme remeras con dibujitos de ositos y cosas así. Cuando me perfumaba me decía algo como “ahora le ponemos perfume al osito” y yo me quedaba contento. No solían comprarme remeras de súperhéroes. A lo mejor porque las compraban unisex para ahorrarse unos pesos. Tal vez habían sido de mi hermana y, como todo hermano menor, no pude evitar ese karma de estar obligado a usar la ropa del mayor. Así que ahí ando: sonriendo, envidiando a Héctor por lo bajo y mostrando mis medias blancas como una especie de Ñoño en El Chavo, sólo que con unos kilos menos.

Héctor anda vivito y coleando. Sigue trabajando en su propio bar, en San Telmo. Hace poco nos encontramos. Yo iba por Bolívar cuando escuché un “Duchiniiiiiii”. Me di vuelta y apareció con una bandeja, una taza de café vacía y una sonrisa. Me invitó a tomar algo y hablamos de la vida. Entonces no recordaba que existía esta foto.

Es unos meses mayor. Los cumple en julio y yo en noviembre. Su nombre completo es Héctor Alejandro y el mío Alejandro Héctor, en ese orden. Vivíamos en el mismo edificio, en Mataderos. Mi casa -donde nos fotogafiaron- estaba en la planta baja y la de él justo arriba de la mía. La ventana de su cocina daba a mi patio, así que nos comunicábamos por ahí. Cuando no teníamos nada que hacer, nos llamábamos y hablábamos. Hasta los 9 o 10 años, cuando me mudé. Extrañé ese barrio pero sobre todo a él, porque empezamos a vernos menos y los primeros amigos son los que nos marcan. Hubo un reencuentro en el secundario, pero él se fue antes de tiempo porque sus notas eran aún peores que las mías y volvimos a separarnos. Hasta ahora, que muy de vez en cuando nos encontramos cuando paso por su bar. Pero hay más: desde hace unos meses somos amigos de Facebook, aunque no nos sirve de mucho porque yo lo utilizo apenas para subir mis notas y desconozco qué uso le da él. No hay caso, las redes sociales no pueden reemplazar a la vida real.

Atrás nuestro, en la vieja foto, hay una estufa a leña que era la panacea en los inviernos. Yo me sentaba al lado y dejaba de sentir frío. Era mi lugar preferido en la casa. Después pasó lo de la mudanza. Nunca más volvimos a tener domicilio estable y por lo tanto lo que extrañaba era aquella seguridad del techo propio. Y a los amigos, más allá de que llegaron otros.

En la cuadra éramos muchísimos chicos. Solíamos jugar al fútbol en la vereda y cuando nos hicimos un poco más grandes podíamos agregar la calle como parte de la cancha. Entonces no pasaban tantos autos como ahora. Él era de River y yo de Independiente. Pero los dos admirábamos al Pato Fillol. Ahora que veo esa foto me acuerdo de que Héctor una vez me mintió. Nunca le dije que descubrí su mentira ni que tuve que hacer un esfuerzo enorme para no enojarme. Por el contrario, callé durante casi cuarenta años. Hasta hoy. Porque ahora lo voy a contar. Que todo el mundo sepa que Héctor, a sus 6 o 7 años, me mintió.

Un domingo después del Mundial ‘78 Fillol formaba parte de las actividades en la feria de La Rural. Había promociones por todos lados y casi no se hablaba de otra cosa. El Pato venía de consagrarse con la Selección. Tal vez haya sido a comienzos del 79. No lo recuerdo con exactitud. La idea era que atajara penales a los chicos. Cualquiera soñaba en esos tiempos no sólo con patearle una pelota, sino aunque sea con estar a su lado. Ni hablar de hacerle un gol o conseguir un autógrafo. Estoy hablando del mejor arquero argentino de todos los tiempos. Tocarlo, verlo personalmente, era lo máximo a lo que cualquiera podía aspirar. Es como que un pibe hoy se saque una foto con Tevez. Sólo que en mi infancia no existían las selfies ni podías ver a tu ídolo con sólo entrar a Google o en esos programas de tele en los que pasan 24 horas de fútbol. A Fillol se lo veía en algún que otro reportaje o en las fotos de los diarios y de El Gráfico. Y pará de contar. Así que Héctor se apareció de buenas a primeras y me dijo sin ponerse colorado: “Ayer estuve en La Rural y ¡le pateé un penal a Fillol!”. Me mintió tan pero tan bien que enseguida agregó: “Lástima que me lo atajó”, como para dar más realismo. Porque sabía que ni yo ni ninguno de los pibes, cuando contara su hazaña, iba a creer que le hizo un gol al Pato. Para que no se sienta mal, lo consolé: “No importa, Héctor. No es fácil hacerle un gol al mejor del mundo. Pensá que por lo menos pudiste patearle un penal”.

Después volví a casa contento porque no pudo hacerle el gol que sí le haría yo cuando me llevaran a La Rural. Toqué timbre y entré a los gritos, pidiéndole a mi mamá que demuestre su amor por mí llevándome a patearle un penal al Pato Fillol. “Héctor estuvo ayer y no pudo hacerle el gol, ma. Yo quiero ir y hacérselo”, le pedí.

-¿Cuándo decís que fue?-, me preguntó.

-Ayer.

-Ah, mirá vos. Porque en la radio están diciendo que piden disculpas porque por un tema personal no pudo ir. Que se pasó para otro día….

Me quedé helado. Tuve ganas de volver a la calle y decirle que era un mentiroso. Quería incendiarlo delante de todos. Que sepan que mentía. Pero no. Me quedé en mi pieza pensando en que yo sí iría a La Rural a patear el bendito penal y le haría el gol al Pato. Mi grito eufórico se escucharía desde Palermo a Mataderos. Pero de momento no dije nada. Pasaron los años. Mascullé aquella bronca durante casi cuatro décadas. En silencio. Ya llegaría el momento. Lo que no imaginaba es que algún día aparecería un muro llamado Facebook, en cuya trampa caeríamos creyendo que los contactos son amigos, y que allí podría exponerlo y contar que me mintió. Que Fillol no estuvo esa tarde en La Rural y que por lo tanto él no le pateó ningún penal. Que los “me gusta” serían su cruz. Y que hay una foto vieja que, desde el pasado, despertaría éste, mi grito silencioso.

Compartir
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInPin on PinterestShare on TumblrShare on RedditDigg thisFlattr the authorShare on StumbleUponShare on VKShare on YummlyBuffer this pageEmail this to someonePrint this page