BASQUET DORADO Y ETERNO

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini.

“Cuando faltaban treinta segundos para terminar, y luego de que Baron Davis -que había promediado más de cuarenta minutos por encuentro en los Charlotte Hornets en la temporada 2001/2002- fallara un triple, el resultado ya era irreversible: el Dream Team iba a caer por primera vez en su historia, y lo iba a hacer a manos de esta Generación Dorada en plena formación”. Estamos en la página 40 de Dorados y eternos (Aguilar), el libro escrito por los periodistas Pablo Pokorski y Matías Baldo. Es, como se agrega en la tapa, la “historia de la gloriosa selección argentina de básquet”. Al llegar a ese párrafo la lectura apenas ha comenzado y uno ya está enganchado. Porque está muy bien escrito. Hay cronología, hay estadística, hay nombres y apellidos y hay declaraciones. Y hay emoción. Me refiero a la emoción que tan bien saben transmitir los autores y que se origina en que los hechos que se describen son de por sí emocionantes.

Aquel triunfo por 87-80 del 4 de septiembre de 2002 ante los Estados Unidos en el Mundial de Indianápolis sirve para graficar un momento histórico de aquel equipo que se inició en el Preolímpico de 1999, en Puerto Rico. Las historias se deslizan. Se grafica la final de ese torneo que se perdió de manera polémica ante Yugoslavia y se recuerda el balance entre la alegría y la bronca y la urgente necesidad de recomenzar ante cada nuevo desafío.

A las anécdotas se suman los recuerdos de los protagonistas. Eso da más fuerza al texto. No pasa lo mismo en otros deportes de elite, como el fútbol, en el que para juntar a, pongamos, cinco mundialistas, hay que hacer malabares. En esa predisposición para hablar se intuye la grandeza y la humildad de estos jugadores que conformaron el que para muchos es el mejor equipo de la historia del deporte argentino.

generacion-doradaEn medio de esto hay lugar para sonreír. Por ejemplo, cuando Rubén Magnano cuenta que le sorprende que los jugadores hayan dudado de su confianza antes del triunfo frente a los Estados Unidos. Los pibes no se mostraban tan esperanzados como el técnico, quien en los resultados demostró que tenía razón. No es menor el recuerdo de la sorpresa al llegar al hotel, donde fueron recibidos como celebridades después de haber vencido nada menos que a los NBA. Y hablando de hoteles, la anécdota de aquella vez en que debieron hospedarse en el de PlayBoy es sencillamente genial.

Pokorski y Baldo cuentan los detalles de cada instancia. Qué jugadores se fueron en cada período y cuáles llegaron. De esa forma, se entiende mejor por qué se logró la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, tras vencer en la final a Italia por 84 a 69. La descripción de la madrugada previa, cuando un grupo de jugadores argentinos -con los nervios a punto de explotar- salió a trotar por las calles, sigue dando para la controversia. Alguno de los entrevistados recuerda que se cruzaron con los italianos, asomados a un balcón, y los cargaron; otro señala que eso no pasó.

“Filmame que voy a fumar y me voy a poner en pedo”, dice Luis Scola cuando en Dorados y eternos se rememoran los festejos en Grecia. Scola será uno de los protagonistas del libro. Tanto como lo es en los Juegos de Río 2016, donde cada noche juega con una pasión envidiable. Eso, por razones de tiempo, no está en el trabajo de Baldo y Pokorski, ya que termina con la clasificación a Río, lograda en México.

“Scola ha sido la bandera de la selección, un jugador que ha postergado vacaciones, descanso y familia por la camiseta argentina. Ha sido el máximo referente, la bandera de un equipo que con él como figura estelar logró numerosas hazañas, como en el Preolímpico de Las Vegas 2007”, me contesta, en resumen, Matías Baldo cuando le pregunto por la influencia del jugador.

Por supuesto que se menciona a cada artífice. No falta la figura de Emanuel Ginóbili, quien por sus condiciones se ha robado el protagonismo en la historia de este equipo. Pero si algo tiene este libro es que hace justicia con el resto. Por eso Scola. Y por eso Pepe Sánchez, Fabricio Oberto, Andrés Nocioni, Hugo Sconochini, Alejandro Montecchia, Carlos Delfino, Walter Herrmann, Leonardo Gutiérrez, Pablo Prigioni, Diego Osella, Rubén Wolkowyski y tantos, tantos más que pusieron todo para lograr su pasaje a la gloria. Pasando, claro, por Rubén Magnano, Julio Lamas y Sergio Hernández, los entrenadores.

Después de las buenas y las malas y de los clásicos con Brasil y otros partidos duros se llega a un análisis final. Escriben los autores sobre la Generación Dorada: “Justificaron por qué otros atletas los admiran y los eligen como ejemplo, dejaron la bandera celeste y blanca bien en alto y demostraron que, más allá de los resultados, tienen una genética dorada y un legado que perdurará a través de los años tanto o más que las numerosas medallas: su filosofía innegociable”.

En estas palabras hay un dejo de despedida, de fin de ciclo. Sobre este punto, me dice Baldo, a manera de análisis: “Es una reflexión que nace a partir de ellos mismos. En realidad la Generación Dorada es el equipo que jugó en Indianápolis y que ganó el oro en Atenas, que se fue extendiendo en el tiempo pero cada vez con mayor participación. Si bien siguen estando Manu, Scola y Nocioni, además de Delfino, que se sumó ahora, el equipo ya no es la GD en sí sino los últimos integrantes que aún resisten. Los propios jugadores reconocen que la Generación Dorada ya no está. Ahora es El Alma, también un poco para sacarle presión a los jugadores. Si mirás la proporción, 10 de 12 en México no eran de la GD y ahora 8 de los 12 no lo son. Además hay otros motivos: los cuatro que suman menos minutos y los chicos son quienes sostienen al equipo. El apodo Generación Dorada ya es historia, ahora es un nuevo equipo con algunos integrantes de esa época”.

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