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UNA CHARLA FUTBOLERA ENTRE CASCIARI, ABRAHAM Y DUCHINI

El martes 6 de octubre se presentó en la librería Gandhi, de Palermo, el libro de Alejandro Duchini, La Palabra Hecha Pelota (Galerna). Fue mediante una charla en la que participaron dos de los catorce entrevistados: el filósofo Tomás Abraham y el escritor Hernán Casciari.

La conversación estuvo buenísima porque ambos invitados utilizaron al fútbol para hablar de otros temas comunes, como la relación con la familia, los padres, los amores, los sueños y las esperanzas. No faltó el humor. Al contrario: sus respuestas ante las preguntas de Duchini generaron risas y permitieron que todo flluya en un ambiente más que agradable.

La charla dura una hora y la pueden ver en esta publicación. Fue grabada gracias a Demián Bello y Sebastián Macchia, dos fenómemos de personas. Si quieren saber más del libro, pueden ingresar a esta nota.

River está de vuelta: qué ganas de llorar

River está de vuelta: qué ganas de llorar

Por Javier Álvarez

River volvió a dar la vuelta, levantó la Copa, alcanzó la cima continental. La lluvia le dio un tono de épica a lo que fue la noche de coronación -más que de un torneo- de una manera de pensar el fútbol, de circular la pelota en el verde césped.

Gallardo, el hombre al que pocos tenían en agenda hace un año y pico, hizo que River recuperara la mística de tirar un taco, dar un pase magistral y colar la pelota en el arco contrario con una clase envidiable.

Dicen que dicen que los números muestran más que la más acabada de las descripciones: 68 partidos jugados, 38 victorias, 23 empates y siete derrotas. Dos eliminaciones al archirival de siempre en seis meses.

Una Copa Sudamericana, la Recopa y ahora… y ahora señores la Libertadores que tanto deseábamos y extrañábamos los que algunas vez lloramos por la Banda, de alegría con Labruna, Distéfano, el Beto, Enzo, Crespo, el Burrito, Salas y sí, otra vez, el Muñe.

Y 68.000 gargantas se lo transmitimos al mundo cuando el volcán de Nuñez entró en erupción minutos antes de las 22:00 de aquel ya histórico 5 de agosto de 2015 que confirmó el pasaporte a Japón con chapa de campeón.

El derrotero del Muñe no es perfecto, como no existe nada con esas condiciones en el mundo real, pero es lo mejor que le pasó al hincha en al menos dos décadas. Y sin lugar a dudas es el resultado de un proyecto grande, que emociona más que la Copa.

Duele pero es necesario y reconfortante recordar que River conoció el infierno hace tres años y desde entonces, con cambios en su estructura institucional, no ha parado de reconstruirse, de mirar para adelante, de ir al ataque.

Gallardo hizo que el equipo jugara bien al fútbol, que impusiera la tenencia del balón y se reordenara rápido, sin timidez, tras algún tropezón para buscar la ventaja necesaria y avanzar, para seguir creciendo.

Con respeto por los ídolos, escuchando a los que saben como Francescoli en la dirigencia o Cavenaghi en el campo de juego, River volvió a ser River, ese viejo conocido en los cinco continentes.

Y, quizás lo más difícil, el DT hizo que los hinchas volvieran a creer que el éxito está en manos de una idea o de una estrategia pensada, planificada, trabajada y aplicada con garra y corazón, que en la suerte o la casualidad.

Los cinco sentidos del hincha dan cuenta que aquí hay un proyecto de reconstrucción que tiene al fútbol como estandarte de una institución que es mucho más que una pelota y once jugadores dejando la vida por la gloria.

River jugará en diciembre el Mundial de Clubes y tratará de enfrentarse al majestuoso Barcelona de Messi en una final posible y, lo que es más entusiasta, en un partido ganable.

Y se vienen más torneos, copas y emociones. Esto sí es River. Volvimos. Que ganas de llorar. Volvimos.

“Todo pasa”, la biografía no autorizada de Grondona

“Todo pasa”, la biografía no autorizada de Grondona

El fútbol, los negociados privados y los contactos políticos en tiempos de militares y de democracia por parte del presidente de la AFA se ven reflejados en un libro que publicado en 2012, pero que desde Libros y Pelotas decidimos reflotar hoy, cuando se cumple un año de la muerte del máximo dirigente del fútbol argentino. Su figura, a pesar de su ausencia física, sigue presente. Tal vez hasta con más fuerza. 

“El hombre de Lacoste no era yo, tampoco Ignacio Ercoli, y sí Rafael Aragón Cabrera. Me lo dijo Eduardo de Luca. Yo le puedo asegurar que nunca anduve con los diferentes gobiernos. En el ’76 los militares me quisieron imponer como candidato a intendente de Avellaneda. El que me lo pidió fue un tal coronel Fernández, que venía de Salta. Le dije que no. Zafé, sin quedar mal, al estar las paredes pintadas con mi nombre como candidato a presidente de Independiente. Y en el ’83 tampoco quise la intendencia que me ofreció Alfonsín”. La declaración pertenece a Julio Grondona, el presidente de la AFA. Se la dijo al diario Página 12, que la publicó el 25 de abril de 2004. La recuerda el periodista Hernán Castillo en su libro Todo pasa (editorial Aguilar), una biografía no autorizada sobre el dirigente. “Me gustó el desafío de escribir sobre Grondona por todo lo que eso significa. Y a partir del libro, no cambiaron muchas cosas respecto de la imagen que tenía de él; pero quizás entendí más su modus operandi. Antes de arrancar la investigación y el repaso de su vida tenía la certeza de que ahí había un muerto en el placard, pero que iba a ser difícil descubrirlo. Terminó el libro y me quedé con esa sensación”, dice el autor, quien describe al directivo como “un negociador increíble. El tipo es brillante, guste o no. No da puntada sin hilo. Tiene claro qué hacer y en qué momento. Sabe todo. Lo utiliza y se jacta de ello”.

Hernan Castillo Todo Pasa“Todo pasa” es un recorrido por la vida de Grondona. Se describen sus primeros años, aquellos en los que se forjó en Sarandí. No falta el recuerdo de la famosa ferretería de esa misma zona sur de la provincia de Buenos Aires: ‘Lombardi & Grondona’, su nominación. Sobre este negocio emblemático se hacen descripciones detalladas. También las hay sobre los tiempos en que ‘Don Julio’ –como le dicen sus laderos- jugaba al fútbol. Su paso por River es uno de ellos. Además se cuenta quiénes son sus familiares más directos y quiénes los más influyentes al momento de tomar decisiones. Pero de aquel pasado ferretero a este presente de gran poder, pasó mucho: “Cuando asumió en la AFA dejó de ser el ferretero. Pese a que muchos de sus manejos siempre fueron coloquiales, casi comunes, siempre”, opina Castillo.

Desde la portada se anuncia que el trabajo (276 páginas) refiere a los negocios, al fútbol y a la política, ítems que marcan su vida. Hay dos apellidos que aclaran el período a tratar: Videla y los Kirchner. “Es el dirigente del fútbol argentino más influyente de su historia. Pero obviamente para perpetuarse en el poder tuvo que transar demasiado. Y se nota. Y se sabe. Y entonces la sociedad lo mira mal. Y con razón”, resume Castillo.

Castillo insiste en comparar al directivo con el doctor Jekyll y con Mr. Hyde, la creación del escritor Robert Louis Stevenson. Menciona aspectos positivos de una trayectoria de más de treinta años, pero además refiere a los negativos. “Grondona fue siempre un hombre ambicioso. Así como llegó a ser uno de los hombres más poderosos del fútbol mundial, desde sus inicios siempre apuntó más”, se lee en el inicio del primero de los diez capítulos, titulado “De la nada hice un club como Arsenal”.

El libro es a la vez un repaso por la historia del deporte argentino desde que Grondona asumió al frente de la AFA; pero sobre todo de la Selección. Hay descripciones acerca de cómo se fue acomodando primero en la AFA y en la FIFA después. Del equipo nacional se recuerdan sus convenientes acuerdos con César Luis Menotti (y su condición de técnico campeón) y su zarpazo por tener a Carlos Bilardo después. Esto, aprovechando el envión que le significaba tener a Diego Maradona de su lado. De Maradona, justamente, describe las idas y vueltas: los abrazos, las peleas, los besos, los cachetazos. Llega, así, a los tiempos de Lionel Messi, el otro jugador del que Julio quiere sacar provecho. En este caso, cuenta el autor, con la ventaja de que La Pulga no tiene el carácter conflictivo de Diego.

Para entender el mundo Grondona, se apela a los recuerdos de sus tiempos en que era presidente de Independiente. Primero, cómo aprovechó una interna política para ganar espacio propio y la presidencia del club. En otro tramo, se recuerda que no le tembló la mano para despedir a su amigo José Omar Pastoriza de la dirección técnica del equipo. Todo porque el Pato había discutido con Ricardo Bochini. “Ese es Grondona en su máxima expresión. Nada ni nadie lo desvía de su objetivo”, sostiene Castillo al recordar ese episodio.

“Tiene todo tan controlado que nadie se anima a un ‘golpe de Estado’. Antes del día de la votación de temas importantes hace un repaso con cada uno de los presidentes de los clubes y arranca su operación para que todo salga como él quiere. Nada se sale de curso. Cuando quisieron armar una movida en su contra, siempre apareció algún ‘arrepentido’”, contesta cuando se le pregunta por qué tantos dirigentes que lo critican por lo bajo levantan la mano bien alto y en su favor cuando hay que votarlo.

Un detalle que a esta altura resulta emblemático es el del anillo que lo acompaña siempre. Tiene escrita la leyenda que dá título al libro. Es un regalo del dirigente ultra grondonista Noray Nakis, quien alguna vez intentó dirigir a Independiente. En estas páginas se recuerda cómo se gestó, qué le pasó y por qué hubo que cambiarlo.

Hay espacio para un repaso por los apellidos de los dirigentes políticos y deportivos que se animaron a enfrentarlo. Casi siempre sin éxito. El crecimiento de la violencia en las canchas es otro de los ítems que se trata. Tal vez la mancha más grande en la gestión de Grondona. Sin embargo, sigue al frente. “Todo pasa” sirve para repasar las heridas dejadas por quien se acomodó en el país –con los sucesivos gobiernos-, en los clubes –a través de sus responsables- y en la FIFA –con su vicepresidencia-. Sirve, entonces, la conclusión de Castillo: “Grondona seguía en la suya. Eterno, como siempre. Mirando al costado cuando le conviene. Especulando. Negociando. Buscando aliados donde antes había enemigos. Ni una señal de alarma pareció habérsele encendido después del papelón de su última reelección. ¿Última? En realidad ya nadie se animaba a asegurarlo. Grondona, ese Dr. Jekyll que se transforma en Mr. Hyde en el momento exacto, no dio jamás lugar a ese tipo de especulaciones”.

Se viene un nuevo libro

Se viene un nuevo libro

Hace casi dos semanas, el sábado 10 de enero, y después de casi un año de mucho laburo, entregué a Gonzalo Garcés, escritor y mi editor en Galerna, un libro con catorce entrevistas. Catorce personas de diferentes ámbitos de la cultura que hablan, casi exclusivamente, de fútbol. Aclaro “casi exclusivamente” porque en estas conversaciones, que fueron larguísimas y que en varios casos necesitaron de más encuentros, la temática se fue hacia otros temas. Pero el disparador siempre fue el fútbol.

La lista de entrevistados la componen Tomás Abraham, Pablo Alabarces, Ariel Scher, John Carlin, Hernán Casciari, Julio Frydemberg, Eduardo Sacheri, Mónica Santino, Miguel Rep, Teté Coustarot, Horacio Elizondo, Osvaldo Bayer, Juan Sasturain y la Mona Jiménez.

Elegí al fútbol como tema porque es una actividad que va más allá de lo deportivo. Es algo que a los argentinos nos referencia. Se lo puede amar u odiar, pero el fútbol está presente en cada cosa que se hace en este país. En lo personal, me toca desde que tengo uso de razón. Por lo que pude ver, a muchísima gente más le pasa lo mismo. De eso quería hablar con los entrevistados.

Empecé, si mal no recuerdo, en marzo, hablando con Casciari y Abraham. Quería entrevistar a personas que yo admiraba por distintos motivos. Coordinar cada encuentro no fue sencillo. A Casciari, por ejemplo, no lo pude encontrar en Buenos Aires. Cuando estuvo fue por poco tiempo y con compromisos pautados de antemano. Hicimos una primera charla, larguísima, por Skype. Y después, otra. Recuerdo que en la primera yo andaba con Malena en brazos, dormida. Tenía tres o cuatro meses. Quedamos en que si se despertaba la seguíamos en otro momento. Male no se despertó. Después hicimos una segunda charla, en las mismas condiciones. Un fenómeno, Casciari. Me dio todo el tiempo del mundo. Y más. Después fui a verlo a Abraham y la charla resultó jugosísima. Escucharlo fue un lujo.

En un momento dudé en seguir con el proyecto: no sabía dónde publicarlo y algunas entrevistas costaba concretarlas o se demoraban más de la cuenta. Ahí aparecieron amigos que me alentaron a seguir. Hasta que un lunes de septiembre pasado me crucé con Gonzalo y salió tema de ese libro futbolero. Me dijo que le gustaba la idea, que lo quería publicar en Galerna. Entonces ya tenía siete u ocho notas. Me pidió que le mande algunas. Se las mandé y su respuesta fue esta: “Tengo novedades: me parecieron excelentes las dos entrevistas que me mandaste. Me gustaría ver más. Me parece un libro posible para sacar en el primer semestre del año que viene”.

Mi idea era llegar a once. Hacer un equipo de fútbol. Pero me embalé y se empezaron a concretar cada vez más. Llegué a las catorce. Ese número final es arbitrario. No tiene una explicación.

De cada entrevistado aprendí algo. A algunos los conocía por mis notas periodísticas, pero otros eran un misterio. Miguel Rep, por ejemplo. Resultó un fenómeno. El mejor dibujante de Argentina no tuvo nada de vueltas para hablar. Fue por de más generoso. Cuando terminamos la larga entrevista, durante la que nos reímos muchísimo, me dijo: “Después de que desgrabes, si querés preguntarme más cosas, llamáme y nos vemos de nuevo. Yo creo más en la repregunta que en la pregunta”. Acepté su propuesta. Juntarme dos veces con Teté Coustarot fue un gran placer. Su tranquilidad para conversar hizo que nuestro encuentro saliera de la forma más displicente posible. Lo mismo me pasó con Mónica Santino, cuya historia me resultó muy enriquecedora: conocí en ella a alguien que lucha por lo que sueña más allá del que dirán y de las barreras que le pongan. Eduardo Sacheri fue otro placer. Carlin fue más que generoso: cuatro charlas a primera hora de cada día para combinar los horarios de Londres y Buenos Aires. De Alabarces no puedo dejar de destacar que escucharlo sirve para que uno repase puntos de vista para cambiarlos o confirmarlos. Ni hablar de Osvaldo Bayer, uno de los últimos entrevistados. Nos juntamos en su casa, en Belgrano, poco antes de que se suba a un avión que lo llevaría a Alemania. Frydemberg fue otro gusto que me di: me habló con una paciencia tremenda de los años 20 del siglo pasado, cuando el fútbol se empezó a poner de pie y ya no paró de crecer. La paciencia, la amistad y el conocimiento de Ariel Scher enriquecieron no sólo el libro –estoy seguro- si no a mi persona. Con Horacio Elizondo nos encontramos una mañana en Luján. Casi tres horas de charla. Cuando terminamos me dijo que habló de sentimientos propios como nunca antes. Nos agradecimos mutuamente. Juan Sasturain fue otro fenómeno: en el bar del centro en el que nos juntamos nos reímos bastante y nos pusimos serios al recordar a otros dos futboleros: Fontanarrosa y Soriano. Y por último, la Mona Jiménez. Horas y horas: su generosidad no tuvo límites. Empezamos como artista y periodista; terminamos como si fuésemos amigos.

Cuando se termina de escribir un libro –al menos en mi caso- uno siente que no se terminó. Que se podrían hacer otras cosas. Pero en algún momento hay que respetar no sólo el punto final, sino los tiempos del editor. Así que el sábado pasado pulsé stop y lo mandé. En unos meses, La palabra hecha pelota estará en la calle. Ojalá les guste.

Malena cumple años

Malena cumple años

Cortázar escribió una vez que ser feliz de chicos es un mal comienzo para la vida. Que uno se acostumbra a eso, a las cosas buenas, pero que después vienen los verdaderos golpes, inesperados, duros. Algo así es lo que le hace decir a uno de los personajes de Los premios. Me acuerdo de eso ahora que mi hija Malena cumple un año y la veo reírse todo el tiempo. Me pregunto qué futuro le depara, cómo serán sus próximos años, hasta cuándo seguirá sonriendo así, con esas ganas tan naturales. Cuál será el primer nocaut que recibirá. Cómo se llamará su primera amiga. Quién de todos sus amigos será el primero en traicionarla. Qué pena entre todas las penas la marcará para siempre. Cómo será la historia de amor que le mueva el piso. En qué momento la risa –su risa constante de ahora- menguará hasta convertirse en una llamativa excepción, como nos pasa a casi todos. Qué preocupaciones la ocuparán. ¿Qué Malena le devolverá el espejo?

Los hijos nos enseñan a ser padres pero nosotros no podemos enseñarles a ser hijos. Les tiramos pautas, les damos consejos sobre cosas de las que muchas veces no tenemos ni idea y podemos a lo sumo acompañarlos. Suelo decirle a Malena que “no” cuando estira su mano hacia el cajón de los cds o al estante de la biblioteca que está a su altura. Ella me mira y se queda a medio camino, pero a veces sigue de largo para ver hasta dónde llega mi límite. La estoy cargando con demasiados “no”, pienso. Pero si hiciera lo contrario ya hubiese rayado un compact de Spinetta o el Into the wild de Vedder, o habría roto la tapa de La novela de Perón o arrancado una página. Todo eso porque camina desde poco antes de sus once meses. Se escapa hacia cada rincón en el que descubre algo. Y cada cosa que hay en su camino es un descubrimiento. Entonces uno se alegra de que sea así, pero también es un peligro dentro de sus lejanas fronteras que son las paredes de un departamento. Ya pusimos la red en el balcón, las tapitas para los enchufes, nos acostumbramos a cerrar la puerta de cada habitación para que no entre sola, trabamos los cajones de la cocina, sacamos los imanes del frente de la heladera para que no se los coma (parece que le encantan; los mastica como si fuesen helados de chocolate) y hasta escondimos cualquier otra cosa que se pueda llevar a la boca. Así y todo, la casa es un peligro latente.

IMG_20140727_120246666_HDRDe este primer año de Malena, voy a escribir sobre la tarde del 13 de julio, cuando lloró como nunca. Fue el día de la final del Mundial de Brasil. En casa estábamos los tres: ella, su madre y yo. Mirábamos el partido y no pasaba demasiado. Hacía frío y el día se iba. Podía ser un domingo triste, pero el fútbol suele atajar la tristeza dominguera. Claro que cuando se pierde el partido más importante de un Mundial no hay nada que detenga esa frustración. Pero para eso todavía falta. Sigo. Malena, que tenía seis meses, acababa de dormirse en mis brazos. Yo la paseaba por el comedor mientras miraba la televisión. Iban 0 a 0 y de repente Higuaín hace un gol y sale a la carrera para gritarlo junto con todo un país. Fue un segundo, sólo un segundo. Nada más que eso. Tal vez menos. Medio segundo, inclusive. Vi al Pipita corriendo y no pude menos que gritar lo mismo que él: “Gooooooooooooollllllll”, como un desaforado. Mi grito fue más fuerte y más intenso que el “guardiaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassss” de Diego Torres en La Furia. No me salió de la garganta. Me salió del fondo del estómago. Tal vez del corazón. Las vibraciones sonoras atravesaron mi garganta y se mezclaron con el mismo ritual de los vecinos. Sólo que mi “gooooooooooolllllllll” despertó a Malena de su siesta. Ella gritó pero por miedo, por terror. Lanzó un suspiro que parecía venir de lo más profundo de su siesta. Desde ahí, no dejó de llorar. Los lagrimones le caían como si fuesen las Cataratas del Iguazú. Empezó a contorsionarse de tanto espanto. La madre casi me mata: creo que me dijo algo así como “¡qué pelotudo!” mientras me sacaba a la nena y la acurrucaba en sus brazos. Malena seguía llorando, su mamá me miraba como si me quisiera asesinar y yo me quería matar porque el árbitro decía que no, que era off side y que el gol no valía. De repente estábamos los tres en sintonías diferentes. Male tardó en dejar de llorar. Los suspiros le duraron mucho más. La madre dejó de hablarme y un rato después el que tenía ganas de llorar era yo. Alemania ganó la final y el mundo se me venía abajo.

No sé si Malena será futbolera. De momento, por las dudas ya le compré la camiseta de Independiente y le saqué unas fotos con la pelota del club, que es de su hermano Santiago. Para convencerla de que sea del Rojo, no le diré que cuando estaba en la panza de su madre nos fuimos a la B ni que ascendimos a poco de que naciera. Tampoco le contaré que hace años que dejamos de ganar campeonatos ni que a la primera cancha de cemento de Sudamérica, que fue nuestro orgullo, la tiraron abajo para levantar otra –en el mismo lugar- que parece armada con piezas de Lego. De todo eso deberá darse cuenta sola. Si no es futbolera, no habrá pasado nada. Si se hace del Rojo estaré tranquilo porque sé que es difícil que alguien cambie de club y posiblemente no haya vuelta atrás. Si de todos modos así lo quiere, podrá hacerlo.

Es lo de menos, en realidad. El club de fútbol o la Selección son intereses íntimos y personales que nos ocupan mientras a nuestro alrededor ocurren cosas importantes de verdad. Como que Malena cumpla un año, por ejemplo. O que camina y se ríe e intenta decir sus primeras palabras. Aunque no estaría de más que una mañana de éstas, mientras desayunamos, me mire a los ojos, me sonría y me diga algo así como “papá, te quiero, sos el mejor del mundo y encima soy del Rojo”.