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LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

LA APASIONANTE HISTORIA DE LAS MARCAS DEPORTIVAS

Por Alejandro Duchini. Apenas el fútbol y muy pocos otros deportes contaban, a fines del siglo XIX, con calzado deportivo propio. Las botas de fútbol que se fabricaron en Inglaterra hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial eran de cuero rígido y pesado. Cada una pesaba medio kilo. Eran incómodas y de caña alta para proteger los tobillos. Estaban reforzadas con acero en la punta. Pesadisimas, si llovía era insoportable moverse con ellas. Después les agregaron tapones de metal. Recién a comienzos del siglo XX, cuando el fútbol ya era más popular, irrumpieron nuevas marcas, más competencias y mejores modelos. La anécdota la cuenta detalladamente el periodista e investigador en marcas deportivas Eugenio Palópoli en su libro “Los hombres que hicieron la historia de las marcas deportivas” (editorial Blatt & Ríos). Un libro que sirve para conocer cómo se crearon Adidas y Nike, cómo hizo Puma para salir de la bancarrota y colocarse en la actualidad en la tercera marca deportiva mayormente elegida y de qué manera otras empresas cuidan con recelo (y buenos modelos) su lugar en el mercado mundial.

Pero no es sólo eso. Palópoli detalla qué hubo detrás de éstas marcas: el odio entre los hermanos alemanes Adolf y Rudolf Dassler los llevó a crear Adidas y Puma. Nike era apenas una distribuidora de un calzado japonés antes de convertirse en la multinacional que conocemos: sus directivos tomaban cada decisión en medio de fiestas con borracheras que asemejaban más la adolescencia que la adultez. A Le Coq Sportif la crearon para engañar a familiares. La FIFA fue fundamental para el crecimiento de Adidas y los deportistas de la NBA con mayor proyección fueron la gran y millonaria apuesta de Nike para ganarse el máximo lugar en el mercado.

-Empecé con un blog que se llama arteysport.com hace como diez años, como hobbie. Junté información sobre cosas que me llamaban la atención desde chico y cuando me quise dar cuenta tenía un montón de historias.

Así cuenta Palópoli el surgimiento de lo que sería el libro de 400 páginas que se lee como una novela.

-¿Qué te llevó a investigar y escribir sobre las marcas deportivas?

-Me gustaba el fútbol. Me llamaban la atención la indumentaria, los jugadores. Encontré información e historias sueltas que publicaba sin mayor repercusión. Hasta que descubrí que se publicaban libros en otros países sobre estos temas. Me di cuenta de que tenía cada vez más información que no había en castellano. Cuando junté todo el material empecé a escribir el libro.

-¿Cuál fue la historia, detrás de las marcas deportivas, que más te llamó la atención?

-La de los hermanos Dassler. Había alrededor de ellos información desconocida. Empezaron juntos, se pelearon, crearon Adidas y Puma. Se la pasaron compitiendo. Creo que es una historia muy interesante que sintetiza todo.

-Alrededor de cada marca deportiva hay una historia. ¿Sentís que tenés una potencial novela, además de un libro de información?

-La de los hermanos Dassler sistematiza las leyendas urbanas sobre las dos marcas. En ese caso puntual, quise saber qué de todo lo que se decía y dice de ellos era cierto y qué es fantasía. Su historia es apasionante porque además había un contexto histórico. Esa historia se hizo luego más conocida. Incluso hay una serie en Alemania sobre la familia. Y creo que otra en Estados Unidos. En ese punto coincido en tu pregunta.

-¿En dónde encontraste un punto máximo de asombro?

-En la historia de los fundadores de Nike. Me sorprendió que su origen haya sido muy humilde. Hoy Oregón es una zona más en boga, más a la altura de las ciudades avanzadas. Pero en esos 60 o 70 era un lugar curioso, sin relevancia económica ni cultural. La empresa empieza como importadora y después como marca propia. Y Phil Knight lideró a un grupo de personas muy particular. Casi todos de la Universidad de Oregón. Hoy Nike es muy poderosa, pero debieron atravesar mucho para ser lo que son. Era una empresa que siempre estuvo al borde del precipicio. Recién en los 80 se transforma, cotiza en bolsa. Surgió como un proyecto de loquitos universitarios, excéntricos, que tienen sus crisis, sus problemas. Pero una vez que se instala, Nike no suelta más el número uno.

-Otro caso llamativo.

-Que hoy se llama cultura corporativa, donde hay excentricidades, gente muy rústica, si se quiere. En su mayoría abogados y contadores, pero de lugares marginales, como Portland, en Oregón. Un costado tal vez salvaje, con gente dispuesta a sacrificar todo por su sueño. Alguno hasta murió de un ataque al corazón de cómo vivía. Se laburaban todo. Eran como una especie de cruzados, una especie de secta. Todo por alcanzar a Adidas.

-Y lo que era una marca deportiva se transformó en símbolo cultural.

-Más hacia la actualidad puede ser que ese espíritu de Nike sea como una fuerza contracultural, de rebeldía. Eso viene del fondo de esa historia. Nike propone contratos muy caros a deportistas, algo que no se hacía. Casi que pone la marca al servicio del deportista. Un caso es el de Michael Jordan. Eran contratos polémicos. Pero a la larga fueron un salvavidas.

-¿Qué fue más importante en el crecimiento de la industria del deporte? ¿Las marcas o la actividad en sí?

-Es difícil determinar eso. Hay como una interacción. Hoy se vuelve a discutir el rol de la marca. El caso de Colin Kaepernick es un ejemplo. Nike lo tomó como emblema. Son combos sociales y culturales que hay en Estados Unidos. El empoderamiento femenino es un ejemplo: en los 90 Nike tuvo que pensar en productos para mujeres. Esto que hay ahora demuestra que siempre se produce un ida y vuelta. Creo que las empresas tuvieron más peso para imponer sus necesidades en el mercado. También lo hizo Adidas. Cuando Dassler se relaciona con la FIFA, Adidas demuestra que tiene influencia en el mundo del deporte y, sobre todo, en el del fútbol. Las marcas parecían tener mayor peso para imponerse. Hoy me da la impresión de que con la pérdida de influencia por parte de los grandes medios y la aparición de las redes sociales debieron aprender a dialogar con la sociedad y manejarse de otra manera: no imponer tanto sino responder a las necesidades de la gente.

-¿Innovar constantemente?

-Hoy la innovación de las marcas no tiene sólo auge en lo deportivo, sino más en la moda. Casi que se volvieron productos de diseño. Incuso trabajan con diseñadores de moda importantes. Se hace más énfasis en el mercado informal que en el deportivo.

-Esto me recuerda a la transformación de Puma.

-Claro. A mediados de los 90 Puma estaba muerta. Su situación financiera era malísima. Los bancos que se quedaron con la marca no sabía qué hacer. Y empieza a repuntar a mediados de los 90. Sin figuras deportivas pero con un espíritu cultural algo indie. Puma fue para ese lado. Aunque tarde, salió a buscar equipos de fútbol porque se dio cuenta de que descuidó ese costado. Empezó con el Arsenal inglés y recuperó protagonismo. Las marcas tienen sus altibajos, sus crisis internas.

-Otro caso emblemático es el de Asics.

-Es una marca japonesa con una cultura muy distinta. Es una marca que nunca tuvo ambición de ser la número uno, como quisieron Adidas o Nike. Asics más bien tuvo un estilo más enfocado en lo técnico. Incluso hoy, siendo sociedad anónima, se enfoca en productos que suelen apreciar los especialistas. Tiene, por ejemplo, una muy buena reputación en running. Progresó con menos altibajos, pero se limita en cuanto a que a veces le cuesta entrar en nuevos mercados. No pudo entrar en el fútbol, por ejemplo, pero sí en el rugby, donde auspicia a equipos importantes. Pero parecen iniciativas más aisladas que persistentes.

-¿El mercado argentino de qué lado está?

-Al menos en Argentina siempre me dio la impresión de que Adidas tenía una imagen muy buena. Sobre todo porque llegó al país pronto: la trajo Gatic en 1971 o 1972. O sea, hace mucho. Y Gatic fue la que revolucionó al mercado argentino de los deportes: Adidas estuvo en casi todas las disciplinas. Y prácticamente en todas las disciplinas olímpicas. Para mi generación Adidas era un producto de calidad superior. Tal vez lo mismo ocurrió con Le Coq, que en su momento trajo Gatic y que se relaciona con buenos recuerdos por la Selección del 86, que fue campeona mundial con Maradona. Después Nike genera una buena imagen a nivel social: la del renegado. Cada marca con su estilo atrae por igual. Se puede preferir a una u otra de acuerdo a las necesidades personales.

-También hay lados oscuros, como los vínculos de Adidas con la FIFA o el Comité Olímpico Internacional.

-Son cuestiones que van más con los negocios modernos. Esas historias ocultas no trascienden tanto. Pero existen.

-¿Cuál es tu marca deportiva preferida?

-No tengo una preferida. Uso de todo. Pero cuando se trata de usar algo busco lo mejor. Salgo a correr y juego al fútbol una vez por semana. En calzado, debido a la sensibilidad del pie, busco lo que me hace sentir cómodo. Hoy elijo New Balance. En cuanto al fútbol me gustan las camisetas más allá de las marcas: tengo una colección de ellas.

-¿Qué vuelve interesante este tipo de historias?

-En primer lugar, que sean historias de gente común, de familias con proyectos, conflictos, quilombos. Y que dejaron un legado. Además, son al mismo tiempo la historia del deporte: los Juegos Olímpicos del 36, el deporte moderno, con sus grandísimos eventos. Es al mismo tiempo la historia de productos que usamos todo el tiempo para practicar deportes o para vestirnos informalmente. Es la historia de las cosas que usamos y de las que no solemos tener bien en claro de dónde salen.

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

LA HISTORIA DE UN LIBRO ESCRITO CON LA CAMISETA

Por Alejandro Duchini. La final de nuestras vidas, de Andrés Burgo, es un libro escrito en caliente: semanas antes de la definición de la Copa Libertadores 2018 entre River y Boca, la editorial Planeta le propuso a dos periodistas-escritores contar el antes, el durante y el después de la final. Juan José Becerra por el lado de Boca, Andrés Burgo por el de River. Sólo después de la revancha se sabría cuál afrontaría los casi 200 mil caracteres de texto en tiempo urgente. Ganó River, le tocó escribir a Burgo.

“El que ganaba escribía el libro”, me dice Burgo a escasas horas de que La final de nuestras vidas esté disponible en papel y electrónico. El superclásico copero mantuvo en vilo al país por distintos motivos. Una lluvia postergó la primera final, en La Bombonera, por 24 horas (2 a 2 el resultado). Para la revancha, el ataque nunca aclarado al micro con los jugadores de Boca, a pocas cuadras del Monumental, llevó a la suspensión para el día siguiente, cuando se volvió a postergar ya con el público en la cancha. Días después se resolvió que el escenario sería el Santiago Bernabéu. Los presidentes de Boca, Daniel Angelici, y de River, Rodolfo D’Onofrio, se terminaron peleando. El presidente de la Nación, Mauricio Macri, intervino al afirmar que ambos encuentros se jugarían con hinchas visitantes para mostrar al mundo de lo que somos capaces los argentinos. “Vamos a hacer que esta final tenga todos los condimentos que tuvieron otras finales en otro momento de la Argentina”, anunció. Y agregó: “Esta oportunidad histórica la tenemos que inmortalizar con un espectáculo completo y completo es que haya hinchada visitante”.

Nada de eso fue posible. La final de nuestras vidas (o la de los hinchas de River y Boca) la disfrutaron en la cancha los españoles y la miramos por televisión los argentinos. Salvo, claro, aquellos que viajaron a Madrid. Entre ellos, Burgo. 

“Al principio dudé porque había que entregar el libro diez días después de la final. Me preguntaba qué podía contar. Era difícil. Pero después me dije que sí, que era la gran final de mi vida. Y eso que en un momento decía lo mismo que la mayoría: que no había que sumarse al circo de llevarla a otro país. Pero el miércoles previo al partido en el Bernabéu entendí que quería estar, que tal vez nunca iba a vivir algo así. El jueves decidí viajar a España, llegué el domingo a las 7 de la mañana a Barcelona, de ahí me fui a Madrid y llegué como a las 13.30. Conseguí una entrada y fui como hincha, no como periodista. En todo caso fui como posible autor de un libro, si ganaba River”, cuenta Burgo.

También define que “es una crónica visceral de 40 días que fueron un delirio. De hecho, en un capítulo cuento desde las intervenciones de Macri a las de la comunidad judía para que no se juegue. También apelo a la primera persona. Porque soy hincha y ser hincha de un equipo de fútbol es un poco reconocer los miedos: estábamos todos aterrados. Para los de River, perder ese partido era un jaque mate. Si nos daban la vuelta olímpica en nuestra cancha… de ésa no volvíamos. River no volvía de eso”.

En La final de nuestras vidas, Burgo cuenta además la historia de las primeras rivalidades entre los hinchas, cuando convivían en el barrio de La Boca. Hurga en recortes de archivo y llega a los últimos tiempos, cuando sucedió aquello del gas pimienta “que marcó un quiebre en la relación entre River y Boca y que recrudeció mucho con los quilombos de Avenida del Libertador y Quinteros”, opina. Pero sobre todo, el libro es una crónica de cuarenta días que mantuvieron en vilo no sólo al ambiente futbolero sino al país en general: “En un momento era tal el caos que creo que la Argentina entera cabía en el partido”, sonríe.

Si se le pregunta acerca de si recomienda la lectura a los de Boca responde: “Por decoro no se la recomendaría. Les va a doler. La herida está abierta. Porque en ningún momento traté de ser binario”. Y refiere a su libro anterior, Ser de River, en el que cuenta su dolor al acompañar al equipo de sus amores por su periplo en el descenso. “Entonces lo leyeron hinchas de otros clubes: daba igual que seas o no de River. Pero en este caso, no lo sé. Ser de River era un abrazo en medio del dolor. Este es una cerveza de verano. De momento, un hincha de Huracán me dijo que La final de nuestras vidas le gustó. Pero la verdad es que no sé si es sólo para los de River”.

Para Burgo, el hincha de River aún “está en el cielo” porque la Libertadores ante Boca “es más de lo imaginado. Así como nos cargan por el descenso, ganarle la Copa al clásico rival es la estratósfera de la felicidad. Sabíamos que River era nuestra felicidad diaria, pero no sabíamos que nos podía hacer tan felices. No sabía que el fútbol te podía hacer tan feliz”.

Su amor riverplatense le impidió a Burgo disfrutar de los últimos minutos de la final. Recuerda: “Al momento del tercer gol quedé medio en blanco. Por eso el libro empieza recordando los minutos que pasan entre el gol de Juan Fernando Quintero y el de Pity Martínez. En un momento dejé de ver el partido. Cuando terminó le pregunté a un amigo un par de cosas porque estaba perdido. Por ejemplo, la del palo no la ví. Me la contó un flaco. Yo me agachaba para no ver. En ese tiro en el palo tuvimos la suerte del campeón”.

El nervio acumulado lo llevó a la confirmación íntima de que, además de tener que volver a Buenos Aires a escribir con las urgencias del periodismo, ya tenía el título: “Cuando terminó el partido pensé que tenía que ser ése: La final de nuestras vidas. Porque sí, fue la final de mi vida”.

¿Cómo queda ahora la cosa con las cargadas de la B por parte de los hinchas de Boca?, le pregunta este diario a Burgo. Y contesta: “¿La cargada por la B? Esto es un retruco. Ellos dirán una; nosotros, otra. Ahora lo que queda es la eterna discusión de qué es peor. Evidentemente acá hay para responder: el partido que tenía que ganar, te lo gané”.

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

VÉLEZ Y HURACÁN: DIEZ AÑOS DESPUÉS, LA REVANCHA SE JUEGA EN UN LIBRO

Por Alejandro Duchini.- El 5 de julio de 2009 se cumplieron diez años de un partido histórico: en la última fecha del Clausura 2009, el Huracán de Ángel Cappa visitaba al Vélez de Ricardo Gareca. Con un empate, era campeón. Pero los de Liniers, y más allá de las polémicas -que las hubo-, hicieron valer su poderío y regularidad, ganaron y se quedaron con el título. Los periodistas Pedro Fermanelli y Marcelo Benini recuerdan aquella tarde en La final bastarda, un libro que publicaron de manera autónoma y en el que cuentan con detalles lo que envolvió a esos 90 minutos. Como el hecho de que el árbitro Gabriel Brazenas no volvió a dirigir. Casi una década después lo encontraron. Hubo diálogo y también una invitación a pelear. “Ya saben dónde encontrarme”, les desafió el ex juez que convalidó el gol de Maxi Moralez a los 39 minutos del segundo tiempo. Un segundo antes, el ex Huracán Joaquín Larrivey había chocado con el arquero Gastón Monzón, quien se quedó protestando la jugada, y Moralez aprovechó para convertir. Así, Vélez sumó así 40 puntos contra los 38 de Huracán y de Lanús.

El mismo Monzón, que cayó en el ostracismo, habló con Fermanelli y Benini. Al arquero aún le dura el encono por ese partido que se jugó en un Amalfitani repleto. La mayoría de los espectadores asistieron con barbijos debido a la amenaza de una epidemia de gripe. Incluso, unos cuantos espectáculos públicos habían sido suspendidos. Con historias jugosas, los autores invitan a una lectura placentera y abundante en datos: entrevistaron en los últimos tres años a los protagonistas y personajes secundarios y en algunos casos influyentes (más de 120 notas), buscaron archivos y analizaron situaciones. La final bastarda fue gestionada por ellos mismos y para adquirirlo se puede contactar a los autores a través del mail lafinalbastarda@gmail.com. Una manera concreta de apoyar al buen periodismo independiente.

Fermanelli niega ante Libros y Pelotas que el libro sea una reivindicación del juego de aquel Huracán de Cappa: “En todo caso lo reivindica el hecho de que dos personas nos hayamos puesto a investigar los detalles de aquella historia, porque convengamos que Huracán no es una fuente habitual de libros periodísticos, sobre todo si hablamos de libros no partidarios. Dicho esto, es bueno aclarar que no es una oda al Huracán de Cappa. Damos una mirada de cómo se generó aquel fenómeno, cuál fue su recorrido y cómo terminó, pero no a modo de homenaje. Las idealizaciones suelen atrofiar los sentidos. Para mi gusto, mucho más valiosos que los adjetivos rimbombantes son las descripciones, las escenas, los datos narrados y la reproducción de diálogos reales. Además, por suerte existe YouTube, que preserva cierta memoria audiovisual de aquella campaña y permite a cualquiera, desde una pantalla, disfrutar de lo que hacía aquel equipo en la cancha. ¡Y eso es más divertido que leer sobre la triangulación de Bolatti, Defederico y Pastore!”. Y agrega Benini: “Claramente no es un libro reivindicatorio de Cappa, a tal punto que su figura apenas atraviesa el relato. Lógicamente recordamos el armado y la campaña de aquel equipo, porque sería forzado omitir su significado para el fútbol argentino, pero nuestro objetivo fue otro. Simplemente buscamos responder qué ocurrió el 5 de julio de 2009 y terminamos conociendo la lógica perversa de un sistema que no tenía como eje la justicia deportiva”.

De las charlas con entrevistados, Benini recuerda un momento álgido: “Durante algunos meses mantuve contacto con Brazenas, pero después de un entredicho me invitó a pelear. No volví a hablar con él. Es una persona áspera, impresión ratificada por la mayoría de los entrevistados”. Y continúa Fermanelli: “El denominador común en las entrevistas que hicimos con Brazenas por separado fue cierta arrogancia, sobre todo cuando habla de que los periodistas somos todos vagos y sólo googleamos. A ver: no es que nosotros vayamos a hacer una defensa corporativa del gremio, pero en definitiva la expresión, que no tengo dudas fue una provocación pensada con anterioridad y ejecutada en esos dos momentos, causa el mismo efecto que si yo le dijera ‘ustedes los árbitros son todos delincuentes’. Y lo que demostramos es que se puede hacer periodismo sin necesidad de googlear”.

“Lo que todo el mundo quiere saber es si en aquel Vélez-Huracán el árbitro estaba puesto, como se dice en la jerga futbolera. Yo creo que el libro va mucho más allá. Si el libro fuera solamente eso, lo podríamos resumir en un tuit: ‘tal persona recibió de parte de tal otra un dinero para que ocurriera tal cosa’. Y nos sobrarían caracteres. Esto no es una noticia, sino un libro donde hay una historia grande, coral, con sus respectivas texturas y matices. Creo que ninguno de esos dos equipos se merecía una final así, porque, con su estilo, los dos jugaban muy bien”, resume Fermanelli, quien agrega: “Quedó opacada la definición porque dos miembros de la terna arbitral desnaturalizaron el partido”. “Creo que es un título viciado, por el desarrollo irregular que tuvo la final. Brazenas no debió dirigir esa final. Estaba impedido por no rendir la prueba física y porque técnicamente era un árbitro deficiente, que había sido parado más de diez veces en una carrera de apenas siete años. En ese contexto, lo que ocurrió terminó siendo previsible”, completa Benini.

“Me costó volver a ver el partido y tuve que hacerlo casi diez años después, cuando escribimos este libro. Ahora que creo entender lo ocurrido, pude cerrar esa herida”, dice Benini desde su afecto por el Globo. Fermanelli, en cambio, aconseja: “Está bueno hacer el ejercicio de mirar ese partido de diferentes formas. Por ejemplo, sin volumen, para no contaminarse con la opinión de un tercero; con el audio de la transmisión oficial, con los comentarios de radios… Es increíble la cantidad de información nueva que surge cuando se hace ese ejercicio con semejante nivel de obsesión”.

UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

UNA NOTA SOBRE LA AMISTAD QUE NO HABLA DE ICARDI NI DE AMELI

Por Alejandro Duchini.- Una buena canción sobre la amistad podría ser Adiós, amigos, adiós, de Andrés Calamaro. Está en su mejor disco, Nadie sale vivo de aquí, con el que despidió los años 80 y se despidió, además, de una Argentina que no le daba pelota. Se fue a España, armó Los Rodríguez y volvió con la frente en alto en los 90. Aquel disco es de 1989, año en que yo terminaba la escuela secundaria. Recuerdo que mi canción del viaje a Bariloche fue Ni hablar, tema de difusión con el que abría el Lado B. Adiós, amigos, adiós cerraba el Lado A. Era una canción de borracheras, acorde a los tiempos de una adolescencia como la nuestra, testigos de la explosión del rock nacional. Soy de los que crecieron con Serú Girán, el mejor García, Soda Stereo, Zas, Virus, Sumo y Los abuelos de la nada, entre otras bandas. Padecimos el miedo a la dictadura, sufrimos con Malvinas y celebramos a Alfonsín y al mejor Maradona.

Con la voz pastosa, como patinada (tal vez al grabarla Calamaro estaba borracho de verdad), la canción invitaba a la esperanza del nuevo día. Aquella esperanza que sigue al descontrol que terminó. Con mis amigos del barrio, en Liniers, nos identificaba aquello de “esta vez soy yo / que se queda en silencio y en soledad” y que “no importa pues sé que la noche / no tiene principio ni tiene final”. Nos pasaba eso que decía Calamaro: “La fiesta ya terminó / adiós, amigos, adiós / déjenme solo / que alguien seguro compartirá el ultimo trago”.

1989 fue un año que tuvo sus cosas buenas porque no sólo terminaba el colegio, sino que Independiente había sido campeón. No sabía aún qué carrera universitaria o terciaria seguiría porque tenía que rendir casi 15 materias entre diciembre y marzo. Recién logré el título secundario en abril, cuando aprobé Filosofía. Me seguí viendo apenas con un puñado de compañeros pero no establecimos una amistad duradera, así que en poco tiempo más, si te he visto no me acuerdo. Mis amigos eran los del edificio. Todavía nos vemos, más viejos, separados algunos, padres otros, con primera novia en un caso, con segunda esposa en otros. Pero amigos.

A veces me encuentro con Alejandro Castelao. Vivía en la casa de arriba de la mía, en un edificio en Mataderos. Su mamá sigue ahí. Yo no puedo ni quiero volver al barrio. Alejandro fue el primer amigo que tuve. Un sábado a la tarde de esos de siesta barrial, a nuestros 7 u 8 años, creo, le desinflamos la rueda trasera al taxi de un vecino. Nos turnamos para poner el dedo en la válvula. Era felicidad pura ver cómo bajaba lenta pero sin pausas la rueda. Nos miramos, sonreímos y seguimos desinflando. Le dimos hasta que quedó bien chata contra el pavimento. En el momento en que terminamos nuestra obra de arte percibimos la sombra del dueño del coche, un tipo bigotudo y altísimo que nos conocía y que además era policía. Se apareció de la nada y lanzó una puteada. No necesitamos decirnos nada para salir disparados de ahí. Corrimos hacia la misma esquina. Nos detuvimos al asegurarnos de que no nos seguía: se habría quedado viendo lo de la rueda. No olvido la manera en que nos miramos. Cómo si con los ojos dijésemos “estamos a salvo, amigo”. Me recuerda a una frase de Dolina que leí en su Libro del fantasma: “A veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa ‘atención, muchachos, que no me he olvidado de nada'”.

El periodismo me dio tantísimos amigos. La lista, lejos de terminarse, aumenta. Uno de ellos, Pedro Fermanelli, esta semana presentó su libro, La final bastarda, que escribió junto al colega Marcelo Benini. Fueron tres años de laburo, más de 120 entrevistas. Lo publicaron de manera independiente. Pusieron una fortuna de sus bolsillos. “Compren libros”, pidió mi amigo durante la presentación. “No importa que sea el que escribimos nosotros. Compren el libro que sea, pero apoyen a la cultura”, dijo. También por eso es mi amigo.

Y porque una noche de julio de 2014, cuando los dos acabábamos de ser padres, vino con su esposa y su hijo Matías a cenar a mi casa. Hacía un frío del demonio cuando, ya bastante tomados y de madrugada, nos fuimos al balcón y nos sentamos a fumar porro. Nos quedamos fumando, chupando frío y sin hablar. Ahí recordé una vez más aquella vieja canción de Calamaro que hablaba del silencio y de que siempre hay un amigo con el que compartir el último trago.

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

AMIA: EL GRITO QUE CALLAN LAS TRIBUNAS

A 25 años del atentado, no hubo desde el ámbito deportivo sólidos reclamos de justicia. Al menos hay hechos y voces que nos dejan un legado.

Por Alejandro Duchini.

En 1994 hubo tres equipos que quedaron en la historia: el River campeón con Passarella y Gallego; el Independiente de Brindisi que se quedó con el otro torneo del año y el Vélez de Bianchi que conquistó la Libertadores y, después, la Intercontinental ante el Milan. Ese mismo año, la Selección quedó afuera del Mundial. “Me cortaron las piernas”, dijo Maradona tras el doping positivo en Estados Unidos. En los partidos de fútbol de primera división se inauguraba el uso de mangas inflables para la salida de los equipos. Era la forma de evitar los piedrazos de algunos hinchas hacia los jugadores. Se afianzaba la televisión por sistema codificado. En febrero San Lorenzo volvía a tener estadio: en su primer partido le ganó 1 a 0 a Belgrano de Córdoba en el Bajo Flores. Eran los años de Hernán Crespo como goleador, la aparición de Ariel Ortega, Sebastián Rambert y Gustavo López.

En medio de aquello sucedió uno de los hechos más trágicos de la historia argentina. El 18 de julio se produjo el atentado a la AMIA, en el barrio de Once. 86 muertos (entre ellos el autor del hecho) y 300 heridos. Desde el deporte no hubo hasta hoy grandes reclamos. Hagan la prueba. Busquen en los archivos de los diarios: casi no hay noticias desde ese ámbito. Quizás el detalle sería que los dirigentes de nuestro país no suelen permitir reclamos. Sucedió con los docentes. Más acá en el tiempo, con la desaparición de Santiago Maldonado. Ni hablar de los pedidos de justicia de los familiares de víctimas de la violencia en las canchas.

Entre los sobrevivientes hay un deportista. Alejandro Mirochnik era triatleta. Trabajaba en la sección de prensa de la AMIA. Al momento de la explosión iba en el ascensor del edificio de Pasteur 633 hacia el quinto piso. El ascensor cayó y quedó entre los escombros durante nueve horas. Lo rescató un perro. Una de sus piernas quedó destrozada. “En ese atentado murió el triatleta campeón argentino. Pero nació otro luchador, un guerrero, que no será campeón argentino pero será un guerrero de superación. Ese guerrero ya corrió 13 ironman”, se define a sí mismo en una entrevista a Misiones On Line Tv.

Después del atentado tuvo un hijo, empezó a estudiar psicología social, se recuperó físicamente y abrió una escuela de guardavidas en La Matanza. Quiere irse a vivir a Córdoba. Y no olvida: “Aquel no fue un ataque a la comunidad judía sino a la sociedad argentina en general”, dice. “Fijate que muy pocos hablan de judíos”.

Al cumplirse diez años, los periodistas argentinos que cubrían los entrenamientos del seleccionado dirigido por Marcelo Bielsa en la Copa América, en la localidad peruana de Chiclayo, hicieron un minuto de silencio. Se les sumaron los jugadores. Me lo recuerda una de las mejores personas que conocí, un colega que prefiere el anonimato y que esa mañana fue uno de los impulsores de la idea en Perú. 

El periodista deportivo Ezequiel Scher habla con orgullo de su abuela paterna, Tamara, sobreviviente del ataque. En 2014 le hizo una entrevista para hablar del tema. Escribió luego que “A Tamara siempre hay un momento en que le cuesta: solloza, respira y necesita un vaso de agua. No es la primera vez que le pasa y no va a ser la última. El mismo relato se lo contó a dos presidentes argentinos, a jueces de todo el mundo, a Baltasar Garzón, a sobrevivientes de atentados en todos los continentes, a conductoras de televisión prime-time, a miles de periodistas, a embajadores, a cuánto estudiante se le acercó y al verdulero de su barrio. Pero, cuando habla de lo que vio en el momento en que bajó el turbio humo que desprendió la bomba que atacó la AMIA en 1994, la voz se le quiebra y, por unos segundos, no puede hablar”. Tamara trabajaba en la AMIA como secretaria de la presidencia. Cuando estaba por tomarse un café todo voló por los aires.

Entre otras cosas le dice a Scher:

“Hay momentos, hay días, hay fechas. O un olor determinado. O un ruido que suena y, de repente, te hace recordar. Los sobrevivientes, que no todos eran amigos míos, nos juntamos cada ciertas fechas. Yo siempre digo, parafraseando a Borges, no nos une el amor sino el espanto. Con algunos, no nos unía nada más que ser compañeros de trabajo, pero la vida nos juntó en algo. Afortunadamente, existe el tiempo. La vida tiene sus compensaciones”.

“(…) son papeles que quedaron en el medio de la explosión y que después trajeron al edificio siguiente y los tiraron en una mesa y ahí los agarramos. Esas cosas me hacían sentir que me encontraba con un antes. Porque existe un antes y un después. Nada es igual. Es muy terrible cuando vos te das cuenta de que algo que estaba vivo ya no está. Sobre todo, si es de repente. Porque cuando las personas se enferman, lamentablemente, uno se hace a la idea de que puede pasar. Esto es muy cruel. Es difícil de aprehender, hablo de aprehender con h”.

“Vos sabés que yo tuve dos veces cáncer. Una vez, fue antes del atentado y otra vez, después. Es terrible porque uno piensa miles de cosas, pero en el fondo uno no quiere creer que está ahí al borde. En el momento en el que explotó la bomba y se veía todo oscuro y yo sentía ese olor a amoníaco, al explosivo, y cuando sentía la casa moviéndose, cayéndose todo, en un momento determinado, yo sentí la presencia de algo tenebroso como la muerte. Es más: yo en ese momento pensé que había muerto, que eso era el tránsito. A mí no me había entrado todavía en la cabeza, pese a que mi compañera Silvina, en ese momento, gritaba ‘es una bomba, es una bomba’. Cuando empezás a entender, empezás a pensar en los demás. ‘Dónde está este’ y lo primero que atinás es decirle a tus seres queridos que estás viva. No se piensa mucho. Es muy difícil pensar y hacerse una idea de lo que pasa. Pero nadie queda igual. Las pesadillas, los miedos y, principalmente, los ruidos. A mí los fuegos artificiales, en Navidad y en año nuevo, me ponen mal porque los ruidos son parecidos, aunque en un nivel menor”.

“Tengo una sensación vívida de que fue ayer. Tengo el recuerdo de mi última conversación ahí. Yo iba a subir al cuarto piso, iba a ir a tomar un café y me llamó el Presidente para que le escribiera una carta. Esa carta me salvó porque yo no subí y, donde estuve yo, que era sobre Uriburu, porque la AMIA era un edificio angosto y largo que llegaba hasta Pasteur, se cayeron los vidrios y todo, pero justo ahí empezaba la parte que no se cayó. ¿Vos podés creer que yo me acuerdo a quién le tenía que escribir la carta y qué decir? Me acuerdo siempre”.

“No me acuerdo sólo de las cosas tristes. Me acuerdo de cosas felices. De cuando nacieron ustedes. De cuando tu papá llamó y dijo simplemente Ezequiel y yo ya sabía que habías nacido. Las cosas así también te quedan. La vida se compone de cosas duras y de cosas lindas y todo se siente”.

“La vida es así. Hay que tener voluntad. Yo hice un esfuerzo y seguí. Me hace muy bien escribir. Arranqué con mis memorias, pero las dejé plantadas, aunque las voy a seguir”.

“Se puede elegir no saber. Pero hay una cuestión que es el antisemitismo. El atentado a la AMIA fue un atentado contra la República Argentina que le hizo mucho daño a la sociedad y yo tengo un reconocimiento por todas las personas que lo sienten así, pero en el fondo de mi corazón yo estoy convencida de que fue un brutal acto antisemita. Fue a la comunidad judía a la que quisieron destruir. Uno piensa que ojalá sea algo que no tengan que ver ni mis nietos ni mis bisnietos. Lamentablemente, hoy, es algo que no puedo asegurarles”.

Ahora, a 25 años del atentado, Ezequiel Scher comenta que “el periodismo deportivo le falta el respeto al atentado cada vez que define a una noticia como ‘bomba’. Al menos en mi experiencia personal, sé que la palabra bomba a mi abuela le sigue haciendo mucho daño emocional. Creo que Tamara nunca salió de ahí adentro, pero es muy inteligente como para haber creado otros mundos donde vivir. Pero sigue ahí. Se dice ‘tengo una noticia bomba’ cuando se piensa en cuánto va a repercutir. Y su significado es parecido al real porque una bomba es un elemento que se acciona y el después puede durar 100 años. Creo que banalizar el dolor de otros es faltar el respeto. No creo que haya intención, creo que no hay conciencia. Las palabras duelen, alteran. Y educan. Mi abuela habla de ‘la bomba’. Y sé que cierra los ojos cuando dice la palabra, así esté tratando de explicármelo cuando yo tenía 10 años”.

La entrevista a su abuela mientras cubría el Mundial de Brasil, una fecha particular para Scher: “Cuando la hicimos había muerto mi amigo el Topo López. Yo cené con él y lo acompañé al taxi donde murió (en un hecho policial). Y me caminaba la cabeza qué podría haber hecho yo para cambiarlo. No me lo explicaba. No me lo explico. Y en parte tuvimos esa charla que se volvió entrevista porque yo necesitaba explicarme unas cuantas cosas sobre la muerte repentina”.

“Tamara para mí es como la cancha de Racing. Es como un lugar donde estás y te sentís seguro de vos mismo porque hay algo de amor que parece incondicional. No sé por qué me dejaría de querer mi abuela. Tamara tuvo dos cáncer y sobrevivió a un atentado y a la vez es mi abuela y a la vez es infinitamente inteligente. Va más rápido que todos los demás. Y sabe decir las cosas”, agrega.

A veinticinco años del atentado a la AMIA, las palabras de Tamara siguen vigentes. Y posiblemente hasta con más fuerza.