ALTUNA, LÓPEZ Y CHÁVEZ

Escrita por en Entrevista, Libros

Por Alejandro Duchini

“Tengo la posibilidad de entrevistar a Altuna”, le escribo a Demian Orosz, mi editor de La Voz del Interior. Le cuento que está en Buenos Aires y que va a presentar una nueva edición de Las puertitas del señor López que acaba de publicarse a través de Galerna. Demian es una de las personas que más tarda en contestarme un mail. Pero como esta vez me escribe enseguida, me doy cuenta de que la idea le interesa. Además, en su respuesta se lo nota alegre por la propuesta. Agrega: “2.000 palabras, más recuadro”.

Dos mil palabras en Ciudad Equis, el suplemento literario de ese diario cordobés, es un montón. Pero me alegra: voy a entrevistar al tipo que dibujó mi infancia y adolescencia y que todavía me acompaña. Hay notas que me provocan la misma alegría y entusiasmo que sentía en mis comienzos en el periodismo. Ésta es una de ellas. Así que, después de escribirle de nuevo a Orosz, observo el libro y siento como si lo frotara con mis ojos. Tapa negra, brillante. Una mujer hermosa, desnuda, imponente, mira a un López pequeño y cabizbajo. La nada misma, él, en contraste con semejante perfección. Porque las mujeres que dibuja Altuna son perfectas.

Altuna era para mí como un dios. ¿Qué son sino dioses aquellos héroes de nuestros primeros años? El Loco Chávez, Bochini, El Llanero Solitario, Meteoro, El Zorro, El Hombre Araña, Han Solo, Luke Skywalker, Batman, Flash, Superman.

En los 80, cuando mi padre me llevaba a las 7 y pico de la mañana al colegio, en el auto yo leía El Loco Chávez en la contratapa de Clarín. Nunca me lo perdía. Ni siquiera los sábados y domingos. Era despertarme y leerlo. Me acuerdo de su amigos, compañeros y de su novia, Pampita, una despampanante morocha por la que mi viejo se volvía loco como tantos argentinos.

Altuna también me marcó con Las puertitas del señor López, un oficinista con una vida miserable que descubrí en la revista Humor. Lo humillaban todos. Su esposa y sus compañeros de trabajo. No digo amigos porque no tenía. Para zafar de sí mismo, entraba a los baños, donde lo esperaba el futuro como una zanahoria. Desde mujeres hermosas que lo deseaban a soldados que lo necesitaban para las misiones más difíciles aparecían detrás de esas puertas. Allí, en esa zona de promesas, López tampoco hacía goles y regresaba a la realidad con otra derrota más.

Así que la noche anterior a mi encuentro con Altuna vuelvo a leer mi infancia porque tengo en mis manos un ejemplar de Las puertitas del señor López. Estoy en el subte y río mientras devoro cada tira. La gente debe pensar que estoy loco porque le sonrío a un libro.

Las puertitas del señor lopezMe gusta esa tira en la que los compañeros de la oficina le gritan “imbécil” o “torpe” ante cada cagada que se manda. Resignado, se mete en el baño y se topa con el General Ney, quien, junto a otros oficiales, estudia estrategias para encarar la batalla de Waterloo. Lo hacen con soldaditos pequeños, sobre una mesa, en la que dejan todo listo a la espera de planificar los últimos detalles. Al pasar, y sin mirarlo, a López le encargan una misión difícil: “Limpie bien, que hay algo de polvo aquí”. Se queda solo y con un movimiento torpe tira todo al carajo. Los soldaditos aparecen en el suelo. A la mierda con la estrategia. Desesperado, los levanta y los acomoda de cualquier manera. Después se escapa. Cuando vuelve a su oficina, un compañero le dice “estúpido” y otro le grita “¡cada vez hacés macanas más grandes, che!”. A López no se le ocurre una respuesta mejor: “Je… vos decís eso porque no sabés lo de Waterloo”.

Me hace reír también con aquella historia en que llega a su casa, cansado, y su mujer -gorda, gritona e intocable- lo espera con música romántica y ropa transparente. Para zafar, se vuelve a meter en el baño y aparece en una guerra. Antes de que lo maten, se escapa y al regresar se encuentra nuevamente con ella, tan ávida de sexo como cuando la dejó. Acosado, López vuelve a pasar la puerta del baño, carga un fusil al hombro y avanza entre las explosiones del campo de batalla.

Al día siguiente estoy con Altuna en un bar de Santa Fe y Riobamba. Es la primera vez que me encuentro personalmente con él. Nos separan una mesa pequeña, dos cafés, un grabador. Me siento feliz. Se lo digo. Sonríe, pero me advierte que no lo trate de usted. “Tratáme de vos”, me amenaza con una sonrisa. No sea cosa de que por una cuestión de formalismos se caiga la entrevista. Así que le remarco el “vos” todo el tiempo. Le digo vos esto, vos aquello, vos…

Algunas de las cosas que me dice durante casi dos horas son las que siguen:

-“Lo único que hice siempre fue trabajar y trabajo porque me gusta lo que hago. Tengo la fortuna de haber vivido de lo que me gusta y, dentro de lo que me gusta, hacer lo que quiero. Es un privilegio. Si a eso le sumás que a la gente le agrada lo que hago, estoy más que satisfecho por cómo me va”.

“El prestigio es algo que te da la gente. Hay un prestigio que apunta a la vanidad y tener prestigio por vanidad no es lo que más me gusta”.

“Uno quiere ser un buen tipo, además de un buen profesional. Si la gente te tiene respeto, afecto, quiere decir que hiciste lo que tenías que hacer. Es sólo eso. Algo que da seguridad. Nunca conscientemente cagué a nadie. Entonces, que nadie pueda decir algo malo sobre mí, está bien”.

-“A nivel mundial no vamos bien. En los países más desarrollados se van perdiendo libertades, derechos. El sistema neoliberal es contrario a la libertad. Con esas políticas en las que predomina el mercado nunca ha sido posible cumplir con la declaración de los Derechos Humanos. Pero en la actualidad es una burla. Todos tenemos derecho a una vivienda digna, pero en España desahucian a quien no puede pagar tres cuotas de la hipoteca, lo echan de su casa, la pierde y sigue la deuda. Europa produce guerras en África o Siria y millones de refugiados pero no los recibe porque cierra las fronteras. Es una vergüenza”.

“Soy más bien nostálgico. Tengo nostalgia cuando estoy lejos. Una nostalgia de ganas de estar. Melancolía me dan algunas cosas, como la pérdida de valores”.

-“Hoy en todo el mundo, pero sobre todo en España, la principal censura de nuestro tiempo es la corrección política. Si no sos mujer, no podés hacer chistes de mujeres; si no sos discapacitado, no podés hacer chistes sobre discapacitados; si no sos judío, no podés hacer chistes sobre judíos. Es absolutamente ridículo. El humor no debe tener límites. Incluso si hay chistes sobre enfermedades terminales o los desaparecidos, me van a repugnar y hasta voy a despreciar a quien los haga, pero necesito reconocer el derecho a que se realicen. Porque eso es la libertad. En todo caso, me da miedo que se proponga que algo o alguien limite la libertad, porque así se empieza. ¿Quién y por qué prohíbe hacer chistes sobre cualquier cosa? Hay una cosa tan hipócrita: en una mesa de café hacemos todos los chistes, los más feroces, sobre cualquier cosa, pero no se pueden publicar porque te van a masacrar”.

dibujo altuna“Me gustaría venir más seguido a Argentina. También saber música, ejecutar música. Nunca ejecuté un instrumento, y eso que soy un fanático del jazz. Sé que hubiera ligado más siendo guitarrista que dibujante de historietas. Pero es lo que hay. Estoy conforme. Soy un tipo razonablemente feliz”.

A las doce del mediodía, mientras nos despedimos, toma mi ejemplar de Las puertitas del señor López y se pone a dibujar. Al mismísimo López, me dibuja. “Tengo un Altuna original”, celebro para mis adentros. ¿Será cierto que estoy ante Altuna? ¿No me habré metido en un baño dibujado por él y esto tan real no es otra cosa que una burla del destino? Me pellizco y me duele, así que sí, estoy con él. El mozo es de verdad, el café estaba rico y el grabador existe. “A Alejandro con mi amistad”, me dedica. Lo puedo palpar. Estoy hecho. Nos levantamos y salimos hacia la avenida hablando de diversos temas. Ni se me ocurre pasar por el baño del bar.

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