Alegría

Escrita por en Notas

Ojalá que la del domingo sea una final del Mundo con alegría. Viví tres, pero sólo en una fui feliz: la del ‘78. Tenía 6 años y hacía un frío tremendo cuando aquel grito de Kempes se quedó instalado para siempre en mi memoria. Mi viejo tenía un Chevy blanco con el que nos fuimos a festejar junto a mi mamá y a mi hermana, cuatro años mayor. Ella y yo teníamos banderas argentinas grandes. Las llevábamos en las ventanillas traseras, agarradas a palos de escoba. Yo iba del lado izquierdo, viendo a la multitud de gente festejar por las calles, cuando de pronto mi hermana empezó a gritar y a llorar. Tardé en darme cuenta de lo que había pasado: desde un camión cargado de personas, algún vivo le arrancó la bandera, con palo y todo, y la escondió entre sus compañeros. Mi papá frenó, se bajó del auto y los fue a encarar al grito de “devuelvan la bandera, devuelvan la bandera”. Estaba enojadísimo. Todavía recuerdo las caras de yo no fui de aquellas gentes. En especial, a una señora mayor. No se por qué, pero no puedo más que reírme de aquella escena. Aún cuando pienso en el sufrimiento que habrá sentido alguien que por entonces tenía 10 años y sentía que en ese robo le quitaban más que un símbolo patriótico.

El viejo se volvió al coche sin nada y lleno de bronca, mi hermana se quedó con las manos vacías mientras mi mamá la consolaba y yo tuve que dejar mi bandera en el piso del asiento de atrás. Por las dudas de que también me la roben no me dejaron sacarla hasta que volvimos a casa. El festejo empezó bien y terminó mal. Pero el recuerdo que tengo es, sin embargo, alegre. Tal vez se deba a que el fútbol, sobre todo con la distancia, tapa muchas cosas. Los goles se vuelven diferentes en la cabeza de uno. Son más emotivos, más difíciles, mejores. Como los viejos vinos, los goles también mejoran con el tiempo.

La final del 86 no fue alegre para mí. Antes de que empiece el Mundial que ganamos en México mi madre alternaba sus días entre el hospital y nuestra casa. El cáncer avanzaba y yo no sabía todavía que se iba a morir de eso. En aquel invierno pasamos de ser cuatro a ser tres. Pero al momento de los partidos, mi hermana ni los miraba, porque nunca le gustó el fútbol. Entonces los compartía con mi papá, futbolero al mango, que acaba de comprar un tele color nuevo que, encima, tenía control remoto. Todo un lujo entonces. En ese televisor vi la mano de Dios y el golazo de Diego a los ingleses. Grité el gol de Pasculli a los uruguayos y la victoria ante Bélgica. En aquel televisor me dejé llevar por el gran fútbol de Francia durante ese campeonato y me deleité con Dinamarca. Y también a través de esa pantalla vi la final que le ganamos a Alemania 3 a 2 después de sufrir con el empate de ellos. Esa tarde del domingo 29 de junio de 1986 éramos tres: como siempre, mi papá; Pablo, un amigo mío de aquellos años; y yo. No llegamos a ver la entrega de la Copa porque ni bien terminó el partido, Pablo y yo disparamos hacia la Plaza Los Andes, en Liniers, donde se reunía el barrio a celebrar. Allá nos encontramos con más amigos mientras cantábamos como si fuese la cancha más grande y linda del mundo. Pensamos en subirnos a un camión enorme que llevaba a la gente hacia el Obelisco pero en ese momento fue cuando sentí ganas de volverme a mi casa. Quería estar con mi viejo. A mamá la habían operado unos días antes y estaba en el Hospital Fernández. La extrañaba y no tenía ganas de celebrar. Al día siguiente mi hermana, mi viejo y yo fuimos a visitarla. Era la primera vez que me dejaban verla desde que la operaron. Y cuando entré a su habitación la vi llena de cables y no supe qué decirle. Me acuerdo que quise disimular mi miedo, mi sorpresa, diciendo algo así como “¿viste, mami? Argentina fue campeón del mundo”. Me hizo un gesto afirmativo con la cabeza y siguió durmiendo. No le pude decir nada más. Ese es el recuerdo que tengo de la final del 86.

Y para el subcampeonato del 90 lo que hay en mi cabeza es la frustración después de la derrota con los alemanes. Con mi papá vimos el partido en la fábrica de mi padrino, Antonio, en el Bajo Flores. Éramos una multitud. Toda gente grande. Mi vieja ya no estaba entre nosotros. Hacía un frío enorme, que se hizo más intenso con aquel resultado puesto. Lloré miles de frustraciones con aquella derrota. Al mediodía, al momento del asado, tenía la convicción de que íbamos a ser campeones. Pero al final del día ya nada era igual. Vivíamos en Liniers y nos separaban de casa como treinta cuadras. O más. Papá andaba mal de laburo y no teníamos para un taxi. Los colectivos ni pasaban y entonces nos volvimos caminando. Los dos estábamos mal por haber perdido. Apenas nos dijimos algo durante la vuelta. Lo intentamos. Pero no nos salía nada. Yo me acordaba de la cara de Diego llorando y me daban más ganas de llorar. Tampoco podía olvidar a Bilardo decir que dejaba la Selección, que su ciclo estaba terminado.

El viejo tenía la costumbre de abrazarme mientras caminábamos. Y así hizo en aquel regreso. Apoyó su mano en mi hombro y emprendimos la vuelta. El frío calaba los huesos y, se sabe, los domingos a la tarde-noche de invierno son tremendos. Fue durísimo caminar todo eso sin hablarnos, cargando la pena de la derrota futbolera que dolía tanto.

Ahora todo es distinto. Pasaron 24 años. Mi viejo se murió poco antes del Mundial de Francia y yo tuve tres hijos. Ludmila y Santiago verán el partido en el pueblo de provincia en el que viven, tal vez con las ganas de festejar como deben tener todos los chicos de sus edades. A Malena, que tiene 6 meses, le pondré la camiseta de Messi mientras tomará la mamadera sin entender que será testigo, por primera vez, de una final de Mundial. Ojalá que sea feliz. La final y ella. 

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