A 30 AÑOS DE COSAS MÍAS

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini.

Para mí, Cosas mías (el último disco de Los abuelos de la nada) fue un gran trabajo, más allá de las diferencias musicales de estos nuevos Abuelos con los anteriores, que tenían en sus filas a Andrés Calamaro, Cachorro López, Daniel Melingo y Gustavo Bazterrica, entre otros. Tal vez incida en mi opinión una cuestión sentimental: Miguel Abuelo fue uno de mis ídolos de la adolescencia, junto con Ricardo Bochini, al que arrastraba desde antes, cuando mi papá me llevaba a la cancha a ver a Independiente.

Conocí a Los abuelos por Mil horas, que a comienzos de los 80 pasaban todo el tiempo en las radios. Recuerdo que yo tenía una portátil, de ésas con un solo parlante (¡qué viejo estoy!), y que mi hermana Gabriela, entonces de 13 o 14 años, se volvía loca con las canciones de Los abuelos. Para las adolescentes de aquellos tiempos, Calamaro era el sex symbol; ahí era donde le sacaba varios cuerpos de ventaja a Miguel Abuelo. El tema es que cuando mi hermana reaccionaba, feliz, ante Mil horas, yo, de pura maldad, hacía valer mi propiedad y le cambiaba el dial. Empezaba una trifulca familiar que se cortaba con la orden de mis padres de que no hubiese radio para nadie. En algún punto yo ganaba esa guerra absurda por la que aprovecho para disculparme. Pero con el tiempo me empezaron a gustar todas sus canciones, como No se desesperen, Mundos inmundos, Sintonía americana (particularmente) y Así es el calor. Pero Himno de mi corazón me partió la cabeza. Era la mejor canción nacional que había escuchado. La letra y la música me parecían geniales. Mis viejos me regalaron el casette y yo no dejaba de escucharlo cada noche, en mi cama, a través de un walkman amarillo marca Unicef, que funcionaba con dos pilas que se gastaban cada tres o cuatro pasadas. Era un presupuesto.

Mis padres no me dejaron ir al Ópera a ver la grabación del disco en vivo porque era chico. Lo compensé con el alquiler del VHS del recital. Al separarse Los abuelos me entristecí y cuando Miguel anunció que volvían me asaltó una enorme expectativa. Para mi cumpleaños, mis compañeros del colegio me regalaron el casette y me pasé el fin de semana escuchándolo sin parar. Ya no eran los mismos Abuelos pero me gustaban igual. Es que la magia de Miguel seguía intacta. En 1987, ya sin la masividad de tiempos mejores, se presentaron en un teatro de Flores: creo que era el Fénix. En los días previos conseguí el número de teléfono de la casa de Miguel y lo llamé tras superar esa mezcla de timidez y nervios que sentía. Recuerdo que me atendió de muy buen humor y hablamos un rato largo de sus canciones, de lo lindo que es tocar en vivo y de otras cuestiones musicales. Sin darme cuenta, fue el primer reportaje que hice en mi vida.

Un domingo a la mañana, en marzo de 1988, me enteré de su muerte a través de la tapa de Clarín. Guardé el recorte en una carpeta en la que solía colocar noticias que me llamaban la atención: títulos de Independiente, triunfos de la Selección o recitales que me gustaban. Sentí un vacío enorme porque la música de Miguel me había acompañado, y mucho, hasta entonces. Incluso Cosas mías fue el disco que más escuché en los tiempos en que se moría mi vieja, entre fines de 1986 y principios del 87.

Para los 10 años del fallecimiento de Miguel yo trabajaba en la revista Flash, que pertenecía al diario Crónica. El director, Tito Jacobson, me encargó una nota a Gato, el hijo de Miguel Abuelo, quien por entonces había intentado reflotar -sin éxito- el grupo de su padre. Nos encontramos en la plazoleta Miguel Abuelo, en Palermo. Esa tarde Gato apareció con Chocolate Fogo. Traían cerveza y no dejaron de tomar mientras hablaban de su padre y tío, respectivamente. El fotógrafo -el gordo Gardella- sacó muchísimas imágenes y cuando terminamos los acercamos en su Volkswagen Gol hasta Puente Pacífico: “Este es mi barrio. Éstas son mis calles”, repetía Gato. Chocolate, más tranquilo, dijo algo que no olvidé más: “Miguel está presente en su ausencia”. Lamentablemente no tengo copia de esa entrevista.

Treinta años después, me parece increíble estar a un click de aquellos personajes que le pusieron música a mi vida y que entonces eran inalcanzables. A través de Facebook podría contactar a Juan del Barrio y a Willy Crook, quien también integró la banda en su última época. El año pasado conseguí entrevistar a Andrés Calamaro, ya sin aquellos resquemores que tenía porque se había ido de Los abuelos. En 2001 tomé una cerveza en un bar de Almagro con Gustavo Bazterrica. Le hice una entrevista que me acercó mucho a la figura de Miguel. Me recitó de memoria la letra de una canción que le dedicó. Se titulaba Expedición mágica y, entre otras cosas, decía “Genio, mago, títere, artista, rey, bufón, paladín del canto y del humor / Siempre de tu pluma un verso fue un rayo de sol”. En 2014, entrevisté a Cachorro López porque se cumplían treinta años de la aparición de Himno de mi corazón. “¿Ya treinta años?”, me preguntó cuando le recordé por qué quería hacer la nota.

No sé qué será de la vida de Gato. La última vez que lo vi fue en el 2009, poco después de que fuese detenido en España, acusado de robo: yo caminaba a eso de las dos de la tarde por Godoy Cruz y Charcas, en la zona de Pacífico, y él tomaba vino con una barra de personas de diversas edades. Lo reconocí al instante pero él a mí ni me registró. Sentí que no tenía sentido detenerme a explicarle que lo había entrevistado unos años antes. Lo primero que recordé al verlo fue eso de que aquellas, las de Puente Pacífico, eran sus calles. Las de Palermo, en verdad. Igual que su padre, Miguel Abuelo.

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