27 DE ENERO

Escrita por en Destacadas, Notas

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Hasta hace unos años, el 27 de enero era una fecha horrible para mí porque ese día, en 1987, murió Coca, mi mamá. Seis años tardé en llorarla y muchos más en escribir sobre ella. Recién me animé a hacerlo en 2009, cuando después de un periplo por diferentes ciudades regresé a vivir a Buenos Aires. Recuerdo que escribí un texto triste que quedó perdido en un blog y que se puede leer acá. Lo que no sabía es que unos meses después de escribir aquello conocería a Marian y esa fecha, en vez de muerte, se transformaría en vida. Que no es olvido. Porque Marian nació un 27 de enero.

Empezamos charlando por el viejo Messenger un viernes a la noche en el que Charly tocaba en Vélez y yo pensaba ir, pero me quedé sin entradas. Así que vi por televisión la derrota de Independiente, en Rosario, contra Central. Me acuerdo que comí una pizza frente a la tele, tirado en mi sillón. Afuera llovía a cántaros. Como no tenía nada que hacer, encendí la compu y me metí en el chat. El sábado, mientras miraba Vélez-Newell’s con mi amigo Alejandro Perandones, volvimos a hablar y arreglamos para vernos cinco minutos en persona. Sólo cinco minutos. Es muy loco salir de tu casa, conocer a alguien y volverte con promesas de un próximo encuentro. Así que regresé a casa y seguí viendo fútbol con Ale. El domingo a la tarde cubrí para Infobae.com un River-Boca y al regresar del Monumental, Marian se vino a casa y ya no se fue. Le di las llaves del hasta entonces mi departamento de soltero y desde ahí dormíamos a veces en su casa y otras en la mía. Al poco tiempo la llevé a ver al Rojo en Avellaneda. Conoció la cancha, gritó los goles y se hizo hincha. Esa noche ganamos.

El invierno siguiente, cuando yo toqué fondo, ella estuvo a mi lado. Recuerdo que empezaba el Mundial de Sudáfrica y estaba desocupado. No soportaba más el ambiente opresivo y militar de Infobae.com. Tenía que pagar el alquiler, la cuota alimentaria y los viajes para ver a mis hijos. No tenía un peso. Inexplicablemente, era feliz viendo Sudáfrica-México desde mi futura ex casa. Y como Marco Fogg, aquel genial personaje de Paul Auster en El palacio de la luna, me dije que empezaba de nuevo. Doné la ropa que había pertenecido a mi vida anterior y me saqué de encima a aquella gente que tiraba para atrás. Me fui a vivir al departamento de Marian. Me compré dos o tres remeras en oferta, unos pantalones y un buzo. No necesitaba ni quería más. Unas semanas después conseguí un trabajo mejor. Además, Independiente fue campeón de la Sudamericana. A veces la vida sorprende muy gratamente. Estaba de nuevo en el ruedo. Un año más tarde me casé con Marian.

Cada 27 de enero se hizo un buen día para celebrar. Dejé atrás la tristeza y empecé a mirar las cosas de otra manera. Cada tanto, algún fin de semana salíamos para la costa y en cada viaje nos sacábamos una foto con el cartel de Atalaya de fondo. No se por qué. Atalaya no me significa nada en particular. Esa costumbre de a dos se hizo una costumbre de a tres. Porque ahora está Malena, que nació a poco de comenzado el 2014 y desde su primer viaje se fotografía con nosotros. Un embarazo durísimo y prematuro nos tuvo en vilo durante casi nueve meses que hoy, con la distancia del tiempo, recordamos preguntándonos “¿por todo eso pasamos?”.

Nos hicimos fuertes en la desesperación cuando hubo que internar a Male dos veces en cuatro meses. Aprendimos lo que es irse a dormir con el miedo mostrando su peor cara. Recorrimos médicos, especialistas, estudios. De todo. Zafamos. Pero casi nos divorciamos la tarde de la final entre Argentina y Alemania, en el Mundial de Brasil. Male se había dormido en mis brazos. Hacía sólo una semana de su alta de la clínica cuando el Pipita Higuaín hizo un gol que fue anulado. Mi grito al creer que era válido y ganaríamos la Copa fue tan fuerte que mi hija, de seis meses, lloró como nunca del susto que se pegó. Todavía siento sus suspiros. Marian me la sacó, la acurrucó y estuvo a punto de matarme. Me di cuenta de lo que hice recién cuando Götze anotó para los alemanes. Me cayeron todas las fichas juntas. La separación, el llanto de mi hija y la frustración por la final perdida. Supongo que Marian me vio tan triste por la derrota que volvió a guardar la libreta de matrimonio que pensaba llevar el lunes a algún abogado especializado.

Fue ella quien siempre me esperó con los brazos abiertos y una sonrisa del tipo “está todo bien igual” cada vez que yo regresaba frustrado después de manejar 500 kilómetros para ver a mis hijos y encontrarme con que no querían salir a verme. Desde que nos separamos, su madre dedicó su tiempo a decirles que soy una especie de Freddy Kruegger. Un viejo de la bolsa sin bolsa.

También gracias a Marian me reencontré con mi familia. Ahora para mi hermana, mis tías y mis primos el 27 de enero es un día de alegría. Llaman, saludan y no hablamos del pasado. La primera persona que me abrazó cuando quedamos con un pie en la B, la tarde en que perdimos en la cancha de River, fue ella. Creía que la cargaba porque no podía entender que llorara como un chico por un equipo de fútbol. En su abrazo y su silencio encontré lo que necesitaba mientras por dentro veía la película de mi infancia: mis viajes hasta Avellaneda con mi viejo y mi padrino, los gritos de goles, las celebraciones de títulos de función continuada en tiempos en que ni imaginábamos la posibilidad de un descenso. El sábado siguiente, cuando llegué con mis hijos desde el pueblo en el que viven y descendimos ante San Lorenzo, fue también ella quien me abrazó. Mientras, mi ex esposa llamaba a Ludmi y a Santi y les decía que me carguen. Con su silencio y respeto, demostraron una madurez tremenda. Al menos en esa tarde triste pude estar con las cuatro personas que más quiero: Male ya estaba en la panza de su madre.

En marzo pasado, cuando Santiago cumplió años y no me atendía el teléfono para saludarlo, Marian me esperó con una cena humilde y cálida en el balcón de casa. Levantamos dos copas de buen vino y con su hermana Malena -jugo en mano- brindamos por él. Lo mismo hicimos en junio siguiente, cuando Ludmila festejaba sus 15 en un salón en el que yo no era bienvenido. Que nunca nos falte el buen vino.

Hoy es 27 de enero. Jamás olvidaré que ese mismo día, pero de 1987, a las 21 en punto, se moría mi mamá. A veces me pregunto si le debemos más a la casualidad o a la causalidad, pero la persona que me ayudó a salir de un pozo profundo nació en esa misma fecha. Es la misma que me alentó siempre con la escritura de La Palabra Hecha Pelota, con todo el tiempo y esfuerzo que implicó. Pero lo vimos impreso y lo celebramos aquel viernes de octubre, a la noche, cuando me dieron los tres primeros ejemplares.

Por suerte no nos separamos después de aquel grito frustrado del Mundial. Las cosas volvieron a la calma. El Rojo está de nuevo en Primera y ya no odio al Pipita. Para compensar, a Male la despierto, cada mañana, con susurros. Como si fuese un brasileño después de perder con los alemanes. Por las dudas, para el próximo Mundial, voy a secuestrar a Gonzalo Higuaín.

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