UBY SACCO, UN CAMPEÓN INOLVIDABLE

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

Fue un boxeador de técnica exquisita. Los excesos de su vida privada -alcohol y drogas- lo bajaron del ring antes de tiempo. El cuerpo le pasó factura y murió hace 20 años.

A sus casi 30 años, Ubaldo Néstor -Uby- Sacco tuvo su noche de gloria el 21 de julio de 1985, cuando en una gran pelea por el título mundial welter junior AMB le ganó al norteamericano Gene Hatcher. Fue en el famoso casino Campione D’Italia. Era la revancha de la disputada el 15 de diciembre del 84, cuando en Forth  Worth, Texas, Hatcher fue declarado vencedor en fallo dividido. “A Uby le robaron la pelea”, se decía sobre esa primera vez. Pero en el segundo combate no hubo dudas. Tres derechazos y un zurdazo dejaron casi sin posibilidades a su rival. El médico italiano Mario Sturla limpiaba la sangre en el rostro de Hatcher y recomendaba que se pare la pelea. El árbitro mexicano Ernesto Magaña hizo seguir. Desde entonces, Sacco fue una máquina que obligó a la detención por knock out técnico en el noveno round. El argentino se arrodilló, cerró los ojos y sintió que alcanzaba la gloria deportiva.

Para muchos fue el boxeador más técnico que tuvo nuestro país. Pero los excesos opacaron su carrera. Siete meses después de aquella noche gloriosa -el 15 de marzo de 1986, en Montecarlo- defendería el título ante el italiano Patrizio Oliva. Llegó sin preparación y perdió sin atenuantes. Su vida siguió barranca abajo. No volvió a pelear. Amagó con volver pero fue sólo eso: un amague. Siguieron los disturbios en la vía pública, las drogas, las detenciones, la cárcel de Batán, la libertad y la muerte, el 28 de mayo de 1997, en el Hospital de Agudos de Mar del Plata, ciudad en la que vivía desde pequeño. Tenía 41 años (Buenos Aires, 28 de julio de 1955). Padecía un tumor en las fosas nasales y una meningitis. Las crónicas refieren además HIV. Tenía dos hijos: Lorena (hoy 37 años), con su primera mujer, Alejandra; y Sebastián (27), con Patricia.

Hace dos años, cuando El Gráfico hizo una encuesta entre boxeadores y periodistas del ambiente sobre quién fue el mejor boxeador del país, Sacco fue de los más mencionados. Hoy, su amigo el periodista Walter Nelson ratifica aquella elección. “Sacco era un boxeador para cualquier época. Tenía la pegada justa. Un privilegiado físicamente. Si no era por sus adicciones hubiese llegado más lejos. Sin dudas. Tenía un talento natural para los deportes. Practicaba varios: natación, fútbol, vóley. Todos los hacía bien. Incluso jugaba al fútbol en Alvarado”, recuerda.

CERVEZAS

“Lo conocí en 1985. Teníamos casi la misma edad. Yo trabajaba para Radio Rivadavia. Congeniamos enseguida. A veces lo acompañaba a correr. Incluso viajé a cubrir su pelea con Hatcher y salíamos a correr. Llegamos a Italia una semana antes. A veces, mientras corríamos, el tipo desaparecía. Después lo veíamos: nosotros corriendo y él sentado, tomando agua, como si nada”, sonríe Nelson. “Paraba en un bar que se llama Naranja, en la calle Alem. Yo me consideraba su amigo. Después de su pelea con Hatcher lo fui a buscar al Náutico de Mar del Plata, donde estaba nadando, y cuando terminó se pidió cerveza. Tomaba mucha cerveza”.

Con ese tema hay otra anécdota. La contó el periodista Ernesto Cherquis Bialo en un documental muy bueno sobre Sacco que se puede ver en la web (se encuentra como “Programa informe sobre la vida de Uby Sacco”), realizado por los periodistas Pablo Blesa, Germán Lagrasta, Juan Pablo Porterie, Federico Vazza y Juan José Yañez. Cherquis dice que “el día que menos cerveza tomó fue litro y medio”. En ese trabajo también habla Víctor Hugo Morales, quien define a Sacco como “el boxeador más completo” que vio. Cherquis va en la misma línea: “El más talentoso”, opina. El propio Sacco, en cambio, habla de su padre: “Es lo más grande que hay”. La referencia es al técnico Francisco Ubaldo Sacco, fallecido en julio de 2010. Era su entrenador y quien lo condujo cuando fue campeón del mundo. “Se trataban de usted”, le recuerda a esta revista Walter Nelson. Sacco padre se destacó como boxeador amateur y profesional en los años 50 y 60. Ni sus consejos ni sus protestas alcanzaron para que Uby abandonara excesos. Tampoco sirvieron las palabras de su mamá, Hilda, quien renegaba del boxeo.

EL HOMBRE DE LA TAPA

Varias veces estuvo en la portada de esta revista. En una se lo ve con sombrero, fachero. Dispara: “Si el Gobierno me da 140.000 dólares no peleo en Sudáfrica”. Se debía a que el gobierno democrático de Ricardo Alfonsín se oponía a su combate con el sudafricano Brian Baronet, en Bophuthatswana. Eran tiempos del apartheid. Su representante, Tito Lectoure, aducía que se trataba de un asunto privado y que Sacco podía ganar 140 mil dólares. Lo cuentan también Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón en el reciente libro Luna Park – el estadio del pueblo, el ring del poder. Allí recuerdan que el referente del Luna Park citó los casos del “corredor de Fórmula 1 Carlos Reutemann y del tenista Guillermo Vilas que, al igual que la selección de rugby, habían competido en la Sudáfrica del apartheid”. La pelea fue cancelada. Sobre la relación Lectoure-Sacco se lee: “El tiempo era el peor enemigo de Sacco, adicto a las drogas, los excesos y la noche. Lectoure, que nunca entendió mucho de psicología, no dudaba en cruzarlo en entrevistas públicas, como solía hacer con todos sus boxeadores. ‘Sacco siempre tiene excusas para justificar su falta de preparación. Tiene condiciones, pero si no cumple rigurosamente con sus entrenamientos no sé qué pasará’”.

“Sacco debe ser el que menos bola le dio a Lectoure”, opina Nelson. “Ni a su padre ni a Lectoure. Contra Hatcher, por ejemplo, le decían que lo esperara. Pero él decía que no, que iba a salir a buscarlo. ‘Lo voy a romper’, repetía. Uby no escuchaba consejos. Era un tipo extrovertido, un rebelde, un atorrante, un talentoso. No le gustaba dar notas. Era un martirio para él dar entrevistas. Si alguien no le caía bien, no le hablaba”, agrega.

“Fue un muy buen amigo. Más que amigo, como de la familia. Me trajo de Tandil con mi señora, me consiguió hotel, comida y me llevaba cada mañana a correr. Y eso que yo no era nadie. ¡Imaginate lo que hizo por mí!”, lo recuerda ante El Gráfico el ex boxeador Miguel Caníbal Maldonado, hoy radicado en Mar del Plata, ciudad a la que llegó en los 80 a instancias de Sacco. Desde entonces, fue su sparring. “Era una gran persona. De gran corazón. En ese tiempo había una marca de ropa que lo auspiciaba y era tan generoso que llenaba mi bolso con esa ropa”, lo ejemplifica. “Su padre fue quien me sacó campeón argentino”, agradece antes de decir que “Uby era un fenómeno como boxeador. Si tenía que boxear boxeaba y si tenía que pelear, peleaba. Era un crack para todos los deportes: jugaba bien al paddle, al fútbol, a la pelota paleta. A todo”. Y resume: “Era un ídolo. Lo querían todos. Siempre con algún chiste a mano, nunca enojado”.

LAS ADICCIONES, EL ADIÓS

Nacido en una familia de clase media, con estudios secundarios casi completos, Sacco era distinto para el común del boxeo. Walter Nelson cree que lo que marcó negativamente su carrera fue “la junta de Mar del Plata”. Sus adicciones fueron tema recurrente. Solía protagonizar incidentes callejeros. La ciudad que tan bien lo recibió cuando ganó el título mundial lo fue dejando de lado a medida que se hundía en su propio infierno. En septiembre del 95 fue detenido por tenencia de cocaína. No era la primera vez. Ante cada regreso a la libertad prometía entrenar y cambiar de vida. Pero era en vano. “La última vez que salió me fue a buscar en bici para ir a correr. Quería volver. Pero ya estaba con el problema. Me hubiese gustado decirle… No sé… Era un muchacho grande que sabía lo que hacía”, recuerda el Caníbal, con la voz quebrada por la emoción: “Me quiebro porque vivimos muchas cosas lindas. Siento mucho dolor porque no esté”.

“Un viernes a última hora de la tarde me llamó para que pedirme que le pague una fianza así salía de Tribunales, acá, en Buenos Aires, donde estaba detenido. Si no se pagaba en ese momento, se quedaba adentro todo el fin de semana. Así que fui y cuando llegué alguien ya le había pagado y salió antes”, recuerda Nelson.

Sacco protagonizó grandes peleas ante Hugo Luero, Lorenzo García, Roberto Alfaro (lo venció dos veces: la primera para ser campeón argentino y la segunda, sudamericano) y Hugo Pajarito Hernández. También le ganó a otro grande: Horacio Saldaño, La pantera tucumana: en octubre de 1983, sobre el ring, decretó su retiro. Como profesional peleó 52 veces, con 47 victorias (23 por ko), cuatro derrotas y un empate.

“Casi que falleció en mis brazos, en el Hospital Regional de Mar del Plata. Estábamos con su papá, sus hermanos. Es algo muy íntimo. No quiero decir más. Me duele recordarlo. Imaginate que mi vida la pasé con él. Era un amigo de verdad”, dice el Caníbal.

Walter Nelson también habla de la última vez que se vieron. “Fue en enero del 97, en el Club Quilmes, de Mar del Plata. Peleaba el Caníbal Maldonado. Estaba flaquito, parecía bajoneado. Ya tenía de todo. Fue triste verlo así, con esos anteojitos, el pelo corto. Murió joven pero vivió a toda velocidad. Como Bonavena. Lo extraño en todo sentido”.

En su necrológica de las horas siguientes a su fallecimiento, Osvaldo Príncipi escribió: “El campeón de la sonrisa grata que conocimos hace 20 años se fue dejando morir. Sus ilusiones de los últimos meses eran algo similar a un castigo autoimpuesto. ‘Aunque sea quiero un trabajo por 600 pesos para que mi hijo se eduque como el mejor’, decía. Nunca hubo respuestas”.

HEREDEROS

A sus 27 años, Sebastián Sacco parece encontrar a su padre en cada calle de Mar del Plata y en cada persona que lo conoció. “Yo tenía 7 años cuando murió. Dicen que fue una persona extraordinaria. Muy querida. Es un orgullo que haya sido un campeón tan técnico, tan prolijo sobre el ring. Sólo tengo recuerdos lindos. Como el de aquella noche del 95 que nevó en Mar del Plata y lo acompañé a un homenaje. Todavía recuerdo la nieve y estar a su lado”, dice su heredero, quien suele emocionarse al ver los videos de sus peleas: “Se me pone la piel de gallina”.

Hace poco pasó por un gimnasio. Alguien le dijo que en el fondo del local había una pared llena de fotos de su papá. Ahí también se le puso la piel de gallina cuando las vio. Pensó en su padre y en su abuelo, quienes le inculcaron el boxeo. Por más que no lo practique, lo lleva en la sangre, asegura. Viene de familia. “Es hermoso entrar a un gimnasio y respirar sus olores. Es como sentirme en casa. Siento un gran orgullo por mi viejo”.

Lorena -la hija mayor por la que Uby se desvivía- dice: “Mi viejo ‘es’ un ser lleno de luz, con un gran corazón, con mucha fortaleza. Fue, es y será el mejor”. Vive en Sierra de los Padres con su esposo y sus tres hijos. Allí también está su mamá. Tiene buena relación con Sebastián, más allá de que no se vean seguido. Uby le dejó un legado: “Mi papá me dio todo el amor que se podía dar. Y muchos consejos. El más importante es uno que trato de cumplir: ser feliz.”.

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