“URGENTE: ¿DÓNDE HAY UN BAÑO?”

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

Cuando confirmamos que la tarde anterior Hernán Buendatto había dejado su partido de tenis para ir urgente al baño nos reímos. Y ya no pudimos más de la risa al saber que no le había pasado una vez sino varias. Inclusive, tuvo que dejar de jugar e irse, literalmente, cagando a su casa. Quien nos lo contó fue Charly, uno de los nuestros. Que encima lo acusaba de “cagón” desde el lado de afuera del baño. “No te animás a seguir jugando porque te estoy ganando”, le decía mientras el otro se desarmaba en el inodoro.

Al segundo día, cuando no volvió a la escuela, no nos reímos tanto. Apenas una sonrisa. Y forzada. Al tercero andábamos serios y nos preguntábamos si le habría pasado algo. Pasamos el fin de semana preocupados, con ganas de verlo en el aula de nuevo el lunes. Cuando lo vimos, aunque algo desmejorado, respiramos y volvimos a pensar en otra maldad a futuro. Aunque siempre comentamos aquella mirada de odio con que nos observó a su regreso. Es posible que haya sospechado de que lo que le ocurrió era nuestra responsbilidad. O tal vez siempre pensó que era un problema estomacal y punto. Nunca lo sabremos. Lo que no olvidamos fue esa forma de mirar, cargada de tanta bronca, que nos persiguió durante mucho tiempo y que con el paso de los años siempre recordamos como una maldición que nos acosaba desde la imaginación.

Buendatto no era mal tipo pero no lo queríamos. Nunca supimos por qué pero en la antagonía de aquella división él era quien encarnaba al enemigo. Directamente accionábamos. Así que ese mediodía de lunes, cuando él se iba a jugar un partido de tenis con Charly, preparamos un ataque certero. Nos juntamos entre seis o siete y compramos en la farmacia un blister de chicles laxantes similares a los clásicos que se vendían en kioscos. Eran con gusto a frutilla y venían en un envoltorio rojo. A la salida del colegio hicimos de cuenta que los comíamos y él se acercó, pidió y le dimos. “Tomá, tomá más”, le convidó Charly. Hernán no dudó y se metió seis de una vez. El asunto fue más sencillo de lo que creíamos. Cayó en la trampa como si nada. Asombrados por la facilidad, disimulamos como pudimos las risas y aventuramos la cagadera que le agarraría en medio del partido que jugaría contra Charly una horas después. Como en esos tiempos no había celulares, nos enteramos de su diarrea recién al día siguiente, cuando nuestro compañero nos contó los detalles.

Hernán fue una víctima más de aquella camada de segundo año del colegio secundario. Éramos como cuarenta alumnos divididos en varios grupos enemistados y enfrentados. Eso pasaba tanto entre las mujeres como entre los varones. Todavía no sé cómo llegamos a viajar, juntos, a Bariloche, ni cómo sobrevivimos durante esos días sin matarnos. Nos matamos, sí, antes de terminar quinto año, cuando los integrantes de un grupo nos trompeamos con los de otro a la salida de una clase. Hubo amonestaciones y expulsiones. Ya nada fue igual en aquel colegio católico en el que andábamos endemoniados.

De aquel grupo no supe mucho más. Hasta hace poco, cuando me llegó una invitación por Facebook para participar de un segundo encuentro en el que se aseguraba amistad, asado y felicidad en el quincho de un ex compañero. Desestimé la presencia pero no pude evitar mirar las fotos de la primera reunión que me llegaban con textos como este: “Vení, la vas a pasar genial”. O “no sabés qué linda noche que pasamos todos juntos reviviendo los tiempos del colegio. Te esperamos”. Desfilaban ante mí las imágenes de chicos y chicas que habían sido jóvenes y ahora eran lo que dibujaba el paso del tiempo. Allí estaban, casi treinta años después, unos cuantos de mis ex compañeros. Viejos y pelados en algunos casos. Gordas o demacradas y fingiendo sonrisas entre ellas. Ya padres, ya madres. Tal vez separados o sobrevivientes a un matrimonio sin solución. Con cuentas pendientes, posiblemente. O a lo mejor, por el contrario, viviendo felices. No lo sé. Pero estaba Hernán Buendatto, sonriente.

Hace unos días ví el video de una entrevista que Jorge Fernández Díaz le hizo a Alejandro Dolina, quien reniega de aquellos que quieren revivir otros tiempos a través de Facebook. “No hay que hacer eso”, sugiere Dolina. “Lo que uno va a encontrar no es lo que está buscando. Uno se reúne con los compañeros del colegio primario. Entonces, Luisito Maldonado, que era un niño, ahora es un señor pelado, totalmente irreconocible. ¿Qué sentido tiene encontrar algo que uno no está buscando? Los hombres no son cosas, son procesos. Encontrar al chico que uno dejó a los 10 años cuando tiene 60 carece de sentido”, remata.

Ver a Hernán Buendatto en esas imágenes me recordó aquello de los chicles. Me pregunté qué puede llevar a alguien tan maltratado a juntarse con sus verdugos si no hay necesidad. El síndrome de Estocolmo a pleno. Porque no es solamente que hayan transcurrido treinta años, que estemos grandes y que veamos las cosas de otra manera. Es más que eso. Es querer volver al pasado. ¿Por qué alguien busca recuperar aquello que ya no está? ¿Para qué?

Tal vez no sea eso. Lo entiendo ahora, cuando miro detenidamente su rostro en la foto que me acaban de mandar. Descubro en él aquella mirada que algún temor nos causó cuando ocurrió lo de los chicles. Si, si: hay algo más. Es el pasado que no se fue; que espera, agazapado, para indicar que las cosas, al menos para Hernán Buendatto, no terminaron en esos tiempos. Ahí está la misma forma de mirar, antes y hoy. Treinta años más tarde.

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