¡AGUANTE CONVERTINI!

Escrita por en Libros

Por Alejandro Duchini – @aleduchini

Los cuentos que forman un libro tienen que tener alguna temática en común, me dijo el escritor Horacio Convertini mientras me daba un ejemplar de su reciente Aguante (editorial Notanpuan), que se compone de trece relatos. Fue la mañana del 31 de diciembre. Conversamos un buen rato en el café Martínez, ubicado frente al Hospital Italiano, en una de cuyas habitaciones se le iba despidiendo un amigo. A quien, justamente, Horacio le haría el aguante en la noche de Año Nuevo y en las siguientes, que no serían muchas.

Fiel a lo que dijo, en este caso todos los relatos reflejan cierta oscuridad, tanto en la temática como en los personajes. Si cada uno de sus protagonistas tuviera vida, encontraría la luz en lo bien que los describe el autor. Hincha fanático de San Lorenzo, tal como lo refleja en una entrevista que le hice para la revista El Gráfico, en algunas historias vuelve a mechar el fútbol. Pero también el policial. No faltan desencuentros amorosos ni los amigos que se pierden para siempre o que se encuentran sin saber por qué. También aparece el barrio: Convertini siempre acota algo de su melancólico Pompeya, al que pinta con cierto apego de aquel que no quiere irse. Ni del barrio ni de aquellos años. Siempre algo queda del lugar.

El libro abre con Aguante y sigue con El aleph de Doyle: ambos tienen al fútbol como cortina, pero cuentan más. “Lo peor de la mediocridad no es cargar con ella. Es pensar que uno puede superarla con sólo proponérselo, la trampa perversa que esconde el atajo del voluntarismo”, piensa el suicida protagonista de Los fósforos, que no puede terminar con su vida.

Hay en Aguante historias imperdibles. Una de ellas es la titulada Tan viejita y tan sola, donde el autor pone en juego mucha y buena imaginación. Igual de genial es Uru, en el que Convertini regresa a la infancia y cuenta la historia de un ex compañero boxeador. Con final triste. Pero atravesar el relato es un camino de ida. Allí, sentencia cosas como “mi viejo, que no tenía estudio ni era sabio de la vida aunque a veces la embocaba, decía que el pagaré del destino se firma de pantalón corto. Nunca entendí muy bien a qué se refería, pero hoy, ya grande, a la luz de los hechos, veo que no se equivocaba”. O casi sobre el cierre, cuando los hechos se han desencadenado y uno siente pena por el tipo que ya no se subirá al ring y escribe que “los muertos deberían ver quiénes lloran por ellos para que no se vayan tan tristes”.

Tremendo cuento es El quejido de la mecedora. De principio a fin. Tanto como Veinticinco, donde la historia se centra en el intento de querer juntar a compañeros del colegio secundario. El protagonista no quiere asistir. Tal vez por desgano. O porque sospecha -posiblemente sin darse cuenta- que aquel reencuentro incluye heridas que no se cerraron. Por ende, acecha una venganza que finalmente no se puede evitar. En Bestia se juntan la lealtad y traición, con un cierre que sorprende por la contundencia y el cambio de planes. Lo que sea, cuando sea es el cuento más largo y el que cierra el libro. Allí Convertini apura su imaginación, acumula un entramado de hechos que derivan en un protagonista escritor que se vuelve exitoso a cualquier precio. Alguien que se caga en todo.

Tras leer los tres primeros cuentos le escribí a Convertini para decirle cuánto me gustaba el libro hasta ahí. Después seguí y entendí que estaba ante una serie de relatos contundentes, bien trabajados y buenísimos. Pensados.

Pensé en aquello de que los cuentos de un libro tienen que ver entre sí, como me dijo en aquel bar. Y también en que cada libro está íntimamente relacionado con el momento de su autor. Unos días después, en Facebook, escribió un texto muy sentido de despedida de aquel amigo. Me movilizó muchísimo leer eso. Entre ese texto y Aguante, sin dudas, hay algo personal.

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