YO SOY TU PADRE

Escrita por en Notas

Por Alejandro Duchini

@aleduchini

Hace mucho tiempo, en una terapia muy, muy lejana, mi psicóloga Fabiana me dijo: “No los une Independiente pero al menos tienen en común Star Wars”. Aquella tarde, en su consultorio, yo lamentaba que mi hijo Santiago se hiciera de Boca a instancias de la madre. Mi sueño de la herencia futbolera había quedado trunco. Sin esa identificación, me sentía vacío. Pero mi analista supo dar en la tecla y rescatar agua en ese desierto de Tatooine que era mi vida. Así que me alegré al darme cuenta de que entre él y yo existía ese vínculo tan poderoso que era “la fuerza”.

Claro que no es lo mismo que el club de fútbol. Pero algo es algo. Así que recordé las muchas tardes en que jugamos con espadas de cartón armadas de apuro, con sables láser que le encargué por Mercado Libre y con naves espaciales de papel o compradas en jugueterías. Y mientras él descubría el planeta de George Lucas, yo revivía aquella infancia de muñequitos y aventuras galácticas en que tenía su misma edad y me sentía héroe y protagonista de mi propio mundo.

Todavía me acuerdo de aquella noche en que a mis casi 8 años descubrí La guerra de las galaxias. Estaba en la cama de mis padres mirando el televisor en blanco y negro cuando en una publicidad un chico de mi edad movía los muñecos de Star Wars. Una voz en off decía “las miniaturas de La guerra de las galaxias… y son de Top Toys”. Aparecía C3PO, a quien yo imaginaba poderoso, lanzando rayos desde ese círculo que tenía en la panza metálica. Aprendí lo que es llevarse un fiasco. El primer muñeco que tuve fue un Darth Vader que me compró mi papá en una juguetería de la avenida Alberdi, en Mataderos, un sábado a la mañana.

Recuerdo como si fuese hoy la primera vez que fui a ver La guerra de las galaxias. Me llevó mi mamá en colectivo. Al pasar por la avenida Corrientes vi la marquesina enorme, con la imagen de Vader, y como pasábamos de largo me desesperé porque pensé que no íbamos a parar y me la perdería. Mi vieja casi me mata con tal de apagar mis gritos. Quería evitar de la manera más disimulaba el papelón que le causaba aquel chico histérico. Aquella tarde me enganché para siempre con esa historia. A la salida sentí que Han Solo se había convertido en mi ídolo. Poco después tenía su miniatura. Luego me compraron más y más. Hasta naves espaciales. Mi mundo de infancia se repartía entre Independiente y Star Wars. Mi viejo me llevó a ver El imperio contraataca y salí del Gaumont triste porque Vader era el padre de Luke y no terminaba de entender que Han Solo quedara hibernado por unos cuantos años más, hasta que estrenaran la tercera, El regreso del jedi.

Para mi adolescencia tenía aún más muñecos y naves de Star Wars. En un momento de madurez, se los regalé a mi primo más chico. Me duró poco (la madurez; y también los muñequitos). A los 15 días quise recuperarlos pero fue imposible. Un vecino se los quitó y no se los devolvió. Adiós.

Cuando nació Santiago ya existía internet y había videos por todos lados. No tenía que esperar a que pasen las películas por la tele ni estaba obligado a comprar los dvds. Tenía Star Wars a un click. Presionaba el índice derecho y sonaba John Williams. Y a él, cuando venía a Buenos Aires, lo instalé frente a la compu a ver tantas veces la trilogía inicial que se la aprendió de memoria. Tardes y tardes de trabajo fino y constante. Con el tiempo, armé una biblioteca en casa con libros, muñecos, peluches, llaveros y pen drives. Seguramente quedarán para mis hijos.

¿Por qué a los 44 años se me cae la baba ante los avances de El despertar de la fuerza, como si se tratase de una porno y yo fuese un adolescente desesperado y lleno de granos que necesita imperiosamente ver aquello prohibido? ¿Por qué me siento pleno cuando salgo a la calle con remeras de Star Wars, como aquel chico que ya no soy y no este proyecto de adulto que parece que nunca conseguiré ser? ¿Por qué miro con ganas los muñecos importados de las vidrieras de las galerías de culto y ahí, recién ahí, lamento no tener más dinero? ¿Qué me lleva a querer gastar plata en naves y miniaturas cuando hay otras cosas que sí valen la pena? ¿Cómo se me ocurrió que el primer muñeco que tenga Malena, aún antes de nacer, sea un peluche de Yoda y, al año, otro de Darth Vader que dice “I’am your father”? ¿Por qué ésos en lugar de un Winnie the pooh? ¿Qué me ha pasado que todavía lamento haber atravesado mi infancia sin un sable láser como los que le compré a Santiago? ¿Por qué no olvido aquella vez en la que, en una calle de Flores, vi a un chico de mi edad que llevaba una espada luminosa -pero luminosa en serio- que me generó una envidia que todavía me dura? “¿Dónde la conseguiste?”, le pregunté. “Es importada”, me respondió el padre mientras aquel fulano más petiso que R2D2 se alejaba y la movía como gastándome y yo sentía, por primera vez, lo que es odiar a alguien.

Tal vez no sea la película en sí. Sino aquello que representa. Como esa foto maravillosa que me armó mi amigo Walter Silva, en la que entre los personajes puso la imagen de Santiago, como si fuese un caballero jedi. Cada vez que la observo siento que conecto con él y lo recuerdo feliz al verse entre Luke, Darth Vader y los demás. Igual que como mi padre sentiría que conectaba conmigo al acompañarme al cine a ver La guerra de las galaxias, a pesar de que no le gustaba. Es eso y mucho más. Es la infancia en la calle, junto a mis amigos Pablo Granato y Alejandro Castelao soñando, muñecos en mano, que éramos los salvadores de aquella galaxia muy, muy lejana. Es mi hija Ludmila cuando en la preadolescencia todo le daba vergüenza; incluso que su hermano menor vaya por las calles de Buenos Aires gritando que era Darth Vader. Es los años que no vuelven, la espada que no tuve y Anakin Skywalker suplicando con un “ayúdame a quitarme esta máscara”. “Pero morirías…”, le decía Luke mientras el otro, tras haber asesinado a millones de personas y ahora convertido en un viejito bueno, como analizó el escritor Gonzalo Garcés, le soltaba: “Nada puede evitar eso ahora. Sólo por una vez, déjame verte con mis propios ojos”. Uno terminaba llorando aún cuando sabía que Vader había sido un reverendo hijo de puta. Es, Star Wars, el parche entre lo que podría haber sido y lo que fue. Un punto de encuentro ante la falla del sistema: un padre y su hijo que no comparten el club de fútbol. ¿Raro, no? Es la voz grave que le pongo a Santi, mientras escucho su risa que se me antoja la melodía más alegre del mundo, para decirle: “Yo soy tu padre”. Todo eso es Star Wars.

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